El perverso ciclo de la conciencia

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La ignorancia es felicidad. Lo dicen fuentes tan creíbles como el Dr. House, el poeta Thomas Gray, o el calvito de Matrix. Aunque habría que cambiar la frase, porque no es la ignorancia lo que nos hace felices, sino la falta de memoria. Basta con que esta rueda de hámster en la que andamos todos sea lo suficientemente grande, o que asimilemos la filosofía moderna de vivir solo el momento, para que todo lo que se nos presente parezca desconocido. Como el pececito que vive sin mayor estrés en un espacio diminuto, porque no es capaz de recordar más allá de unos segundos en el pasado. Para saber de algo, cualquier cosa, no hay que adentrarse en lo inexplorado, sino dominar el fino arte de mirar hacia atrás.

Nietzsche decía que el tiempo es un círculo plano. Luego apareció otro alemán que descubrió que el tiempo y el espacio están entrelazados en un tejido inseparable, y que en presencia de masa (o de energía, que viene siendo lo mismo), dicho tejido se curva. Pobres diablos como somos, y restringidos a una percepción tridimensional como estamos, solo somos capaces de advertir la consecuencia natural de dicha curvatura, pero no la curvatura en sí misma. Por eso es que nos hacemos ilusiones con la novedad y admiramos lo original de nuestras vidas.

Quizás en el futuro aparezca alguien (a lo mejor otro alemán) capaz de ver por primera vez la curvatura del universo y darle la razón a Nietzsche, diciendo que el universo es curvo y cerrado sobre sí mismo; Que avanzar en una dirección en línea recta inevitablemente nos llevará con el tiempo a volver a cruzar la posición de inicio; Que todos los ciclos: naturales, humanos, sociales, metabólicos, económicos, culturales, y demás, no son sino copias pobres de la naturaleza propia del infinito; Que cuando se puede ver más allá de las tres dimensiones, el tiempo deja de tener significado, porque se pueden percibir simultáneamente el pasado, el presente y el futuro… Lo otro que puede pasar es que Nietzsche estuviera equivocado y que la curvatura del universo no sea cerrada.

En todo caso y volviendo al tema, no creo que este alemán pandimensional vaya a ser más feliz por saber todas estas cosas. No se podría esperar que el hámster o el pececito queden agradecidos por explicarles que están en la inmunda. Y sin embargo, como dice Sabina, aquí estamos: especulando sobre la naturaleza precisa de nuestra cárcel de tres dimensiones e inventando experimentos cada vez más elaborados, esperando que en algún momento ese dardo tirado a ciegas y en la oscuridad dé en el blanco. En el mejor de los casos esta curiosidad malsana nos va a servir para constatar lo que muchos sospechamos hace rato: Que no somos precisamente milagros de una creación consciente, que no tenemos destinación especial, y que estamos condenados a la maldición de repetir hasta el infinito la misma historia. La idea de crear un ser tan limitado como el hombre y envenenarlo con un ímpetu curioso sobre su propia desgracia, demuestra lo poco probable de la existencia de un ente superior racional, mucho menos misericordioso.

Y entonces, ¿A quién le reclamamos? La evolución se la pasa ensayando una y otra vez con los seres vivos, para hacerlos más aptos a su entorno y garantizar su supervivencia. Eventualmente alguno de estos ensayos aleatorios tiene éxito y se perpetúa a través de las diferentes especies. En este círculo plano de ensayos y errores, se cometió una falta terrible: Una de estas especies fue capaz de tener consciencia de su propia existencia y de la de los demás seres. Y es que muy a pesar de lo convencidos y orgullosos que estamos, los humanos arrastramos con el pulmón de acero de la conciencia: Suficiente para mantenernos vivos y convertirnos en la especie más exitosa del planeta, pero al mismo tiempo herramienta de nuestra destrucción y responsable de la visión de nuestra propia miseria.

Por eso es que ante la dicotomía de la ignorancia y la conciencia, la pastilla verde y la roja, habremos algunos que lamentemos no poder revertir el ciclo, deshacernos del pulmón de acero y extinguirnos sin darnos cuenta.

 

La tragedia del hombre que no cree en nada

  • Pero entonces, ¿Usted no cree en nada?
  • Creo en lo que dice la Termodinámica: Que la Entropía (el desorden, el caos) en este Universo no hace sino aumentar, y que ese aumento es inevitable…
  • Pero mire que no todo es desorden, hay personas, inventos, ciudades, tecnología… Usted me pone de ejemplo a la ciencia para decirme que todo va hacia el caos.
  • Las personas, la tecnología, los inventos y hasta la misma ciencia, no son más que la confirmación de la regla. Si no me cree, mire cómo tenemos al mundo. Habrá muchos que a esto le llaman progreso, pero yo no lo veo así. Ahora tenemos herramientas más poderosas e innovadoras, pero el resultado es el mismo, o quizás un poco peor, como dice Arjona…
  • ¡Ahora ya me está citando a Arjona! Vea: A mí me parece increíble que Usted no sea mínimamente espiritual. ¿No piensa en la muerte? ¿No extraña a un ser querido que ya no está? ¿No le gustaría que de esta vida pudiéramos pasar a otra mejor?
  • Pues lo de la muerte no es para ponerle tanto misterio. Hubo un tiempo en que me aprendía los epitafios y las últimas palabras de famosos para pasar por culto. No vaya Usted a creer que si uno recita en una reunión lo que dijo Napoleón en su lecho de muerte, la gente lo trata con más respeto. Hasta estuve pensando en las que me gustaría que fueran mis últimas palabras…
  • ¿Para despedirse de este mundo y pasar al otro, o para dejar algo de Usted digno de ser recordado?
  • No… otra vez era para pasar por sabio e inteligente. Yo no creo en nada del otro mundo, pero lo jactancioso y fantoche me pueden más… De todas formas desistí de eso, porque me di cuenta que un pobre diablo moribundo puede decir las palabras más sabias o más hermosas, y pocos le van a poner atención. La clave de los epitafios es ser famoso. Cuando un personaje célebre se muere, puede decir cualquier babosada, y la gente es la que le agrega un aura de misterio y de importancia. Como la vida mía no tiene nada de interesante o digno de ser mencionado, no importa mucho lo que diga cuando me muera. Nadie se va a acordar después…
  • Pero al menos sí creo que después de muerto le gustaría que sus seres queridos lo visitaran, que su cuerpo fuera tratado con respeto. Mire todas esas culturas que le han botado tanta corriente a la última morada de las personas…
  • Pues aunque lo de la última morada fuera cierto, uno ya no va a sentir nada. Nos vas a ver los familiares, ni los monumentos, ni la caja suntuosa. El cuerpo del que muere entra en ese ciclo entrópico en el que un tiempo después ya no hay nada reconocible. Yo preferiría que me cremaran y botaran las cenizas, para que no hubiera lugar a dónde me pudieran ir a buscar. Me parece que dejar una tumba es muy egoísta.
  • Pero entonces, ¿Usted no cree en nada? ¿No le conmueve la belleza del mundo? ¿No piensa que el simple azar es incapaz de darnos tanta diversidad, tantas especies de animales y plantas? ¿No cree que su propia vida, su felicidad y hasta sus tristezas son consecuencia de los planes de un ser superior?
  • No… creo que hay un Universo en el que las leyes están basadas en la incertidumbre, y que ante esa realidad, las personas nos hemos inventado historias líricas y maquilladas, para consolarnos en nuestra soledad e impotencia. Me parece un desperdicio perderle tiempo a esas historias…
  • Pues entonces me da mucha pena, pero no me deja otra opción: Va a tener que venir a trabajar de lunes a miércoles santo…

 

 

 

 

 

La historia de Buziraco

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El protagonista de esta historia vagó por el mundo durante mucho tiempo sin un nombre. De hecho, anda por acá desde antes que hubiera lenguaje, historia, e incluso humanidad. Quizás por eso es que nadie tiene certeza sobre cuál es exactamente su origen, y eso nos pone en franca desventaja, ya que él sí podría recitar de memoria la primera vez que vio unos humanos primitivos caminando erguidos por la sabana africana. En ese momento no le pareció que nuestra especie fuera nada especial, ni digna de demasiada atención. Pero luego, en cosa de un suspiro (porque la eternidad se va volando para aquellos que no tienen afanes), nuestro protagonista habría de encontrarse otra vez con los seres humanos, esta vez en condiciones menos inermes.

 

Los hombres habían creado asentamientos, dejaron de vagar por la sabana e inventaron la agricultura, la domesticación de otras especies, las ciudades y los caminos. Precisamente por aglomerarse sin muchas precauciones sanitarias, en estas ciudades abundaban la enfermedad y la peste. La cosa es que en vez de atacar la causa directa del problema, los humanos inventaron la historia alternativa de un ser superior, que tenía dominio sobre todas las cosas, y que estaba lleno de bondad y de misericordia. En el otro extremo del espectro tenía que haber un ser despreciable, insidioso y maléfico, quien era responsable directo de todos los padecimientos de los hombres. Ese fue el papel de nuestro protagonista, el del malo de la historia, y por eso se emprendió en su contra una campaña violenta de descrédito y persecución.

 

Aunque el supuesto demonio evitaba todo contacto con las personas, sus perseguidores no tuvieron reparo en inventar pactos y adoraciones que nunca ocurrieron, para así poder torturar, abusar y asesinar a otros a voluntad. A nuestro personaje todo esto le parecía repugnante, así que decidió viajar a un supuesto “nuevo mundo”, que había sido descubierto recientemente. Fue en este viaje que nuestro protagonista fue bautizado por parte de los humanos. Quienes le pusieron Buziraco al demonio que emigraba a América, no le resultaban desagradables, ya que pertenecían a una raza que sufría la esclavitud y el abuso por parte de aquellos que decían adorar a un ser misericordioso y lleno de amor.

 

En este viaje Buziraco aprendió a valorar a los pobres esclavos, quienes eran oprimidos por los mismos que lo perseguían a él. Se admiró de lo felices que eran, de los cantos que hacían, y de la tenacidad de su trabajo, aun cuando el resto del mundo los trataba con salvajismo y desprecio. Los esclavos aprendieron a corresponderle en su estima y le dedicaron canciones y relatos, aunque Buziraco les dejó claro que todas estas cosas podían meterlos en problemas, tal y como le había ocurrido a un montón de infelices en el viejo mundo.

 

Buziraco pisó tierra americana en la ciudad de Cartagena. Los relatos de los negros cuentan que el demonio estaba complacido con su destino, porque le recordaba aquellos tiempos felices en los que vagaba solo por el mundo, porque podía estar con los únicos humanos que le apreciaban, y sobre todo porque aquellos que le perseguían parecían estar muy lejos. En estas condiciones Buziraco estuvo un poco más relajado e incluso llegó a entablar amistad con algunas personas blancas. Quizás la más conspicua de dichas amistades fue la que sostuvo con la señora Lorenza de Acereto, quien desde muy niña había sido vendida como esposa a un obseso sexual, y que por afinidad de opresores, tuvo también cercanía con los negros.

 

En esa triple condición de mujer, amiga de esclavos y también amiga del demonio Buziraco, no pasó mucho tiempo antes que los enemigos de este último la enjuiciaran y condenaran por bruja. Esto fue un golpe muy fuerte para nuestro desafortunado protagonista, quien decidió aislarse en el Cerro de la Popa y evitar, como en otros tiempos, cualquier contacto gratuito con humanos. Allí en el cerro, dormido y encerrado como un animal hibernando, Buziraco pasó un par de siglos tranquilo, hasta que nuevamente la enfermedad y la peste asolaron a los hombres y la superstición dio cuenta que en el cerro vivía un demonio que había venido al nuevo mundo con los esclavos. Rápidamente los blancos organizaron una expedición para exorcizar al maldito y espantar para siempre la enfermedad de Cartagena de Indias.

 

Más por hastío con sus perseguidores que por verdadero miedo, nuestro personaje fingió una escena en la que lo acorralaban con rezos y exorcismos, caía desde un precipicio del cerro y desaparecía para siempre de la ciudad. Hubo de buscar en el interior del continente por un nuevo sitio, hasta que dio con un pueblo mediano al pie de las montañas. Advertido por sus experiencias anteriores, nuevamente decidió aislarse como un ermitaño, evitando en lo posible cruzarse con ninguna persona. Para su mala fortuna, en el pueblo alguien esparció el rumor de que en las montañas aledañas dormía un demonio venido de tierras lejanas. Para evitar desgracias, maldiciones y enfermedades, desde Popayán se organizó una expedición con dos obispos, que habrían de darle caza al pobre Buziraco.

 

El perseguido hizo otra vez la pantomima de su propia muerte, lanzándose por un barranco. Por su parte, los dos obispos pusieron en la cima de la montaña una triada de cruces, para advertirle a los espíritus que vinieran en el futuro, que no era buena idea campear por esos lados. Espantada la maldad del pueblo, vino la prosperidad, la salud y la tranquilidad, mientras que nuestro vapuleado protagonista se aisló aún más, esperando no tener que volver a tratar con nadie. No quiso siquiera asomarse cuando escuchaba cerca de su escondite los gritos y súplicas de algunos torturados y condenados a muerte, que eran llevados allá desde el ya crecido pueblo por unas mafias boyantes. Buziraco tuvo miedo que lo relacionaran también con esta nueva forma de peste, y prefirió seguir escondido.

 

Luego del episodio de las tres cruces, Buziraco solo atinó a salir de su escondite cuando escuchó unos sonidos que le sonaban familiares. La música que venía desde la ciudad se le parecía a la que cantaban los esclavos en el barco que lo trajo a América, y a la que entonaban en Cartagena de Indias. Muy a pesar de su bien justificada desconfianza, el demonio se animó a bajar hasta el origen de estos sonidos y comprobó que aunque las canciones ya se entonaban en un lenguaje castizo, la esencia y el ritmo eran iguales a unos que él pensaba ya extintos. Rápidamente se entusiasmó con la idea de que las personas hubieran cambiado. Si habían abrazado la música de los esclavos, quizás también podrían haber abandonado la superstición y la ignorancia. La gente parecía estar muy contenta en la ciudad: Bailaban, festejaban y un día quemaron unos muñecos (no personas, como hubo de atestiguar nuestro personaje en otros tiempos). A Buziraco le pareció ver también unos niños disfrazados bailando en la calle, que al parecer lo estaban imitando.

 

Sin embargo, la ilusión duró solo unos meses y nuestro personaje tuvo que regresar rápidamente al hueco en el que se estaba escondiendo. Buziraco presenció compungido que la superstición y la ignorancia seguían campantes entre los hombres, y que incluso se estaban organizando procesiones a las tres cruces para celebrar la muerte del demonio que más daño había hecho por aquellas tierras. El mal había sido vencido una vez más…

Fallida historia de unas pastillas para mejorar el rendimiento

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La siguiente historia es verídica, aunque por razones que serán obvias más adelante, se ha decidido mantener la identidad de su protagonista en secreto. Habría que empezar diciendo que un error lo comete cualquiera, y más cuando se está en la oscuridad de la madrugada y sin gafas. Una caja de pastillas que apareció de la nada, un nombre en la caja llamativo y similar al de cierto producto famoso por mejorar el desempeño amatorio de los hombres, y otro ingrediente que no ha sido justamente considerado en todas las tragedias humanas: La esperanza. Freud hablaba de los actos fallidos para referirse a los sabotajes que nuestro propio yo inconsciente nos hace, porque en el fondo nuestra situación consciente no nos agrada. ¿Acaso no se podría considerar al subconsciente en el sentido totalmente contrario? ¿No será posible que la esperanza nos lleve a cometer errores orientados a reforzar nuestros deseos y anhelos inconscientes?

El protagonista de esta historia parece ser un ejemplo de esta última situación. A este pobre hombre de edad mediana lo confundieron las circunstancias y lo animaron las expectativas. Eventualmente en escenarios similares el propio convencimiento hace milagros y el resultado se refuerza a sí mismo, logrando las consecuencias esperadas, muy a pesar de que el compuesto ingerido no tenga en teoría ninguno de los efectos deseados. Es lo que los psicólogos llaman efecto placebo y es la misma razón por la que las abuelas decían que a la pasta había que ayudarle con la fe, e incluso obligaban a echarse la bendición a la hora de la toma.

Pero a nuestro protagonista anónimo no le fue tan bien. A pesar de las expectativas tan altas, emocional y geométricamente, la pastilla ingerida no fue efectiva en el sentido esperado. Esa madrugada pasó más bien al acervo de lo corriente. No hubo muestras espectaculares y sobrehumanas de desempeño en la cama. No hubo elogios o alusiones a días pasados, en los que la mera juventud se valía por sí misma para lograr los niveles de satisfacción ya olvidados. De hecho, la pareja de nuestro amigo ni siquiera llegó a despertarse esa madrugada de subconscientes con esperanza y ojos miopes leyendo en la oscuridad.

Al otro día, vapuleado por el peso inexorable de la realidad, nuestro secreto protagonista habría de enterarse de los verdaderos efectos de la pastillita que le había quitado el sueño la madrugada anterior. La ingestión, que se había hecho con más buena fe que sentido común, ahora traía consecuencias variadas en el rango que va desde las taquicardias, hasta los dolores intensos de cabeza, las náuseas y la diarrea. Un coctel de esas cosas que cuando vienen de a una, ya son intolerables, y que se refuerzan por el hecho de tener que ir a trabajar.

Preocupado por tanta maluquera, nuestro desafortunado héroe decide hacer lo que debió haber hecho en primer lugar: Preguntarle a su esposa por la presencia de las pastillitas en el cuarto nupcial. La respuesta lo explica todo, pero no trae mayor consuelo: La esposa de nuestro infeliz protagonista había comprado las pastillas luego de leer un artículo, en el que se decía que con ellas se podía mejorar el rendimiento laboral (no el erótico) de una manera considerable. Como estos días ella había estado sometida a mucho estrés en el trabajo, había decidido probar el medicamento, pero lo había abandonado después de dos ingestas por considerarlo inocuo. Esa explicación justificaba de carambola por qué la madrugada anterior la esposa no había reaccionado a los fútiles intentos de su pareja por hacer de latin lover. Simplemente estaba muy cansada.

Según la biblia, Pedro, el apóstol de Jesús, había dicho que lo seguiría hasta la muerte, y se negó a aceptar la predicción según la cual habría de negarlo tres veces ese mismo día. Muchas veces somos víctimas del contexto y terminamos involucrados en situaciones o actitudes que criticábamos en primer lugar. En el estereotipo de la pareja típica, el hombre siempre pide más intimidad de la que su pareja está dispuesta a ofrecer, y de hecho muchos hombres se quejan de esta situación aduciendo que las excusas que reciben son falsas y de cajón. La esposa de nuestro desdichado se animó al escuchar la historia de su marido sobre las pastillitas mal puestas en la mesa de noche. Por eso llegó dispuesta a las faenas de antaño y a resarcir con sexo su narcolepsia de la noche pasada. La respuesta del esposo los sorprendió a los dos: “Esta noche no, me duele mucho la cabeza”.

 

 

 

 

Sobre sumas no-nulas y la Ética

En teoría de juegos, la suma nula (zero–sum) representa aquellas situaciones en las que siempre que alguien gana algo, hay otro participante perdiendo en la misma proporción. Por eso es que al hacer la suma algebraica de todas las ganancias (positivas) y pérdidas (negativas), el resultado es cero. En contraposición, el resultado de un juego se considera de suma no–nula, si luego de la agregación se obtiene un resultado distinto de cero. Esto significa que en el total, el grupo tuvo una ganancia o una pérdida netas, dependiendo de si el resultado obtenido de la suma es positivo o negativo.

 

En general todas las interacciones humanas se pueden clasificar en una de estas dos categorías. La riqueza boyante de países como España, Portugal o Inglaterra en épocas de la conquista y la colonia, no salió de la nada. Había unos territorios sometidos, que eran los que suministraban todos esos recursos. Ese sería el resumen de una interacción de suma nula: Unos ganan, porque otros pierden.

 

En contraste, las situaciones de suma no–nula implican que en el balance total, todos los participantes ganaron o perdieron un poco. Los estudiosos de las teorías de juegos argumentan que todas las interacciones humanas (económicas, sociales, laborales, etc.), deberían ser de suma no–nula. Si en el balance luego de la interacción la suma da positiva, quiere decir que en general todos los participantes ganaron algo (un gana–gana, hablando en términos menos técnicos). Si el balance diera negativo, significa que hay un problema que afecta en forma neta y general a todos, por lo que es necesario buscar una solución de manera conjunta.

 

Este no es, de ninguna forma, un asunto nuevo. Muchos que no conocen la formalización desde la teoría de juegos, han llegado a conclusiones similares. Brian Kernighan y Dennis Ritchie, fueron los inventores del sistema operativo UNIX, padre de desarrollos más modernos y masivos como Linux o Android. En sus inicios, el sistema UNIX venía con un comando de consola llamado nice, que permitía bajarle la prioridad de manera voluntaria a quien lo usaba, para así mejorar el rendimiento de todos los demás usuarios del sistema. Sobra decir que nadie lo utilizaba: En principio no parece muy lógico ceder un poco de lo que se tiene, así ese acto aumente en promedio las ganancias de todos.

 

Para que la sociedad funcione de acuerdo con el ideal (situaciones de suma no–nula positiva) se requiere de la voluntad de todas las partes, y especialmente de aquellos que tienen las mayores ventajas. Sin embargo, en una sociedad en donde se pondera la felicidad individual a costa de lo que sea, es muy difícil que las personas hagamos uso de herramientas al estilo del nice de UNIX. Parece triste, pero los humanos solo parecemos dispuestos a ceder nuestras comodidades cuando media algún tipo de promesa de ganancia futura. Ese es el fondo del paradigma económico y social que nos rige en la actualidad, y explica por qué dicho paradigma es defendido incluso por aquellos que soportan las desventajas y necesidades: El sistema individualista sigue vivo, porque todos desean secretamente sacar ventaja y pertenecer al grupo de los que detentan el poder y los beneficios sobre los demás.

 

Cuando se analizan situaciones aparentemente tan disímiles como la crisis ecológica, la corrupción, o la desigualdad social, se puede llegar a conclusiones similares. Se podría decir que la búsqueda individual de la felicidad es la religión de los tiempos que corren. Incluso se le considera un derecho inalienable en algunos países desarrollados. Pero, ¿qué tanta felicidad se puede lograr en una sociedad en la que el resto de personas no es feliz?

 

Kant resuelve los límites de la felicidad individual con su famoso Imperativo Categórico: “Obra solo según aquellos principios por los cuales quisieras que se rija el Universo”. Una vez que los actos individuales se analizan como potenciales leyes de comportamiento universal, cada persona empieza a valorar las interacciones de suma no–nula como algo deseable. Uno quisiera que los demás actuaran considerando en todo momento el beneficio del grupo, aunque eventualmente se llega a hacer trampas con los actos individuales, asumiendo que se trata de una mera excepción. El Imperativo Categórico elimina la posibilidad de excepciones y nos pone a todos al mismo nivel.

 

La Ética parece un elemento accesorio en estos tiempos de felicidades individuales y ventajas excepcionales. Con respecto a todas estas enajenaciones modernas, Eduardo Galeano se lamentaba diciendo que se había caído del mundo, y que no sabía cómo volverse a subir. El problema es que en un entorno con recursos limitados y una población creciente, tendremos que acostumbrarnos a aceptar la desigualdad como innata a la condición humana, o buscar soluciones alternativas a la forma que interactuamos entre nosotros.

 

Vivimos en una época marcada por grandes cambios. Hemos logrado enormes avances en áreas como la medicina, o la ingeniería. Sin embargo, todavía hay gente sufriendo enfermedades curables o problemas que son triviales para el estado del arte de nuestras ciencias. Hemos tenido la oportunidad también de presenciar notables avances en lo social: La esclavitud, la discriminación y el machismo, entre otros, se consideran males del pasado, aunque todavía nos hace falta mucho camino por recorrer. La Universidad aparece como la llamada a seguir extendiendo los alcances de nuestro desarrollo, máxime cuando es en la academia en donde se perfilan las condiciones del conocimiento que será aprovechado por la sociedad en el futuro.

 

El retorno a la Ética como elemento indispensable en cualquier proceso de formación humana, garantizará que provoquemos los cambios que se necesitan en la actualidad. No se trata de una opción descartable o de una postura romántica: Debemos aprender a actuar en consecuencia con nuestra situación en el mundo, o asumir las consecuencias, que inevitablemente nos afectarán a todos. La historia nos ha mostrado que los grandes cambios son posibles, y también hemos visto cómo estos cambios se pueden generar a partir de la educación de las personas. Ese es el papel que le demanda la sociedad a la Universidad en la actualidad.

Índice de maldad

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No había pasado ni una década del Siglo XX, cuando apareció la relatividad. En principio fue una teoría física difícil, enredada, y formulada por un viejito greñudo. Luego la relatividad habría de permear todos los aspectos de la sociedad. Hoy en día todo es relativo, susceptible a interpretaciones. Todo lo que se diga puede en principio ser políticamente incorrecto, y ser usado en nuestra contra. Qué tiempos aquellos en los que lo bueno era bueno, y lo malo era malo. En esos tiempos felices el mal estaba tan profundamente identificado y diferenciado, que la mera sospecha que alguien lo profesaba era excusa suficiente para prenderle una candela por debajo, para purificarlo. Y aunque el castigo sí podía variar (horca, ahogamiento, tortura), el motivo era único e indiscutible: Alejarse del camino del bien.

 

Muchos piadosos y estudiosos coinciden en que el Concilio Vaticano II fue el signo del fin definitivo de esos tiempos felices, y que ahí sí que se empezó a perratear este mundo. El Siglo XX fue igualmente el momento en que las mujeres pudieron votar, en que la iglesia dejó de tener una lista de lecturas prohibidas, y en que se dejó de cantar la misa en latín. Pero el Siglo XXI no augura mejores vientos. Ahí tenemos por ejemplo al Papa Francisco, a quien algunos profetas como José Galat acusan de ser el antipapa. Quienes hemos tenido la suerte de ver el Canal Teleamiga (cuyo dueño es Galat), hemos podido comprobar que todos los signos del fin del mundo se están cumpliendo, y de paso hemos aprendido algunas recetas de comida que dure bastante, para poder pasar el apocalipsis sin hambre.

 

A mí me confunde mucho no poder identificar sin dudas al malo. Lejos están aquellas historias más inocentes en las que no hay duda, donde uno espera hasta el final para ver al malo castigado y humillado. Hay que tener cierta edad para poderse acordar de esas escenas en las que el héroe le propina una patada al villano en cámara lenta, con la que lo deja fuera de combate. El mismo héroe que hasta casi el final de la película se veía vencido, al final coge al malo y le parte su mandarina en gajos. Yo no me considero de la generación X o la Y, y mucho menos voy a ser un milenial. La mía es la generación del karma. Esa que tenía esperanzas en Obama porque hablaba muy bonito, o la que sigue esperando cada año por ver a Uribe en la cárcel. Pero ya la cosa no funciona así. Lo mismo que con la propiedad horizontal, el café o el peso colombiano, la maldad también se ha devaluado.

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Los malos ya no lo son del todo, tienen matices,  hasta llegan a hacer incluso cosas buenas. Peor cuando aparte de todo son elocuentes y persuasivos, como Al Pacino, que con esta labia se la puso bien difícil a Keanu Reeves para seguir el buen camino:

Déjame darte información confidencial sobre Dios. A él le gusta mirar… es un bromista. Piénsalo: Le da a los hombres instinto. Les da ese maravilloso don, y después, ¿Qué es lo que hace (lo juro para su propia diversión, su propio teatro privado)? Pone las normas en completa oposición. La mayor estupidez que ha existido: “Mira, pero no toques”; “Toca, pero no pruebes”; “Prueba, pero no tragues”… y mientras va uno saltando de un pie a otro, ¿qué es lo que él hace? Está allá arriba, el señor, muriéndose de la risa…

 

Yo creo que uno de los precursores literarios de este asunto de la relatividad de la maldad fue Víctor Hugo: Javert indiscutiblemente era el malo de Los Miserables, pero nunca rompió una ley en su vida, y hasta trabajaba de policía. Otros ejemplos más cercanos son los del Coronel Decker, de los magníficos, y las películas Blade Runner, El Fugitivo, o Pandillas de New York. Uno ya no sabe a quién hacerle fuerza en la peli, ni quién se va a ganar su merecido al final.

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Afortunadamente y como en todo, hay honrosas excepciones. Todavía existen algunos personajes con los que no hay pierde. Si esto fuera el “Índice de Maldad” del Dr. Stone, yo pondría de primero en la lista al presidente de USA. Por ese pobre parece que no da un peso ni la mujer. Donald Trump sería perfectamente el malo de una película de bajo presupuesto, en la que los héroes son unos cachorritos de labrador. Por ahí dicen que la clase política gringa está planeando aprovechar esa mala imagen de Trump, para echarle la culpa por el próximo colapso económico mundial. Ahí sí que va a ser un malo de antonomasia… ¡Tenete duro Darth Vader!

 

Más localmente, el último gran malo parece ser Óscar Iván Zuluaga. El mismo del hacker. El que decía que tenían que encochinar a su contrincante rápido, porque la campaña estaba encima. Zuluaga parece el villano de una película de vampiros. Ahora lo acusan de haberse dejado untar las manos con platica de contratos públicos, y su mentor, un experto en maldad relativa y en que le resbale todo lo que no le conviene, ha solicitado una investigación “rigurosa”. Estoy seguro que en una película o novela sobre el tema (sobre todo si la produce RCN), al final aparecería Uribe dándole una patada voladora a Zuluaga, en cámara lenta.

 

A pesar de criticarlo, yo también soy un multiplicador del relativismo. Lo digo porque sé que si me tocara el juicio final ahora mismo, no tengo muy claro si quedaría en el grupo de los salvados, o el de los que se van a quemar en la paila por toda la eternidad. Seguro que de ser condenado, me tocaría sufrir en el tercer círculo del infierno de Dante, que es el reservado para los comelones. Si me salvara, en cambio, no tengo muy claro dónde me pondrían. De pronto me harían lugar si el cielo tuviese (que lo dudo) un departamento de SPAM para hacerse bombo y reclutar gente, así como cuando alguien le dice a uno que “tiene una súper oportunidad de negocio, para trabajar independiente y desde la casa”. En ese hipotético departamento de mensajes no deseados del cielo, ahí sí, haciendo proselitismo sin que me lo pidan, yo sería el bueno de la película.

¿Y si Marty McFly no hubiera podido enamorar a su propia madre?

La teoría de la relatividad revolucionó lo que se tenía previamente concebido sobre cómo funcionan el espacio y el tiempo. De ser magnitudes independientes, pasaron a estar estrechamente relacionadas, gracias a los postulados de Einstein. El asunto del tiempo relativo lo explicaba Carl Sagan en Cosmos, con una representación de la paradoja de los dos gemelos. En dicha representación se muestra a los dos hermanos en un pueblito italiano. Uno de ellos sale a dar una vuelta en una moto que puede moverse a velocidades cercanas a la de la luz, mientras que el otro se queda esperando en un banco. Cuando el gemelo de la moto regresa del paseo, para él solo han pasado unos veinte minutos, pero mientras tanto su hermano ha vivido más de 80 años.

 

La relatividad general predice que el tiempo será relativo dependiendo de la velocidad con la que nos movemos. Este fenómeno se ha logrado comprobar experimentalmente con relojes de precisión atómica, y es la razón por la cual, gracias a la rotación de la tierra, nuestros pies son una fracción infinitesimal de segundo más viejos que nuestra cabeza. A velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo prácticamente se detiene. Esta última idea ha encendido la imaginación de muchas mentes inquietas: Si es posible detener el tiempo, ¿no será posible también revertirlo?

 

La relatividad de Einstein demostró que todos somos viajeros en el tiempo. Vamos moviéndonos hacia el futuro a diferentes velocidades (lo más normal sería a 60 segundos por minuto, pero si Usted se mueve suficientemente rápido, puede ralentizar ese valor). El viaje al pasado, sin embargo, es bastante más truculento. Para tratar empezar a esbozar el problema, baste decir que la misma teoría de la relatividad prohíbe que cualquier cosa, o incluso la información, viaje a una velocidad superior a la de la luz. Hay puntos del espacio–tiempo, en el pasado y en el futuro, que jamás podremos visitar, debido al límite de la velocidad que podemos lograr en la práctica. El cono del tiempo es una superficie hipotética que delimita (de acuerdo a la restricción de la velocidad) los lugares del espacio tiempo que podemos visitar, y los que no podremos alcanzar nunca. Muchas de las estrellas que se ven de noche en la actualidad están por fuera de ese cono del tiempo, gracias al hecho que se están alejando continuamente de nosotros.

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Cono del tiempo (Fuente: Wikipedia).

Sin embargo, a pesar de lo problemático que parece, hay gente que se imagina formas de lograr esos viajes al pasado. Yo me atrevo a explicar dos conjeturas de las que he visto por ahí. La primera tiene que ver con un fenómeno hipotético que se llama agujeros de gusano. Einstein demostró que el tejido espacio–tiempo es curvo, por lo que podrían existir atajos entre puntos de dicho tejido que los conectan directamente. Esos atajos son precisamente los agujeros de gusano y pudiera ser que al salir de uno de ellos, un viajero llegase a un punto en tiempo pasado. La segunda propuesta tiene que ver con la gravedad: Ir muy rápido no es la única forma de ralentizar el tiempo. Una gravedad extrema puede provocar el mismo efecto, tal y como mostraban en la película Interestelar. Así que se especula que los agujeros negros (donde la magnitud de la gravedad tiende a infinito) pueden servir para viajar al pasado.

 

Hay otra pregunta que es quizás más interesante para mí, y es por la que le di el título a la presente entrada: Si los viajes al pasado son posibles, ¿qué nos pasará en uno de ellos? En poco más de un siglo han corrido ríos de tinta (de la real y de la virtual) con especulaciones sobre lo que podría pasar en un hipotético viaje al pasado, y es que si el cómo es complicado, el viaje en sí mismo acarrea un montón de paradojas y contradicciones. La más famosa quizás es la del abuelo, en la que un viajero imprudente va al pasado y mata a su propio ancestro. La línea de tiempo implicaría que el propio viajero nunca habría podido ser concebido, ya que su antepasado fue asesinado antes de dejar descendencia. Frente a estas extrañezas, me atrevo nuevamente a explicar dos teorías de las que andan por ahí.

Una primera teoría sobre lo que podría pasar en un viaje al pasado, es que todo está permitido (incluso matar a mi propio abuelo) gracias a la existencia de infinitos universos paralelos. Si nuestro universo fuera de dos dimensiones (como una hoja de papel) entonces la teoría de los universos paralelos implicaría que tenemos infinitas copias del mismo apiladas (como hojas en un libro). Esto no es tan descabellado como parece y estudios recientes desde la mecánica cuántica consideran muy en serio estas teorías. Por ejemplo, mediciones experimentales indirectas demuestran que hay materia en todo nuestro universo que parece generarse espontáneamente (de la nada) y que desaparece luego de un lapso de tiempo muy corto. Una de las explicaciones posibles que se le da a este fenómeno, es que dicha materia proviene de un universo paralelo y luego regresa a su universo de origen (en el ejemplo del “libro de universos”, imagínese la punta de un lápiz que entra a una de las hojas y luego vuelve a salir).

 

En este multiverso hay versiones diferentes por cada posible bifurcación de los hechos. Por ejemplo, hay una copia en la que el gato de Schrödinger está vivo, y otra en la que el animalito se murió. Hay un universo en el que mi abuelo vive y tuvo descendencia, y otra copia en la que murió de forma temprana. Así que un viaje en pasado implicaría simplemente un cambio al universo adecuado.  Esa es más o menos la idea detrás de la trama de “Volver al Futuro”, aunque habría que cambiarle el título, porque en realidad el Doc y Marty no se la pasan luchando por volver al futuro correcto, sino por mantenerse en su propio universo.

 

La segunda teoría dice que el universo se cubre las espaldas a sí mismo, e impide que una paradoja como la del abuelo siquiera pueda ocurrir. A mí esto se me parece a la restricción de la velocidad de la luz, y me suena mucho más lógico. En el asunto del viajero imprudente, algo evitaría siempre que el antepasado muera antes de generar descendencia, con lo que la contradicción quedaría zanjada antes de empezar. Este es el argumento detrás de “La máquina del tiempo”, de H. G. Wells, en donde un inventor construye la máquina para salvarle la vida a su novia, que muere joven en un accidente. El inventor viaja muchas veces al pasado intentando proteger a su novia, pero el resultado siempre es que ella muere en la misma fecha y a la misma hora. Por medio de un interlocutor improbable (el jefe de los Morlock) el inventor se da cuenta que de haber podido salvar a su novia, se habrían casado, y la máquina del tiempo no hubiera podido ser inventada, generando una paradoja.

 

En un universo que hace respetar su propia coherencia, Marty McFly no habría podido siquiera conocer a sus padres, mucho menos influenciar su vida futura. Siempre ocurriría algo que impida cualquier tipo de inconsistencia o contradicción. Si el viaje al pasado es posible, esta teoría asegura que se evitará cualquier inconsistencia en el espacio–tiempo.

 

 

 

Aristóteles, el perihelio y los demonios

Mañana miércoles 3 de Enero la tierra estará en su punto más cercano al sol, fenómeno que entre los astrónomos se conoce como perihelio. La velocidad promedio de nuestro planeta alrededor del sol es de 107 mil kilómetros por hora, por lo que le toma 365 días y seis horas dar una vuelta completa. Esas seis horas de más se acumulan para formar un año bisiesto cada cuatrienio.  Pero todas esas son estimaciones promedio. La verdad es que la velocidad de la tierra fluctúa en función de su cercanía con el sol, entre 104 mil y 110 mil kilómetros por hora. Precisamente mañana, en su punto más cercano al sol, la tierra alcanzará su velocidad máxima.

 

Este fenómeno fue “descubierto” por un astrónomo del siglo XVI llamado Johanes Kepler. El entrecomillado es porque se dice que el alemán le robó todos sus descubrimientos a un danés de nombre Tycho Brahe, y que incluso tuvo alguna responsabilidad en su muerte. Sea que el descubrimiento haya sido de Kepler o Brahe, la cosa es que los planetas siguen rutas elípticas alrededor del sol, y que tienen una velocidad máxima en cuanto están más cerca del mismo (por ejemplo mañana, para la tierra), y se mueven más lento en tanto estén más alejados (para nuestro planeta, este año eso ocurrirá el 3 de Julio). En todo caso, atribuirse la autoría de tales ideas en la época de estos dos astrónomos era un peligro, porque la iglesia católica defendía la posición de un universo perfecto, poco excéntrico e inmutable. El asunto del cambio de velocidades de los planetas vendría a ser verificado poco después, pero le ganó un problema a Kepler con la Santa Inquisición.

 

El cristianismo en general y los católicos en particular, tenían problemas para aceptar un universo que cambia, que muta, que exhibe comportamientos variables en el tiempo. La visión de un universo invariante e inmutable fue copiada en el dogma católico por San Agustín, pero así como con Kepler y Brahe, el autor original era otro. Arsitóteles fue el gran inspirador de las ideas de los primeros cristianos, y desde entonces, se han visto a gatas para defender unas posturas antiguas y en algunos casos contradictorias. El cuadro completo es más o menos el siguiente: Un tipo brillante y muy elocuente se imagina una visión del universo y del hombre hace más de 2400 años. Más de mil años después tenemos a un grupo de fanáticos que copió sus ideas, y le prende una candela por debajo a todo aquel que se atreva a llevarle la contraria a dicha visión. Y así nos fue. No por nada a aquella época en la que los cristianos tenían dominio absoluto en Europa, se le conoce como Oscurantismo.

 

Un ejemplo de estas paradojas para defender la visión católica de Aristóteles, está retratado de forma magistral en “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Pero el asunto de la comedia en la Antigua Grecia (por el cual en la novela matan a más de uno), es lo menos peor. Hace unos días leía un artículo excelente sobre el fino arte de la masturbación femenina, en el que ¡oh sorpresa!, también aparece Aristóteles. El griego sostenía que el útero femenino era como una animal (zoos), dentro de otro animal (la mujer) y que tenía movimiento propio. Los orgasmos de la mujer servían para liberar la energía de dicho animal interno, por lo que una mujer que no tuviera orgasmos desarrollaba una enfermedad en la que el útero variaba su posición natural y provocaba unos síntomas terribles, relacionados con inestabilidad emocional y comportamiento errático. A esta enfermedad se le llamaba histeria, que es una derivación de la palabra griega para útero. Parece increíble, pero estas ideas lograron pelechar hasta hace poco más de cien años en occidente.

 

El asunto de comparar a la mujer con un animal no era gratuito. La sociedad de la Antigua Grecia era falocéntrica y machista, aunque esto no tiene nada que ver con San Agustín y los primeros católicos. Los griegos de la antigüedad consideraban a la mujer tan poco digna, que los prohombres de sociedad preferían amancebarse con varones jóvenes que tener contacto sexual con mujeres (nada que ver con los prohombres de la iglesia católica unos siglos después). Gracias a Aristóteles y a la intolerancia católica tuvimos las cacerías de brujas, el terror al espacio vacío, la excomunión de grillos y saltamontes, la quema de herejes, la Santa Inquisición, y muchas otras tonterías más. La influencia de Aristóteles en la sociedad occidental es tremenda, para bien o para mal. Incluso en la ciencia: Aristóteles es considerado el padre del método científico, y el asunto de la inmutabilidad del universo llegó a agobiar a mentes tan grandes como la de Albert Einstein.

 

La expansión constante del universo, que fue verificada experimentalmente en el Siglo XX, parecía contradecir la visión aristotélica (y cristiana) de un universo invariante e inmutable. Einstein le dedicó más de once de sus últimos años a demostrar que había algo que se había ignorado respecto a dicha expansión. De ese estudio surgió la propuesta de la existencia de la antimateria, que compensaba la dispersión de los objetos en el cosmos y hacía que las cuentas de los físicos cuadraran. El físico más grande de todos los tiempos se vio desbordado por el problema y calificó esos once años como una pérdida de tiempo. Pero luego una astrónoma (si, una mujer para más INRI), de nombre Vera Rubin, descubrió evidencia experimental sobre la existencia de la antimateria de Einstein.

 

Rubin estaba estudiando las velocidades de la estrellas en función de su distancia al centro de las galaxias (algo similar al problema de las velocidades variables de los planetas de Kepler) y descubrió que algo hacía que las estrellas más lejanas viajaran más rápido de lo previsto. Parecía haber una especie de elemento que evitaba que las estrellas más lejanas del centro salieran disparadas en todas las direcciones y les imprimía más velocidad. Dicho elemento además era invisible (no era posible observarlo con ningún tipo de radiación) e intangible (parece ser que estamos rodeados de cantidades de antimateria muy superiores a la materia normal, y ni siquiera la percibimos).

 

Vera Rubin se murió hace poco menos de quince días. Sin quererlo, suministró pruebas experimentales del universo inmutable propuesto por Aristóteles, y estudiado de forma parcial por Einstein. A lo último el griego como que tenía razón. No vaya a ser que también la tenga San Agustín y el vacío no exista, los animales tengan alma y las mujeres sean peores que el demonio. Esperaremos otro perihelio a ver qué pasa…

 

 

 

 

 

Bienvenido a su distopía

La distopía es un género literario que describe un futuro desalentador, perverso, contrario a los sueños y expectativas que tenemos con respecto a nuestro propio destino. No por nada el término distopía se considera un antónimo de utopía, que por definición viene con un tufo a imposible, a sueño irrealizable. Si uno busca la definición de utopía en la RAE, aparecen por todas partes referencias a los conceptos de ideal e inalcanzable. Y aunque para mí un mundo sin Ricardo Arjona, sin Nicolas Cage, y sin tomarle fotos a la comida, no me parece tan difícil de conseguir, razón deben tener los de la academia de la lengua en darle ese matiz de imposibilidad a la utopía.

 

Lo preocupante del asunto es cuando aplicando la lógica como buen ingeniero, se da uno cuenta que si la utopía es irrealizable, entonces la distopía por fuerza tiene que ser prácticamente inevitable. Para principios del Siglo XX había signos de que ese sueño de un mundo feliz y tranquilo que nos esperaba en el futuro no se iba a conseguir. Hubo dos autores en particular que vieron claramente el problema que se venía para la humanidad. Los signos eran claros: La crisis económica de los años 20, la explotación de los recursos naturales, el crecimiento exponencial de la población, el desempleo, la desigualdad, las guerras… El caos parecía asegurado, a menos que se implementara alguna forma de control sobre la población. Estos dos autores predijeron que dicho control se haría de formas distintas.

 

Aldous Huxley se imaginó un futuro hedonista, dedicado al placer y a la concupiscencia (léase libido y lujuria), en donde la humanidad permanece bajo control en virtud de sus vicios y necesidades creadas. Todo lo que implique goce en el mundo feliz de Huxley se puede conseguir ya sea de manera natural o artificial (gracias a la tecnología), y lo único que no es perdonable es cuestionarse por cómo funcionan las cosas. La imagen es muy importante y la humanidad ha abandonado algunas de sus funciones naturales (como la reproducción), delegando esas tareas molestas en máquinas y artificios de alta tecnología.

 

La otra versión distópica es la de George Orwell, en la que la tecnología se usa para hacer un control furibundo y milimétrico de las personas. No puede haber el menor atisbo de descontento con respecto a las autoridades o el gobierno. La privacidad está prohibida, la libre expresión y el disentimiento están al nivel de pecado de muerte. En este futuro distópico la historia y los hechos son acomodados a cada segundo, a voluntad de los líderes, para favorecer sus intereses. Tan extrema es la manipulación de los hechos que las personas no llegan a estar seguras nunca de qué cosas pasaron en realidad y qué otras fueron inventos.

 

Durante muchos años las obras de Orwell y Huxley se consideraron de ciencia ficción, al estilo de otras distopías más modernas, como Terminator, Matrix o Mad Max. Lo otro es que se consideraban extremos opuestos del espectro: O nos controlan atiborrándonos de placer, frivolidad y vicios, o nos impiden de manera violenta cultivar y expresar nuestro criterio. Eso sí en ambos casos la tecnología es un elemento clave.

 

Pues como diría César Gaviria, bienvenidos al futuro. La distopía ya nos llegó, combinando elementos de Huxley y Orwell de la manera más maquiavélica posible. ¿Quien puede negar que hoy en día no la pasamos embobados con la tecnología, que podría servir para muchas cosas buenas, pero que al mismo tiempo nos pone en la palma de la mano (literalmente) frivolidad y desinterés por nuestra realidad? ¿Quien puede negar que esa misma tecnología sirve para monitorear nuestros hábitos, gustos, intereses y opiniones, y que hoy en día la privacidad se ha vuelto un bien de lujo? Pareciera motivo de orgullo estarse exhibiendo, contando y mostrando los lugares que se han visitado, los alimentos que se han consumido, e incluso la forma en que cada uno “está pensando”.

 

Con razón dicen que la realidad tiende a superar a la ficción. Por eso aunque triste, a mí no me sorprende mucho lo de las elecciones de USA esta semana. Sorprendente sería esperar decisiones racionales de una sociedad superficial y esnobista, y al mismo súper vigilada. Por ahí dicen que el siguiente paso en esta novela distópica es el apocalipsis zombie. Yo por si las moscas voy a empezar a tapiar las puertas de la casa.

 

 

¿Y si el Universo fuera un holograma y conspira para que no te des cuenta?

El mensaje de SPAM de hoy se pretende que sea una especie de catarsis, por un seminario en el que quería participar y al que tuve que declinar a última hora. A propósito del tema del seminario y de la emergencia que me impidió asistir, un conspiranóico diría que el propio universo conspira para que la entropía no disminuya. El texto a continuación versa sobre temas que parecen de locos, pero que han venido ganando relevancia entre la comunidad científica internacional. Así que parodiando un meme que estuvo de moda hace poco tiempo, querido lector: Agárrese a su asiento, porque en los próximos párrafos le voy a mostrar lo que pueden hacer la frustración y el insomnio, combinados con la cerveza y mi tendencia natural a botarle corriente a temas inocuos.

Vayan por delante un par de advertencias. La primera es que el texto no pretende cerrar nada. Si alguien me pregunta por mi afición a escribir, diré sacando pecho que me precio de ser ensayista. Esto no es un ensayo, y no tengo una posición definida sobre los temas que voy a tratar a continuación. Como buen profesor, me he vuelto experto en formular preguntas, no en dar soluciones. La segunda advertencia puede llegar a ser obvia en este punto. Varios de los temas tratados adelante implican cierto rigor científico, pero la intención de este servidor es tratarlos de una manera un poco más ligera. Es decir, si quien aborde este mensaje de SPAM espera encontrar un tratado formal sobre el asunto de la Entropía, la Teoría de Cuerdas o el Efecto Holográfico, quizás sea mejor abandonar la lectura en este punto, que sentir el vacío y la decepción después de terminarla.

La cosa con estos temas ha tomado tanto vuelo, que hay quienes afirman directamente que no vivimos en un universo “real”, sino que hacemos parte de una simulación, organizada por algún ente que tiene a disposición recursos computacionales y tecnológicos ilimitados. Las simulaciones son más efectivas en la medida que se sientan cada vez más reales. A lo Dostoievski, quien afirmaba que la mejor cárcel es aquella en la que los presos no se dan cuenta que están encerrados, la simulación perfecta es aquella en la que los sujetos simulados crean que viven en la realidad. Y aunque estas afirmaciones estilo Matrix pueden provocar rechazo o desdén, lo cierto es que cada vez hay más gente seria considerándolas.

En el año 2003 un filósofo de apellido Bostrom postuló unas ideas inquietantes sobre el asunto del universo simulado, usando solamente la lógica. Bostrom formuló varias situaciones hipotéticas y excluyentes, y luego desarrolló una discusión sobre la probabilidad de que cada una de estas situaciones sea cierta. La primera opción es que nuestra civilización se extinga antes de tener siquiera la posibilidad de implementar simulaciones tan complejas y realistas como la que supuestamente estamos experimentando. La Ley de Moore (que se ha venido cumpliendo de manera más o menos precisa) anticipa un crecimiento exponencial en las capacidades de cálculo de nuestros computadores. Si esta primera opción es cierta, la debacle de la raza humana se viene más pronto que tarde. La segunda opción es que nuestra raza desarrolle las capacidades técnicas necesarias para adelantar las simulaciones del universo, pero que no tenga interés en implementarlas. Visto lo visto en el mundo actual, las aguas no parecen fluir por ese camino. Hoy en día tenemos simuladores para cuanta cosa se nos ocurra, y los mejoramos de forma incremental y continua. Las redes sociales y plataformas como la de Los Sims, son un botón de muestra de nuestro interés por simular incluso la realidad y las interacciones humanas. La última opción en esta triada incómoda de Bostrom es que logremos la capacidad técnica y que estemos dispuestos a desarrollar las recreaciones de nuestro universo. En ese caso, seguro que habría muchos intentos de simulación, lo que le deja poca probabilidad a que este universo, precisamente este en el que Usted y yo nos estamos comunicando por medios electrónicos, sea el universo real. Sería mucho más probable que seamos parte de alguna simulación corrida por nuestros descendientes en el futuro.

Dejando a un lado cuestiones filosóficas espesas (y que algunos catalogamos de circulares), Carl Sagan analiza muy elocuentemente nuestra tendencia natural a buscarle patrones y orden a todo lo que nos rodea. Cuando esa propensión se pone en el contexto de un mundo caótico (donde el caos tiende a aumentar constantemente), tenemos situaciones en las que alguien mira al cielo estrellado y ve osos y caballos alados, o personas que ven figuras reconocibles en una tostada o en una mancha de humedad. Yo no podría hacerlo distinto y he dividido el tema en tres elementos principales, tratando desesperadamente de darle lógica a un tema que me desborda. Lo bueno de esta taxonomía es que cada uno de estos elementos va creciendo en complejidad (por lo menos para mí) a medida que se va presentando, de modo que Usted, amable lector, puede abandonar el texto a discreción ante el primer asomo de aburrimiento. Lo de la catarsis al principio del mensaje no era mentira, aunque lo que realmente me aflige es estarle perdiendo tiempo a cuestiones que no le aportan mucho a mi trabajo. Así que si en vez de por aburrimiento, el abandono ocurre porque Usted no se quiere dejar arrastrar al puerco círculo de la procrastinación, le absuelvo de todo pecado. Luego me puede decir que mi mensaje estuvo “bueno” o “interesante”, y como dicen Los Rodriguez, simplemente la mano nos damos.

 

Las leyes amañadas

Stephen King cuenta en The Shawnshank Redepmtion, que después de algún tiempo, todos los presos condenados le echan la culpa de la condena a su abogado. El otro escape es quejarse y atribuir la condena a leyes injustas. Esta pose del quejoso, es la que pretendo asumir a continuación. Parece ser que las leyes de nuestro universo y las de nuestra propia ciencia hubieran sido concebidas específicamente para impedirnos saber ciertas cosas, al punto que otro Stephen famoso, Hawking, llega a preguntarse de forma lastimera si algún día llegaremos a conocer los detalles fundamentales sobre el origen y el funcionamiento de todo lo que nos rodea. Hawking dice que podemos estar impedidos por muchas razones, como el hecho de estar atrapados en una percepción limitada a unas pocas dimensiones físicas. Hago notar las referencias repetidas a la cárcel, las condenas y al hecho de estar atrapados, y reitero que un universo que no se deja conocer del todo, resulta muy conveniente en una simulación en la que participan entes pensantes.

Un ejemplo de estas leyes amañadas es el asunto de la constante expansión del universo, que combinado con la limitación para cualquier partícula o incluso para la información, de no poder viajar más rápido que cierto límite, implica que arrancamos perdiendo en el intento por conocer nuestro universo. Si tuviéramos la tecnología para emprender un viaje intergaláctico el día de hoy, ya hay buena parte del universo observable que no podremos alcanzar nunca, y ni qué decir de la parte no observable o de sus límites. Con el tema de la Entropía sucede algo parecido. Un universo en el que el la energía tiende a estar cada vez más desorganizada, hace que los viajes largos sean demasiado costosos. Si tuviéramos la forma de generar energía de forma espontánea, o al menos de conservarla de forma razonablemente eficiente, hace rato habríamos emprendido viajes  a otras estrellas.

Otra de esas leyes que parecen muy convenientes para la teoría del simulador es el Principio de Incertidumbre, que haciendo un resumen atrevido viene a decir que por muy avanzada que sea nuestra tecnología, nunca podremos tener ninguna medida libre de error. Este principio es especialmente importante cuando las dimensiones de la medida en cuestión son bastante pequeñas, de modo que si por un lado estamos impedidos para explorar aquello que está a grandes distancias, Heisenberg nos puso talanquera también para conocer los detalles de lo que ocurre a muy pequeña escala.

Finalmente, pero no menos importante, están las limitaciones de nuestra propia ciencia. El método científico nos ha impulsado mucho en los últimos siglos, pero ciertamente se queda corto. En el enfoque positivista de la investigación, la verdad siempre será susceptible de ser conocida. Pero esto es solo un enfoque. Aquellos que estamos familiarizados con estos procesos sabemos que una investigación puede llevar a resultados contradictorios o incompletos. Para los que buscan una explicación más formal, recomiendo el Principio de Incompletitud de Kurt Gödel, que dicta que todo sistema axiomático (la física, las matemáticas y todas las ciencias “duras” clasifican como axiomáticas) es o bien inconsistente o incompleto. El teorema de Gödel dio origen a enfoques heurísticos y a áreas como el de la lógica difusa, pero también nos deja con los pantalones abajo, y pone en evidencia la imperfección de la herramienta de la que disponemos para conocer el universo.

 

Shannon, Renyi, Azimov y las entropías

Cuando uno busca el tema de la Entropía en Wikipedia, aparece un texto aclaratorio con respecto a que también existe un concepto llamado igual en la Teoría de la Información. De hecho mi primer contacto con las entropías fue por el lado del procesamiento de señales y los métodos de compresión. Luego habría de usar ese mismo concepto en mi doctorado para cuantificar qué tan perdido está un algoritmo de búsqueda, y hace poco me enteré que hubo otros intentos aparte del de Shannon por medir la cantidad de información, uno de ellos formulado por un matemático de apellido Renyi.

Shannon sostenía que la cantidad de información que lleva un mensaje es directamente proporcional a su incertidumbre. Si uno conoce exactamente y sin ambigüedades el contenido un mensaje que está por llegar, la llegada del mensaje en sí no aporta ningún tipo de información nueva.  En cambio, si el mensaje es completamente inesperado o incierto, la cantidad de información obtenida es mucho mayor. Por eso es que se considera que hay mucha menos información en el hecho de saber que el agua moja, que en conocer los números de la lotería de la próxima semana. La medida de la Entropía en este contexto cuantifica que tan desordenada está la información de una fuente.

Tengo una amiga que me dice que Shannon la embarró poniéndole “Entropía” a su medida de incertidumbre o aleatoriedad para una fuente información discreta. Le voy a llevar la contraria diciendo que el nombre me parece de lo más apropiado. De hecho, la Entropía de la termodinámica se define como la cantidad de desorden que exhiben materia y energía en un espacio cerrado. Shannon propuso el bit como medida de cantidad de información en su formulación, y para explicar el Efecto Holográfico (que se verá en el último inciso de este mensaje de SPAM eterno), los físicos modernos están hablando del Nap, como una medida de la cantidad de información necesaria para reconstruir un porción cerrada del universo, en términos de materia y energía.

Quizás el mejor ejemplo de la frontera difusa entre los conceptos de entropía, sea “La última pregunta” de Isaac Azimov, que los presenta de manera magistral. Hago notar la sospechosa similitud entre un concepto que tiene que ver con las bases mismas del funcionamiento del universo, y un concepto tomado de la informática. No me resisto a decir en este punto que por el lado de la ciencia ficción ya hay una respuesta para la pregunta del universo, la vida y todo lo demás, aunque resulte tan inútil como desconcertante: 42.

 

Lo que dice la ciencia moderna

Hay dos vertientes de la ciencia en la actualidad que parecen apuntar independientemente al hecho que nuestro universo es una proyección holográfica. En primer lugar, los científicos se están cuestionando sobre si las dimensiones espaciales de nuestro universo están cuantizadas, al igual que la energía y otras medidas importantes. Esto significaría que al hacer un zoom arbitrariamente grande con un microscopio hipotético súper potente, llegaría un punto en el que veríamos una especie de pixeles tridimensionales, al estilo de los pixeles que se pueden ver en una pantalla digital. Demostrar que las dimensiones físicas de nuestro universo están cuantizadas, sería la antesala de Matrix, tanto sintáctica como metafóricamente.

La segunda explicación es todavía más truculenta. Para explicar la bobadita del escape de la información de un agujero negro, los físicos han desarrollado el concepto del Efecto Holográfico. Según este efecto, una región cerrada del espacio se puede reconstruir sin ningún tipo de error si se tiene la cantidad suficiente de información, medida en Naps. Los Naps se distribuyen en la superficie que hace de frontera para la región cerrada en cuestión. Resumiendo, lo anterior quiere decir que la toda información de nuestro universo está organizada en dos dimensiones, por lo que la tercera dimensión no sería más que un efecto y no se requiere para explicar nada, o que esta tercera dimensión que percibimos es una suerte de proyección holográfica. Bajo este paradigma, la gravedad sería un efecto conexo a este holograma de nuestro universo y no existiría en dos dimensiones, y se definiría como la tendencia natural de la información a estar más concentrada. En ese mismo contexto los agujeros negros se definen como las regiones en las cuales la densidad de Naps por unidad de área llega a su límite máximo teórico. Es decir, los agujeros negros son regiones en donde hay concentrada hay una cantidad enorme de masa y energía, o donde la entropía es máxima.

El nada despreciable asunto del holograma, del cual la ciencia moderna habla tanto para escalas infinitesimales como estelares, y la correlación evidente entre materia, energía e información, hace que uno se sienta como aquellos personajes de la Alegoría de la Caverna de Platón, justo antes de conocer la realidad, o como Neo antes de tomar la pastilla roja. La otra es que de pronto estemos impedidos para la verdad, como se decía al principio, y el asunto de los hologramas y las simulaciones nunca se logre demostrar de manera concluyente.

 

 

 

 

Nota 1: El título original para este ladrillito era “Sobre la Entropía, el Principio Holográfico y lo difícil que se pone el final de la quincena”. A última hora se cambió por algo menos descriptivo.

Nota 2: Muchas gracias por haber llegado a este punto. Llego a pensar que su persistencia es casi tan enfermiza como mi vocación de spammer. Dejo abierta la discusión por este medio para cualquier comentario, reclamo o amenaza por mensajes no deseados, u opiniones del tema que originalmente era del seminario al que no pude asistir.