Una historia (no) muy recomendable

Esto de ser adicto a la información inútil tiene su karma, sobre todo cuando a uno le toca enfrentarse a cosas de las que en principio no quisiera saber. Por eso, si Usted es de estómago sensible, o aborrece esas historias de dolor y crueldad humanos, le recomiendo no seguir con esta lectura. Haga de cuenta que es un spoiler, pero de los buenos. Algunos no somos capaces (llámese masoquismo) de voltear la vista para otro lado, pero si es para estarse arrepintiendo después con el corazón comprimido de haber leído cosas desagradables, quizás sea mejor dejar el texto ahora.

 

Hace unos días la BBC publicó una foto antigua relacionada con el informe Cassement, que desarrolló un señor inglés del mismo apellido y de nombre Roger. La historia de los viajes de Cassement por el Congo Africano y por acá por Colombia y Perú, está magistralmente narrada en “El sueño del Celta”, de Mario Vargas Llosa. La foto, tomada probablemente a finales del Siglo XIX o a principios del XX, muestra a un indígena del Congo de nombre Nsala, observando la mano y el pie amputados de su hija de cinco años. Las partes amputadas fueron dejadas por los colonos europeos como ejemplo para los demás: Un recordatorio de lo que les pasaría a todos los que no cumplieran con su cuota de caucho.

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Semejante barbarie empezó de manera muy inocente y plagada de buenas intenciones. Tan buenas intenciones como las que tenían los invasores españoles en la época de la conquista, o los inquisidores de la iglesia católica, o los que decidieron crear refugios para los indígenas en Estados Unidos y así “resguardarlos”. La cosa es que al rey Leopoldo II de Bélgica le fue confiada la región del Congo Africano, para que protegiera a los nativos locales de la esclavitud. El área del Congo podía ser en esos momentos hasta setenta veces el área de Bélgica, pero no estaba densamente poblada. De hecho, había muy pocas villas o ciudades importantes, y buena parte de la población estaba distribuida en tribus a los largo del territorio, sobre todo en las cercanías del Río Congo.

 

La desgracia para los negritos congoleños llegó en 1891 cuando el francés Édouard Michelin patentó el proceso de vulcanización de caucho. Inmediatamente el caucho se convirtió en un producto altamente codiciado. Al Rey Leopoldo, que venía teniendo problemas económicos se le apareció la gallina de los huevos de oro. Ahí mismo: Cuál esclavitud ni qué esclavitud. Creo unas empresas nacionales para explotar el caucho en parte del territorio anexado de África, y cedió el resto del territorio (muy a su pesar, pero no daba abasto) a empresas multinacionales.  Los nativos estaban por decreto obligados a servir como trabajadores recolectando el preciado caucho y los contratistas y capataces tenían funciones policiales.

 

Sobra decir en qué se convirtió todo eso. Los capataces se adentraban río arriba para poder encontrar nuevas tribus y esclavizarlas. Las cuotas de caucho impuestas a los indígenas eran imposibles de cumplir, al punto, que los negritos morían en manos de los capataces y contratistas, o morían de hambre, ya que por estar recolectando el caucho no podían cazar o recoger comida. Era práctica regular matar al que no cumpliera con su “obligación” de trabajo, y a toda su familia. En algún momento, y para que los empleados de las caucheras no gastaran balas en otra cosa que no fueran los esclavos (algunos empezaron a usar las balas en actividades tan inoficiosas para la empresa como la caza), se estipuló que por cada bala gastada, debía presentarse prueba del muerto correspondiente, usualmente una oreja o una mano. La caza no se abandonó, y más bien se volvió práctica habitual mutilar a los negritos vivos, para poder justificar el parque de munición usado.

 

Lo que nos lleva a la historia del pobre Nsala. El artículo que viene con la foto cuenta que su hija y su esposa fueron asesinadas luego de la mutilación y que además fueron canibalizadas. Mientras tanto, en Bélgica, Leopoldo se convertía en uno de los hombres más ricos del mundo. Construía obras majestuosas y opulentas, al tiempo que se echaba a la gente de su país al bolsillo. Un ejemplo de altruismo y de buen gobierno para todos los países civilizados. Por supuesto que las atrocidades de África no pasaban sin que nadie en Europa se diera cuenta, pero Leopoldo había sabido untarles las manos a personas clave en los diferentes gobiernos, y el asunto no había pasado de chismes o habladurías.

 

Solo hasta cuando se publicó el informe Cassement la cuestión vino a tener relevancia internacional, y los caucheros decidieron traerse su infierno por acá al Amazonas (para esa historia también está La Vorágine, de José Eustasio Rivera). Unos años más tarde alguien descubrió que el petróleo también servía para procesos de vulcanización y el caucho dejó de tener tanta importancia en los mercados. Ahí sí, la barbarie por el caucho se barrió hacia debajo de la alfombra y aquí no ha pasado nada. Fueron tan efectivos con el tapado, que el Congo no vino a independizarse sino hasta el año 1960, a menos de una generación de distancia de cualquiera que pueda leer esto hoy en día.

 

Si me preguntan por conclusiones de la historia, diría que en general no es posible que un pueblo o grupo de personas esté muy bien (como Bélgica en esos días) si no es a costa de otros (el Congo en este caso). Pero en un mundo y en un universo en el que el desorden tiende a aumentar siempre, por muy bien que estés, la porquería siempre te termina alcanzando. Ahí está el caso del huracán Harvey en Estados Unidos. Nadie le puede atribuir solamente a la justicia poética el hecho de que el país que más contamina en este mundo haya sido golpeado por un fenómeno climático cuya virulencia es consecuencia del cambio climático.

 

Lo otro que uno se puede preguntar es de dónde sale tanta maldad. La historia del Congo viene a estar en mi top cinco de la monstruosidad humana, junto al holocausto nazi. ¿Cuál es el origen de semejante niveles de salvajismo? Parece que hemos avanzado, en el sentido de que ya no buscamos las causas de nuestros actos abyectos afuera (demonios, posesiones), sino que identificamos que hay algo en nuestra propia naturaleza (o en nuestra estructura social) que en ciertas condiciones nos puede llevar a ser muy desalmados. Si Usted, amigo lector, ha llegado a este punto del texto, seguro que también se ha hecho preguntas parecidas, en vez de asumir la posición cómoda del que no sabe nada, como hicieron muchos europeos con el Congo a principios del Siglo XX.

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La consulta

–          Buenas tardes señor amazónico, muchas gracias por atenderme. Me lo recomendaron muy bien.

–          Mi nombre de pila es Elkin, dígame así mejor. Patricia me dijo que Usted viene por un asunto de angustia existencial…

–          ¿Patricia?

–          Sí, la niña de la recepción. Le cuento que acá tratamos mucho ese problema, y hasta ahora no hemos tenido quejas. Pero, cuénteme: ¿Será una inquietud kafkiana? ¿De esas en las que uno siente que se está volviendo un ser completamente ajeno al entorno y a sí mismo?

–          Pues yo creo que sí señor indio… eso se parece a lo mío

–          Ah bueno, porque siendo así no necesito sino recetarle unas goticas de valeriana y unas infusiones, y va a ver Usted como deja de ver el insecto gigante en el espejo. Claro que también podría ser un problema faústico, en el que la angustia se manifiesta porque Usted siente que tomó una mala decisión como estilo de vida, que empeñó su alma en algo que a la larga no ha valido la pena.

–          Ay sí señor, eso también me suena mucho…

–          Bueno, si ese es el caso me tocaría recetarle también un ungüento de Cannabis, para que se lo aplique en la sien cada que empiece a sentir la ansiedad.

–          Si don amazónico, deme de eso también…

–          ¡Dígame Elkin no más! En último caso, Usted podría tener impulsos nihilistas, y por eso los problemas existenciales. A lo mejor no le encuentra sentido al mundo que lo rodea, ni a la sociedad, ni a dios, ni a nada. En esos casos sí toca hacer un preparado de romero y láudano, y poner hojas de mataratón debajo de la almohada, para que Nietzsche no se le vuelva a meter ni en los sueños.

–          Yo creo que me voy a llevar todo el paquete… por si las dudas. Es mejor no dejar nada suelto por ahí.

–          Bueno déjese tratar y verá cómo le acabamos todos esos conflictos existenciales. Ahorita me hace el favor y pasa con esta fórmula donde Patricia, para que le cotice el tratamiento. Le cuento que también tenemos a la venta productos de Herbalife, para que complemente su nuevo yo con una mejor figura.

–          Muchas gracias don Edwin, muy amable.

Mi misión en el tiempo

¿Me pregunta Usted a mí, por su misión en el mundo? ¿Me vio cara de chamán, sacerdote, psicólogo o político? Yo no le puedo contestar esa pregunta. Esa pregunta solo la preguntan los que tienen un pie en el psiquiátrico, y el otro pie en una cáscara de banano. No sea atrevido, no me pregunte por cosas para las que no tengo respuesta. Vaya estudie ontología, o métase a una iglesia, o pregúntele a un especialista en coaching a ver qué le dice. Preguntarle a un ignorante por la verdad es casi tan cruel como comer delante de un muerto de hambre.

 

Sí le puedo decir una cosa: Este Universo funciona siempre en la misma dirección, con o sin nosotros, y esa dirección es la que incrementa el desorden y el caos. No sabría explicar por qué motivos, o si es premeditado, pero todas las cosas que pasan, pasan para que el desbarajuste y el enredo empeoren. Está probado científicamente, es un proceso irreversible hasta donde se sabe. Parece haber algunas regiones, ciertas partes minúsculas del Universo que se escapan temporalmente del galimatías universal, en donde aparentemente hay cierto orden, cierta concentración de recursos, incluso vida. Pero ahí estamos los humanos, acelerando el proceso de destrucción en el único lugar que conocemos que nos puede sustentar como especie. De todas formas no sería justo decir que nuestra misión es acelerar ese deterioro, el Universo lo haría igual con o sin nuestra ayuda. Por ahí no va su respuesta.

 

Que nuestra misión va en el sentido contrario, en el de proteger y mejorar las cosas, es una contradicción. Afirmar eso sería perder el partido antes de empezarlo. Ya le dije que la destrucción y el caos son inevitables, ¿quién en su sano juicio le encomendaría a la humanidad algo que de entrada es imposible? Olvídese de ese cuentico de que el mundo nos fue confiado para cuidarlo. Eso les ha funcionado bien a unos cuantos oportunistas en la historia para poder explotar y saquear sin remordimientos, pero se cae por su propio peso.

 

Ese incremento constante de la Entropía en el Universo tiene que ver con el paso del tiempo. Hay quienes afirman que donde el desorden se pudiera revertir, uno percibiría las cosas como en una película reproducida al revés: Vería el pocillo recomponerse en el piso a partir de sus pedazos, y vería al café meterse dentro, y subirse juntos al borde de la mesa. El tiempo es tan constante como el desorden, siempre fluye en la misma dirección. Por eso esa es otra pelea perdida desde antes de empezar, no podemos devolver el tiempo tampoco.

 

No le tengo que explicar cómo es que operamos las personas. Nos aprovechamos de situaciones en las que el desorden no ha actuado todavía, en donde hay cierta cantidad de recursos acumulados, y generamos caos y deterioro para poder sobrevivir. Quizás no sea nuestra misión en el Universo, pero el avance del caos es lo que nos mantiene con vida. Así mismo pasa con el tiempo: Su avance es lo que nos hace vivir. El avance del tiempo es una constante en todo lo que hacemos, y lo sería también en nuestra misión, si es que existe alguna. Somos como relojes de arena, funcionamos en la medida en la que el tiempo pasa. Los relojes de arena humanos recibimos tiempo y producimos anarquía como resultado.

 

La esperanza de muchos es que ese caos producido y ese tiempo dilapidado tengan algún propósito, algún significado. Que en el proceso de agotar nuestros relojes de arena, cada humano haga algo memorable, o que al menos valga la pena, por lo costoso (en términos entrópicos) que fue su paso por este Universo. La cosa es que no hemos podido dar con esa misión indiscutible de nuestra especie. Cada uno le apunta a lo que cree más conveniente. Muchos se enfocan en motivos meramente egoístas y otros pasan de largo sin siquiera hacerse la pregunta que me está formulando Usted hoy.

 

Le repito que no le tengo respuesta. No me haga perder más mi tiempo.

El perverso ciclo de la conciencia

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La ignorancia es felicidad. Lo dicen fuentes tan creíbles como el Dr. House, el poeta Thomas Gray, o el calvito de Matrix. Aunque habría que cambiar la frase, porque no es la ignorancia lo que nos hace felices, sino la falta de memoria. Basta con que esta rueda de hámster en la que andamos todos sea lo suficientemente grande, o que asimilemos la filosofía moderna de vivir solo el momento, para que todo lo que se nos presente parezca desconocido. Como el pececito que vive sin mayor estrés en un espacio diminuto, porque no es capaz de recordar más allá de unos segundos en el pasado. Para saber de algo, cualquier cosa, no hay que adentrarse en lo inexplorado, sino dominar el fino arte de mirar hacia atrás.

Nietzsche decía que el tiempo es un círculo plano. Luego apareció otro alemán que descubrió que el tiempo y el espacio están entrelazados en un tejido inseparable, y que en presencia de masa (o de energía, que viene siendo lo mismo), dicho tejido se curva. Pobres diablos como somos, y restringidos a una percepción tridimensional como estamos, solo somos capaces de advertir la consecuencia natural de dicha curvatura, pero no la curvatura en sí misma. Por eso es que nos hacemos ilusiones con la novedad y admiramos lo original de nuestras vidas.

Quizás en el futuro aparezca alguien (a lo mejor otro alemán) capaz de ver por primera vez la curvatura del universo y darle la razón a Nietzsche, diciendo que el universo es curvo y cerrado sobre sí mismo; Que avanzar en una dirección en línea recta inevitablemente nos llevará con el tiempo a volver a cruzar la posición de inicio; Que todos los ciclos: naturales, humanos, sociales, metabólicos, económicos, culturales, y demás, no son sino copias pobres de la naturaleza propia del infinito; Que cuando se puede ver más allá de las tres dimensiones, el tiempo deja de tener significado, porque se pueden percibir simultáneamente el pasado, el presente y el futuro… Lo otro que puede pasar es que Nietzsche estuviera equivocado y que la curvatura del universo no sea cerrada.

En todo caso y volviendo al tema, no creo que este alemán pandimensional vaya a ser más feliz por saber todas estas cosas. No se podría esperar que el hámster o el pececito queden agradecidos por explicarles que están en la inmunda. Y sin embargo, como dice Sabina, aquí estamos: especulando sobre la naturaleza precisa de nuestra cárcel de tres dimensiones e inventando experimentos cada vez más elaborados, esperando que en algún momento ese dardo tirado a ciegas y en la oscuridad dé en el blanco. En el mejor de los casos esta curiosidad malsana nos va a servir para constatar lo que muchos sospechamos hace rato: Que no somos precisamente milagros de una creación consciente, que no tenemos destinación especial, y que estamos condenados a la maldición de repetir hasta el infinito la misma historia. La idea de crear un ser tan limitado como el hombre y envenenarlo con un ímpetu curioso sobre su propia desgracia, demuestra lo poco probable de la existencia de un ente superior racional, mucho menos misericordioso.

Y entonces, ¿A quién le reclamamos? La evolución se la pasa ensayando una y otra vez con los seres vivos, para hacerlos más aptos a su entorno y garantizar su supervivencia. Eventualmente alguno de estos ensayos aleatorios tiene éxito y se perpetúa a través de las diferentes especies. En este círculo plano de ensayos y errores, se cometió una falta terrible: Una de estas especies fue capaz de tener consciencia de su propia existencia y de la de los demás seres. Y es que muy a pesar de lo convencidos y orgullosos que estamos, los humanos arrastramos con el pulmón de acero de la conciencia: Suficiente para mantenernos vivos y convertirnos en la especie más exitosa del planeta, pero al mismo tiempo herramienta de nuestra destrucción y responsable de la visión de nuestra propia miseria.

Por eso es que ante la dicotomía de la ignorancia y la conciencia, la pastilla verde y la roja, habremos algunos que lamentemos no poder revertir el ciclo, deshacernos del pulmón de acero y extinguirnos sin darnos cuenta.

 

La tragedia del hombre que no cree en nada

  • Pero entonces, ¿Usted no cree en nada?
  • Creo en lo que dice la Termodinámica: Que la Entropía (el desorden, el caos) en este Universo no hace sino aumentar, y que ese aumento es inevitable…
  • Pero mire que no todo es desorden, hay personas, inventos, ciudades, tecnología… Usted me pone de ejemplo a la ciencia para decirme que todo va hacia el caos.
  • Las personas, la tecnología, los inventos y hasta la misma ciencia, no son más que la confirmación de la regla. Si no me cree, mire cómo tenemos al mundo. Habrá muchos que a esto le llaman progreso, pero yo no lo veo así. Ahora tenemos herramientas más poderosas e innovadoras, pero el resultado es el mismo, o quizás un poco peor, como dice Arjona…
  • ¡Ahora ya me está citando a Arjona! Vea: A mí me parece increíble que Usted no sea mínimamente espiritual. ¿No piensa en la muerte? ¿No extraña a un ser querido que ya no está? ¿No le gustaría que de esta vida pudiéramos pasar a otra mejor?
  • Pues lo de la muerte no es para ponerle tanto misterio. Hubo un tiempo en que me aprendía los epitafios y las últimas palabras de famosos para pasar por culto. No vaya Usted a creer que si uno recita en una reunión lo que dijo Napoleón en su lecho de muerte, la gente lo trata con más respeto. Hasta estuve pensando en las que me gustaría que fueran mis últimas palabras…
  • ¿Para despedirse de este mundo y pasar al otro, o para dejar algo de Usted digno de ser recordado?
  • No… otra vez era para pasar por sabio e inteligente. Yo no creo en nada del otro mundo, pero lo jactancioso y fantoche me pueden más… De todas formas desistí de eso, porque me di cuenta que un pobre diablo moribundo puede decir las palabras más sabias o más hermosas, y pocos le van a poner atención. La clave de los epitafios es ser famoso. Cuando un personaje célebre se muere, puede decir cualquier babosada, y la gente es la que le agrega un aura de misterio y de importancia. Como la vida mía no tiene nada de interesante o digno de ser mencionado, no importa mucho lo que diga cuando me muera. Nadie se va a acordar después…
  • Pero al menos sí creo que después de muerto le gustaría que sus seres queridos lo visitaran, que su cuerpo fuera tratado con respeto. Mire todas esas culturas que le han botado tanta corriente a la última morada de las personas…
  • Pues aunque lo de la última morada fuera cierto, uno ya no va a sentir nada. Nos vas a ver los familiares, ni los monumentos, ni la caja suntuosa. El cuerpo del que muere entra en ese ciclo entrópico en el que un tiempo después ya no hay nada reconocible. Yo preferiría que me cremaran y botaran las cenizas, para que no hubiera lugar a dónde me pudieran ir a buscar. Me parece que dejar una tumba es muy egoísta.
  • Pero entonces, ¿Usted no cree en nada? ¿No le conmueve la belleza del mundo? ¿No piensa que el simple azar es incapaz de darnos tanta diversidad, tantas especies de animales y plantas? ¿No cree que su propia vida, su felicidad y hasta sus tristezas son consecuencia de los planes de un ser superior?
  • No… creo que hay un Universo en el que las leyes están basadas en la incertidumbre, y que ante esa realidad, las personas nos hemos inventado historias líricas y maquilladas, para consolarnos en nuestra soledad e impotencia. Me parece un desperdicio perderle tiempo a esas historias…
  • Pues entonces me da mucha pena, pero no me deja otra opción: Va a tener que venir a trabajar de lunes a miércoles santo…

 

 

 

 

 

La historia de Buziraco

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El protagonista de esta historia vagó por el mundo durante mucho tiempo sin un nombre. De hecho, anda por acá desde antes que hubiera lenguaje, historia, e incluso humanidad. Quizás por eso es que nadie tiene certeza sobre cuál es exactamente su origen, y eso nos pone en franca desventaja, ya que él sí podría recitar de memoria la primera vez que vio unos humanos primitivos caminando erguidos por la sabana africana. En ese momento no le pareció que nuestra especie fuera nada especial, ni digna de demasiada atención. Pero luego, en cosa de un suspiro (porque la eternidad se va volando para aquellos que no tienen afanes), nuestro protagonista habría de encontrarse otra vez con los seres humanos, esta vez en condiciones menos inermes.

 

Los hombres habían creado asentamientos, dejaron de vagar por la sabana e inventaron la agricultura, la domesticación de otras especies, las ciudades y los caminos. Precisamente por aglomerarse sin muchas precauciones sanitarias, en estas ciudades abundaban la enfermedad y la peste. La cosa es que en vez de atacar la causa directa del problema, los humanos inventaron la historia alternativa de un ser superior, que tenía dominio sobre todas las cosas, y que estaba lleno de bondad y de misericordia. En el otro extremo del espectro tenía que haber un ser despreciable, insidioso y maléfico, quien era responsable directo de todos los padecimientos de los hombres. Ese fue el papel de nuestro protagonista, el del malo de la historia, y por eso se emprendió en su contra una campaña violenta de descrédito y persecución.

 

Aunque el supuesto demonio evitaba todo contacto con las personas, sus perseguidores no tuvieron reparo en inventar pactos y adoraciones que nunca ocurrieron, para así poder torturar, abusar y asesinar a otros a voluntad. A nuestro personaje todo esto le parecía repugnante, así que decidió viajar a un supuesto “nuevo mundo”, que había sido descubierto recientemente. Fue en este viaje que nuestro protagonista fue bautizado por parte de los humanos. Quienes le pusieron Buziraco al demonio que emigraba a América, no le resultaban desagradables, ya que pertenecían a una raza que sufría la esclavitud y el abuso por parte de aquellos que decían adorar a un ser misericordioso y lleno de amor.

 

En este viaje Buziraco aprendió a valorar a los pobres esclavos, quienes eran oprimidos por los mismos que lo perseguían a él. Se admiró de lo felices que eran, de los cantos que hacían, y de la tenacidad de su trabajo, aun cuando el resto del mundo los trataba con salvajismo y desprecio. Los esclavos aprendieron a corresponderle en su estima y le dedicaron canciones y relatos, aunque Buziraco les dejó claro que todas estas cosas podían meterlos en problemas, tal y como le había ocurrido a un montón de infelices en el viejo mundo.

 

Buziraco pisó tierra americana en la ciudad de Cartagena. Los relatos de los negros cuentan que el demonio estaba complacido con su destino, porque le recordaba aquellos tiempos felices en los que vagaba solo por el mundo, porque podía estar con los únicos humanos que le apreciaban, y sobre todo porque aquellos que le perseguían parecían estar muy lejos. En estas condiciones Buziraco estuvo un poco más relajado e incluso llegó a entablar amistad con algunas personas blancas. Quizás la más conspicua de dichas amistades fue la que sostuvo con la señora Lorenza de Acereto, quien desde muy niña había sido vendida como esposa a un obseso sexual, y que por afinidad de opresores, tuvo también cercanía con los negros.

 

En esa triple condición de mujer, amiga de esclavos y también amiga del demonio Buziraco, no pasó mucho tiempo antes que los enemigos de este último la enjuiciaran y condenaran por bruja. Esto fue un golpe muy fuerte para nuestro desafortunado protagonista, quien decidió aislarse en el Cerro de la Popa y evitar, como en otros tiempos, cualquier contacto gratuito con humanos. Allí en el cerro, dormido y encerrado como un animal hibernando, Buziraco pasó un par de siglos tranquilo, hasta que nuevamente la enfermedad y la peste asolaron a los hombres y la superstición dio cuenta que en el cerro vivía un demonio que había venido al nuevo mundo con los esclavos. Rápidamente los blancos organizaron una expedición para exorcizar al maldito y espantar para siempre la enfermedad de Cartagena de Indias.

 

Más por hastío con sus perseguidores que por verdadero miedo, nuestro personaje fingió una escena en la que lo acorralaban con rezos y exorcismos, caía desde un precipicio del cerro y desaparecía para siempre de la ciudad. Hubo de buscar en el interior del continente por un nuevo sitio, hasta que dio con un pueblo mediano al pie de las montañas. Advertido por sus experiencias anteriores, nuevamente decidió aislarse como un ermitaño, evitando en lo posible cruzarse con ninguna persona. Para su mala fortuna, en el pueblo alguien esparció el rumor de que en las montañas aledañas dormía un demonio venido de tierras lejanas. Para evitar desgracias, maldiciones y enfermedades, desde Popayán se organizó una expedición con dos obispos, que habrían de darle caza al pobre Buziraco.

 

El perseguido hizo otra vez la pantomima de su propia muerte, lanzándose por un barranco. Por su parte, los dos obispos pusieron en la cima de la montaña una triada de cruces, para advertirle a los espíritus que vinieran en el futuro, que no era buena idea campear por esos lados. Espantada la maldad del pueblo, vino la prosperidad, la salud y la tranquilidad, mientras que nuestro vapuleado protagonista se aisló aún más, esperando no tener que volver a tratar con nadie. No quiso siquiera asomarse cuando escuchaba cerca de su escondite los gritos y súplicas de algunos torturados y condenados a muerte, que eran llevados allá desde el ya crecido pueblo por unas mafias boyantes. Buziraco tuvo miedo que lo relacionaran también con esta nueva forma de peste, y prefirió seguir escondido.

 

Luego del episodio de las tres cruces, Buziraco solo atinó a salir de su escondite cuando escuchó unos sonidos que le sonaban familiares. La música que venía desde la ciudad se le parecía a la que cantaban los esclavos en el barco que lo trajo a América, y a la que entonaban en Cartagena de Indias. Muy a pesar de su bien justificada desconfianza, el demonio se animó a bajar hasta el origen de estos sonidos y comprobó que aunque las canciones ya se entonaban en un lenguaje castizo, la esencia y el ritmo eran iguales a unos que él pensaba ya extintos. Rápidamente se entusiasmó con la idea de que las personas hubieran cambiado. Si habían abrazado la música de los esclavos, quizás también podrían haber abandonado la superstición y la ignorancia. La gente parecía estar muy contenta en la ciudad: Bailaban, festejaban y un día quemaron unos muñecos (no personas, como hubo de atestiguar nuestro personaje en otros tiempos). A Buziraco le pareció ver también unos niños disfrazados bailando en la calle, que al parecer lo estaban imitando.

 

Sin embargo, la ilusión duró solo unos meses y nuestro personaje tuvo que regresar rápidamente al hueco en el que se estaba escondiendo. Buziraco presenció compungido que la superstición y la ignorancia seguían campantes entre los hombres, y que incluso se estaban organizando procesiones a las tres cruces para celebrar la muerte del demonio que más daño había hecho por aquellas tierras. El mal había sido vencido una vez más…

Fallida historia de unas pastillas para mejorar el rendimiento

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La siguiente historia es verídica, aunque por razones que serán obvias más adelante, se ha decidido mantener la identidad de su protagonista en secreto. Habría que empezar diciendo que un error lo comete cualquiera, y más cuando se está en la oscuridad de la madrugada y sin gafas. Una caja de pastillas que apareció de la nada, un nombre en la caja llamativo y similar al de cierto producto famoso por mejorar el desempeño amatorio de los hombres, y otro ingrediente que no ha sido justamente considerado en todas las tragedias humanas: La esperanza. Freud hablaba de los actos fallidos para referirse a los sabotajes que nuestro propio yo inconsciente nos hace, porque en el fondo nuestra situación consciente no nos agrada. ¿Acaso no se podría considerar al subconsciente en el sentido totalmente contrario? ¿No será posible que la esperanza nos lleve a cometer errores orientados a reforzar nuestros deseos y anhelos inconscientes?

El protagonista de esta historia parece ser un ejemplo de esta última situación. A este pobre hombre de edad mediana lo confundieron las circunstancias y lo animaron las expectativas. Eventualmente en escenarios similares el propio convencimiento hace milagros y el resultado se refuerza a sí mismo, logrando las consecuencias esperadas, muy a pesar de que el compuesto ingerido no tenga en teoría ninguno de los efectos deseados. Es lo que los psicólogos llaman efecto placebo y es la misma razón por la que las abuelas decían que a la pasta había que ayudarle con la fe, e incluso obligaban a echarse la bendición a la hora de la toma.

Pero a nuestro protagonista anónimo no le fue tan bien. A pesar de las expectativas tan altas, emocional y geométricamente, la pastilla ingerida no fue efectiva en el sentido esperado. Esa madrugada pasó más bien al acervo de lo corriente. No hubo muestras espectaculares y sobrehumanas de desempeño en la cama. No hubo elogios o alusiones a días pasados, en los que la mera juventud se valía por sí misma para lograr los niveles de satisfacción ya olvidados. De hecho, la pareja de nuestro amigo ni siquiera llegó a despertarse esa madrugada de subconscientes con esperanza y ojos miopes leyendo en la oscuridad.

Al otro día, vapuleado por el peso inexorable de la realidad, nuestro secreto protagonista habría de enterarse de los verdaderos efectos de la pastillita que le había quitado el sueño la madrugada anterior. La ingestión, que se había hecho con más buena fe que sentido común, ahora traía consecuencias variadas en el rango que va desde las taquicardias, hasta los dolores intensos de cabeza, las náuseas y la diarrea. Un coctel de esas cosas que cuando vienen de a una, ya son intolerables, y que se refuerzan por el hecho de tener que ir a trabajar.

Preocupado por tanta maluquera, nuestro desafortunado héroe decide hacer lo que debió haber hecho en primer lugar: Preguntarle a su esposa por la presencia de las pastillitas en el cuarto nupcial. La respuesta lo explica todo, pero no trae mayor consuelo: La esposa de nuestro infeliz protagonista había comprado las pastillas luego de leer un artículo, en el que se decía que con ellas se podía mejorar el rendimiento laboral (no el erótico) de una manera considerable. Como estos días ella había estado sometida a mucho estrés en el trabajo, había decidido probar el medicamento, pero lo había abandonado después de dos ingestas por considerarlo inocuo. Esa explicación justificaba de carambola por qué la madrugada anterior la esposa no había reaccionado a los fútiles intentos de su pareja por hacer de latin lover. Simplemente estaba muy cansada.

Según la biblia, Pedro, el apóstol de Jesús, había dicho que lo seguiría hasta la muerte, y se negó a aceptar la predicción según la cual habría de negarlo tres veces ese mismo día. Muchas veces somos víctimas del contexto y terminamos involucrados en situaciones o actitudes que criticábamos en primer lugar. En el estereotipo de la pareja típica, el hombre siempre pide más intimidad de la que su pareja está dispuesta a ofrecer, y de hecho muchos hombres se quejan de esta situación aduciendo que las excusas que reciben son falsas y de cajón. La esposa de nuestro desdichado se animó al escuchar la historia de su marido sobre las pastillitas mal puestas en la mesa de noche. Por eso llegó dispuesta a las faenas de antaño y a resarcir con sexo su narcolepsia de la noche pasada. La respuesta del esposo los sorprendió a los dos: “Esta noche no, me duele mucho la cabeza”.

 

 

 

 

Sobre sumas no-nulas y la Ética

En teoría de juegos, la suma nula (zero–sum) representa aquellas situaciones en las que siempre que alguien gana algo, hay otro participante perdiendo en la misma proporción. Por eso es que al hacer la suma algebraica de todas las ganancias (positivas) y pérdidas (negativas), el resultado es cero. En contraposición, el resultado de un juego se considera de suma no–nula, si luego de la agregación se obtiene un resultado distinto de cero. Esto significa que en el total, el grupo tuvo una ganancia o una pérdida netas, dependiendo de si el resultado obtenido de la suma es positivo o negativo.

 

En general todas las interacciones humanas se pueden clasificar en una de estas dos categorías. La riqueza boyante de países como España, Portugal o Inglaterra en épocas de la conquista y la colonia, no salió de la nada. Había unos territorios sometidos, que eran los que suministraban todos esos recursos. Ese sería el resumen de una interacción de suma nula: Unos ganan, porque otros pierden.

 

En contraste, las situaciones de suma no–nula implican que en el balance total, todos los participantes ganaron o perdieron un poco. Los estudiosos de las teorías de juegos argumentan que todas las interacciones humanas (económicas, sociales, laborales, etc.), deberían ser de suma no–nula. Si en el balance luego de la interacción la suma da positiva, quiere decir que en general todos los participantes ganaron algo (un gana–gana, hablando en términos menos técnicos). Si el balance diera negativo, significa que hay un problema que afecta en forma neta y general a todos, por lo que es necesario buscar una solución de manera conjunta.

 

Este no es, de ninguna forma, un asunto nuevo. Muchos que no conocen la formalización desde la teoría de juegos, han llegado a conclusiones similares. Brian Kernighan y Dennis Ritchie, fueron los inventores del sistema operativo UNIX, padre de desarrollos más modernos y masivos como Linux o Android. En sus inicios, el sistema UNIX venía con un comando de consola llamado nice, que permitía bajarle la prioridad de manera voluntaria a quien lo usaba, para así mejorar el rendimiento de todos los demás usuarios del sistema. Sobra decir que nadie lo utilizaba: En principio no parece muy lógico ceder un poco de lo que se tiene, así ese acto aumente en promedio las ganancias de todos.

 

Para que la sociedad funcione de acuerdo con el ideal (situaciones de suma no–nula positiva) se requiere de la voluntad de todas las partes, y especialmente de aquellos que tienen las mayores ventajas. Sin embargo, en una sociedad en donde se pondera la felicidad individual a costa de lo que sea, es muy difícil que las personas hagamos uso de herramientas al estilo del nice de UNIX. Parece triste, pero los humanos solo parecemos dispuestos a ceder nuestras comodidades cuando media algún tipo de promesa de ganancia futura. Ese es el fondo del paradigma económico y social que nos rige en la actualidad, y explica por qué dicho paradigma es defendido incluso por aquellos que soportan las desventajas y necesidades: El sistema individualista sigue vivo, porque todos desean secretamente sacar ventaja y pertenecer al grupo de los que detentan el poder y los beneficios sobre los demás.

 

Cuando se analizan situaciones aparentemente tan disímiles como la crisis ecológica, la corrupción, o la desigualdad social, se puede llegar a conclusiones similares. Se podría decir que la búsqueda individual de la felicidad es la religión de los tiempos que corren. Incluso se le considera un derecho inalienable en algunos países desarrollados. Pero, ¿qué tanta felicidad se puede lograr en una sociedad en la que el resto de personas no es feliz?

 

Kant resuelve los límites de la felicidad individual con su famoso Imperativo Categórico: “Obra solo según aquellos principios por los cuales quisieras que se rija el Universo”. Una vez que los actos individuales se analizan como potenciales leyes de comportamiento universal, cada persona empieza a valorar las interacciones de suma no–nula como algo deseable. Uno quisiera que los demás actuaran considerando en todo momento el beneficio del grupo, aunque eventualmente se llega a hacer trampas con los actos individuales, asumiendo que se trata de una mera excepción. El Imperativo Categórico elimina la posibilidad de excepciones y nos pone a todos al mismo nivel.

 

La Ética parece un elemento accesorio en estos tiempos de felicidades individuales y ventajas excepcionales. Con respecto a todas estas enajenaciones modernas, Eduardo Galeano se lamentaba diciendo que se había caído del mundo, y que no sabía cómo volverse a subir. El problema es que en un entorno con recursos limitados y una población creciente, tendremos que acostumbrarnos a aceptar la desigualdad como innata a la condición humana, o buscar soluciones alternativas a la forma que interactuamos entre nosotros.

 

Vivimos en una época marcada por grandes cambios. Hemos logrado enormes avances en áreas como la medicina, o la ingeniería. Sin embargo, todavía hay gente sufriendo enfermedades curables o problemas que son triviales para el estado del arte de nuestras ciencias. Hemos tenido la oportunidad también de presenciar notables avances en lo social: La esclavitud, la discriminación y el machismo, entre otros, se consideran males del pasado, aunque todavía nos hace falta mucho camino por recorrer. La Universidad aparece como la llamada a seguir extendiendo los alcances de nuestro desarrollo, máxime cuando es en la academia en donde se perfilan las condiciones del conocimiento que será aprovechado por la sociedad en el futuro.

 

El retorno a la Ética como elemento indispensable en cualquier proceso de formación humana, garantizará que provoquemos los cambios que se necesitan en la actualidad. No se trata de una opción descartable o de una postura romántica: Debemos aprender a actuar en consecuencia con nuestra situación en el mundo, o asumir las consecuencias, que inevitablemente nos afectarán a todos. La historia nos ha mostrado que los grandes cambios son posibles, y también hemos visto cómo estos cambios se pueden generar a partir de la educación de las personas. Ese es el papel que le demanda la sociedad a la Universidad en la actualidad.

Índice de maldad

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No había pasado ni una década del Siglo XX, cuando apareció la relatividad. En principio fue una teoría física difícil, enredada, y formulada por un viejito greñudo. Luego la relatividad habría de permear todos los aspectos de la sociedad. Hoy en día todo es relativo, susceptible a interpretaciones. Todo lo que se diga puede en principio ser políticamente incorrecto, y ser usado en nuestra contra. Qué tiempos aquellos en los que lo bueno era bueno, y lo malo era malo. En esos tiempos felices el mal estaba tan profundamente identificado y diferenciado, que la mera sospecha que alguien lo profesaba era excusa suficiente para prenderle una candela por debajo, para purificarlo. Y aunque el castigo sí podía variar (horca, ahogamiento, tortura), el motivo era único e indiscutible: Alejarse del camino del bien.

 

Muchos piadosos y estudiosos coinciden en que el Concilio Vaticano II fue el signo del fin definitivo de esos tiempos felices, y que ahí sí que se empezó a perratear este mundo. El Siglo XX fue igualmente el momento en que las mujeres pudieron votar, en que la iglesia dejó de tener una lista de lecturas prohibidas, y en que se dejó de cantar la misa en latín. Pero el Siglo XXI no augura mejores vientos. Ahí tenemos por ejemplo al Papa Francisco, a quien algunos profetas como José Galat acusan de ser el antipapa. Quienes hemos tenido la suerte de ver el Canal Teleamiga (cuyo dueño es Galat), hemos podido comprobar que todos los signos del fin del mundo se están cumpliendo, y de paso hemos aprendido algunas recetas de comida que dure bastante, para poder pasar el apocalipsis sin hambre.

 

A mí me confunde mucho no poder identificar sin dudas al malo. Lejos están aquellas historias más inocentes en las que no hay duda, donde uno espera hasta el final para ver al malo castigado y humillado. Hay que tener cierta edad para poderse acordar de esas escenas en las que el héroe le propina una patada al villano en cámara lenta, con la que lo deja fuera de combate. El mismo héroe que hasta casi el final de la película se veía vencido, al final coge al malo y le parte su mandarina en gajos. Yo no me considero de la generación X o la Y, y mucho menos voy a ser un milenial. La mía es la generación del karma. Esa que tenía esperanzas en Obama porque hablaba muy bonito, o la que sigue esperando cada año por ver a Uribe en la cárcel. Pero ya la cosa no funciona así. Lo mismo que con la propiedad horizontal, el café o el peso colombiano, la maldad también se ha devaluado.

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Los malos ya no lo son del todo, tienen matices,  hasta llegan a hacer incluso cosas buenas. Peor cuando aparte de todo son elocuentes y persuasivos, como Al Pacino, que con esta labia se la puso bien difícil a Keanu Reeves para seguir el buen camino:

Déjame darte información confidencial sobre Dios. A él le gusta mirar… es un bromista. Piénsalo: Le da a los hombres instinto. Les da ese maravilloso don, y después, ¿Qué es lo que hace (lo juro para su propia diversión, su propio teatro privado)? Pone las normas en completa oposición. La mayor estupidez que ha existido: “Mira, pero no toques”; “Toca, pero no pruebes”; “Prueba, pero no tragues”… y mientras va uno saltando de un pie a otro, ¿qué es lo que él hace? Está allá arriba, el señor, muriéndose de la risa…

 

Yo creo que uno de los precursores literarios de este asunto de la relatividad de la maldad fue Víctor Hugo: Javert indiscutiblemente era el malo de Los Miserables, pero nunca rompió una ley en su vida, y hasta trabajaba de policía. Otros ejemplos más cercanos son los del Coronel Decker, de los magníficos, y las películas Blade Runner, El Fugitivo, o Pandillas de New York. Uno ya no sabe a quién hacerle fuerza en la peli, ni quién se va a ganar su merecido al final.

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Afortunadamente y como en todo, hay honrosas excepciones. Todavía existen algunos personajes con los que no hay pierde. Si esto fuera el “Índice de Maldad” del Dr. Stone, yo pondría de primero en la lista al presidente de USA. Por ese pobre parece que no da un peso ni la mujer. Donald Trump sería perfectamente el malo de una película de bajo presupuesto, en la que los héroes son unos cachorritos de labrador. Por ahí dicen que la clase política gringa está planeando aprovechar esa mala imagen de Trump, para echarle la culpa por el próximo colapso económico mundial. Ahí sí que va a ser un malo de antonomasia… ¡Tenete duro Darth Vader!

 

Más localmente, el último gran malo parece ser Óscar Iván Zuluaga. El mismo del hacker. El que decía que tenían que encochinar a su contrincante rápido, porque la campaña estaba encima. Zuluaga parece el villano de una película de vampiros. Ahora lo acusan de haberse dejado untar las manos con platica de contratos públicos, y su mentor, un experto en maldad relativa y en que le resbale todo lo que no le conviene, ha solicitado una investigación “rigurosa”. Estoy seguro que en una película o novela sobre el tema (sobre todo si la produce RCN), al final aparecería Uribe dándole una patada voladora a Zuluaga, en cámara lenta.

 

A pesar de criticarlo, yo también soy un multiplicador del relativismo. Lo digo porque sé que si me tocara el juicio final ahora mismo, no tengo muy claro si quedaría en el grupo de los salvados, o el de los que se van a quemar en la paila por toda la eternidad. Seguro que de ser condenado, me tocaría sufrir en el tercer círculo del infierno de Dante, que es el reservado para los comelones. Si me salvara, en cambio, no tengo muy claro dónde me pondrían. De pronto me harían lugar si el cielo tuviese (que lo dudo) un departamento de SPAM para hacerse bombo y reclutar gente, así como cuando alguien le dice a uno que “tiene una súper oportunidad de negocio, para trabajar independiente y desde la casa”. En ese hipotético departamento de mensajes no deseados del cielo, ahí sí, haciendo proselitismo sin que me lo pidan, yo sería el bueno de la película.

¿Y si Marty McFly no hubiera podido enamorar a su propia madre?

La teoría de la relatividad revolucionó lo que se tenía previamente concebido sobre cómo funcionan el espacio y el tiempo. De ser magnitudes independientes, pasaron a estar estrechamente relacionadas, gracias a los postulados de Einstein. El asunto del tiempo relativo lo explicaba Carl Sagan en Cosmos, con una representación de la paradoja de los dos gemelos. En dicha representación se muestra a los dos hermanos en un pueblito italiano. Uno de ellos sale a dar una vuelta en una moto que puede moverse a velocidades cercanas a la de la luz, mientras que el otro se queda esperando en un banco. Cuando el gemelo de la moto regresa del paseo, para él solo han pasado unos veinte minutos, pero mientras tanto su hermano ha vivido más de 80 años.

 

La relatividad general predice que el tiempo será relativo dependiendo de la velocidad con la que nos movemos. Este fenómeno se ha logrado comprobar experimentalmente con relojes de precisión atómica, y es la razón por la cual, gracias a la rotación de la tierra, nuestros pies son una fracción infinitesimal de segundo más viejos que nuestra cabeza. A velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo prácticamente se detiene. Esta última idea ha encendido la imaginación de muchas mentes inquietas: Si es posible detener el tiempo, ¿no será posible también revertirlo?

 

La relatividad de Einstein demostró que todos somos viajeros en el tiempo. Vamos moviéndonos hacia el futuro a diferentes velocidades (lo más normal sería a 60 segundos por minuto, pero si Usted se mueve suficientemente rápido, puede ralentizar ese valor). El viaje al pasado, sin embargo, es bastante más truculento. Para tratar empezar a esbozar el problema, baste decir que la misma teoría de la relatividad prohíbe que cualquier cosa, o incluso la información, viaje a una velocidad superior a la de la luz. Hay puntos del espacio–tiempo, en el pasado y en el futuro, que jamás podremos visitar, debido al límite de la velocidad que podemos lograr en la práctica. El cono del tiempo es una superficie hipotética que delimita (de acuerdo a la restricción de la velocidad) los lugares del espacio tiempo que podemos visitar, y los que no podremos alcanzar nunca. Muchas de las estrellas que se ven de noche en la actualidad están por fuera de ese cono del tiempo, gracias al hecho que se están alejando continuamente de nosotros.

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Cono del tiempo (Fuente: Wikipedia).

Sin embargo, a pesar de lo problemático que parece, hay gente que se imagina formas de lograr esos viajes al pasado. Yo me atrevo a explicar dos conjeturas de las que he visto por ahí. La primera tiene que ver con un fenómeno hipotético que se llama agujeros de gusano. Einstein demostró que el tejido espacio–tiempo es curvo, por lo que podrían existir atajos entre puntos de dicho tejido que los conectan directamente. Esos atajos son precisamente los agujeros de gusano y pudiera ser que al salir de uno de ellos, un viajero llegase a un punto en tiempo pasado. La segunda propuesta tiene que ver con la gravedad: Ir muy rápido no es la única forma de ralentizar el tiempo. Una gravedad extrema puede provocar el mismo efecto, tal y como mostraban en la película Interestelar. Así que se especula que los agujeros negros (donde la magnitud de la gravedad tiende a infinito) pueden servir para viajar al pasado.

 

Hay otra pregunta que es quizás más interesante para mí, y es por la que le di el título a la presente entrada: Si los viajes al pasado son posibles, ¿qué nos pasará en uno de ellos? En poco más de un siglo han corrido ríos de tinta (de la real y de la virtual) con especulaciones sobre lo que podría pasar en un hipotético viaje al pasado, y es que si el cómo es complicado, el viaje en sí mismo acarrea un montón de paradojas y contradicciones. La más famosa quizás es la del abuelo, en la que un viajero imprudente va al pasado y mata a su propio ancestro. La línea de tiempo implicaría que el propio viajero nunca habría podido ser concebido, ya que su antepasado fue asesinado antes de dejar descendencia. Frente a estas extrañezas, me atrevo nuevamente a explicar dos teorías de las que andan por ahí.

Una primera teoría sobre lo que podría pasar en un viaje al pasado, es que todo está permitido (incluso matar a mi propio abuelo) gracias a la existencia de infinitos universos paralelos. Si nuestro universo fuera de dos dimensiones (como una hoja de papel) entonces la teoría de los universos paralelos implicaría que tenemos infinitas copias del mismo apiladas (como hojas en un libro). Esto no es tan descabellado como parece y estudios recientes desde la mecánica cuántica consideran muy en serio estas teorías. Por ejemplo, mediciones experimentales indirectas demuestran que hay materia en todo nuestro universo que parece generarse espontáneamente (de la nada) y que desaparece luego de un lapso de tiempo muy corto. Una de las explicaciones posibles que se le da a este fenómeno, es que dicha materia proviene de un universo paralelo y luego regresa a su universo de origen (en el ejemplo del “libro de universos”, imagínese la punta de un lápiz que entra a una de las hojas y luego vuelve a salir).

 

En este multiverso hay versiones diferentes por cada posible bifurcación de los hechos. Por ejemplo, hay una copia en la que el gato de Schrödinger está vivo, y otra en la que el animalito se murió. Hay un universo en el que mi abuelo vive y tuvo descendencia, y otra copia en la que murió de forma temprana. Así que un viaje en pasado implicaría simplemente un cambio al universo adecuado.  Esa es más o menos la idea detrás de la trama de “Volver al Futuro”, aunque habría que cambiarle el título, porque en realidad el Doc y Marty no se la pasan luchando por volver al futuro correcto, sino por mantenerse en su propio universo.

 

La segunda teoría dice que el universo se cubre las espaldas a sí mismo, e impide que una paradoja como la del abuelo siquiera pueda ocurrir. A mí esto se me parece a la restricción de la velocidad de la luz, y me suena mucho más lógico. En el asunto del viajero imprudente, algo evitaría siempre que el antepasado muera antes de generar descendencia, con lo que la contradicción quedaría zanjada antes de empezar. Este es el argumento detrás de “La máquina del tiempo”, de H. G. Wells, en donde un inventor construye la máquina para salvarle la vida a su novia, que muere joven en un accidente. El inventor viaja muchas veces al pasado intentando proteger a su novia, pero el resultado siempre es que ella muere en la misma fecha y a la misma hora. Por medio de un interlocutor improbable (el jefe de los Morlock) el inventor se da cuenta que de haber podido salvar a su novia, se habrían casado, y la máquina del tiempo no hubiera podido ser inventada, generando una paradoja.

 

En un universo que hace respetar su propia coherencia, Marty McFly no habría podido siquiera conocer a sus padres, mucho menos influenciar su vida futura. Siempre ocurriría algo que impida cualquier tipo de inconsistencia o contradicción. Si el viaje al pasado es posible, esta teoría asegura que se evitará cualquier inconsistencia en el espacio–tiempo.