Esto no es agua

David Foster Wallace es un escritor gringo, del que en cierto momento se dijo que era como el Hemingway de esta generación. Los libros de Foster Wallace son súper densos. Yo conozco “La broma infinita”, que tiene la bobadita de 1200 páginas, pero el hombre también tiene algunos textos más digeribles, de los cuales quizás el más conocido sea “Esto es agua”. Se trata de un discurso de grado que lo invitaron a dar en una universidad y que luego se volvió viral, al punto que le han hecho videos y recreaciones en todas partes.

 

Hace ya varios años que acostumbro enviarles el texto de Wallace a mis estudiantes cuando se gradúan, pero este año me dio por hacer algo distinto. He querido como reescribir e interpretar algunos de los puntos más importantes del discurso. Yo soy el primero en decir que las palabras “reescribir” e “interpretar” son muy mal vistas en el ambiente académico, pero dejo claro desde el principio que la intención en este caso no es salir en hombros de ninguna parte, o ganarme indulgencias con rosario ajeno. La idea es que este texto sirva como una palabra de ánimo, felicitaciones y despedida a las personas que he acompañado en su formación profesional. En cierta forma el paso por la Universidad es como un proceso de vida: Uno ve cómo las personas maduran, crecen, y se vuelven independientes. Finalmente toca dejarlas ir para que enfrenten el mundo.

 

En todo caso, si a alguno de los destinatarios de este mensaje le da pereza seguir leyendo a partir de este momento, creo que el resumen ejecutivo sería: Felicidades por este paso, mucha suerte, y no se olviden que se puede ser un profesional competente y una buena persona al mismo tiempo.

 

Casi todos los discursos y mensajes de grado tienen alguna historia aparentemente simple, que esconde una verdad profunda y reveladora, una vez se analiza con cuidado. Foster Wallace cuenta la historia de dos peces jóvenes que se encuentran en su camino con un pez viejo. El viejo los saluda y les dice: “Hola muchachos, ¿cómo está el agua?” Los dos peces jóvenes siguen sin decirse nada hasta que uno de ellos no aguanta y le pregunta al otro: “¿Y qué es eso del agua?”.

 

Uno podría interpretar que los peces jóvenes son los graduandos y que el pez viejo es el que da el discurso, que por viejo es mucho más sabio y tiene mucho que enseñar. Casi siempre para estos mensajes de grado invitan a personajes notables, reconocidos, y que han logrado cierta importancia en el entorno en el que se mueven (por acá empezamos perdiendo). Se supone que este personaje importante es el pez viejo, que ve y conoce lo que los otros no ven y resulta obvio: El agua. Yo ya llevo bastante tiempo posando de dador de conocimiento con los graduandos como para seguir en ese plan, y creo que a la historia se le puede dar una interpretación diferente.

 

Para los peces y para todos los demás seres el agua es la vida. Dicen que una persona puede sobrevivir hasta cincuenta días sin alimento, pero no más de tres días sin agua. El agua en la historia se podría interpretar como esas cosas vitales, indispensables, que por simples y cotidianas no se ven. Todas las personas tenemos metas y aspiraciones, pero a veces nos concentramos tanto en el fin, que nos olvidamos del camino: Dejamos que el árbol nos tape el bosque. La meta es importante, conseguir un grado es importante, pero también lo es (quizás hasta más) el recorrido.

 

Y cuando digo recorrido no estoy hablando solamente de las cuestiones meramente académicas, como las competencias, las habilidades y los conocimientos: Estoy hablando también de aprender a ser humano. Cada vez más empresas se preocupan por contratar gente con ciertas habilidades humanas y sociales que hagan más llevadero el ambiente laboral, y más fácil la coexistencia y el trabajo en equipo. Rara vez el desempeño de una empresa es asunto de una sola persona, así como no es asunto de uno solo salvar al mundo. Entender que el camino se recorre entre varios, y que ese caminar juntos es muy importante para poder enfrentar la vida, es lo que a mi juicio representa el agua en la historia de los peces.

 

Los peces jóvenes están tan orientados a la meta, al resultado, que no ven el agua. El camino y quienes los acompañan se vuelven transparentes, parte del paisaje. Y aquí viene la segunda idea que rescato del discurso de Foster Wallace. Hay que aprender a estar consciente. Muchas religiones y filosofías dicen esto mismo de diferentes maneras. Las metas y las aspiraciones son elementos del futuro. Si uno se esfuerza llegarán en algún momento, pero no están aquí todavía. Igualmente, los errores y logros alcanzados, hacen parte del pasado. Casi siempre estamos en el pasado (recordando los errores o días mejores) o en el futuro (anticipando lo que viene, bueno o malo), y por eso no somos conscientes del ahora. Claramente si uno no tiene en cuenta las embarradas previas está condenado a repetirlas, y no tener una meta clara es lo mismo que no ir para ninguna parte, pero disfrutar el camino, el ahora, ser consciente y sacar provecho del presente, es igual de importante.

 

Como muchos otros, Wallace reconoce que lograr ese nivel de consciencia no es fácil. Se necesita práctica y disposición. No es una habilidad que llegue porque sí. Pero cuando se consigue, uno llega a entender lo importante que son los demás en las conquistas propias. Nadie logrará nada en este mundo absolutamente solo. Hay cosas que a uno le parecen insignificantes, pero que tienen un gran impacto en los demás. Darse cuenta que un gesto o una actitud simple, puede cambiarle el rumbo a la vida de alguien es una experiencia invaluable. Como profe yo he tenido la fortuna de experimentar esto varias veces.

 

Y aquí viene la última idea: El nivel de satisfacción personal que se logra al valorar el camino y a quienes nos acompañan. Aquellos que son esclavos del pasado y de la anticipación experimentan momentos esporádicos de alegría. Siempre que se consigue una meta está la siguiente esperando para empezar la carrera otra vez. Cualquier logro es puntual en la vida, y por lo tanto efímero. Es como el niño que anticipa y desea todo el año su regalo de navidad. Cuando lo recibe, la felicidad le dura poco antes de antojarse por el regalo del año siguiente. Para quienes logran disfrutar el camino, la felicidad es permanente. Si se logra la consciencia del ahora, de los que caminan a nuestro lado, toda la experiencia, no solo la meta, se vuelve motivo de felicidad. Y si llegase a pasar que la meta no se consigue, nadie puede quitarnos lo bailado. Es un negocio redondo: Satisfacción garantizada.

 

Muchas felicidades a todos. Recuerden que el “fueron felices para siempre” no es el final, sino el comienzo de la historia. Les deseo un resto de vida lleno de satisfacciones, de logros y metas, de caminos retadores y de acompañantes interesantes y valiosos.

 

 

 

 

 

La semana que no alcanza, las tradiciones y los mitos

Otra semana santa que se acaba, y yo sin poder lograr todo el recogimiento y la congoja espiritual que tenía pensados. Debería ser una quincena santa o un mes santo, pero bueno. Al menos hubo algunos que sí pudieron cumplir sus expectativas: Las romerías de cristianos comprometidos que se fueron de playa, de shopping, o de beba esta semana, porque es que además jugaba la selección.

 

Otros que seguramente han quedado satisfechos (en la mejor acepción de la palabra) son los sádicos, masoquistas y voyeristas que disfrutan de las exhibiciones y flagelaciones de semana santa, que para más inri, son públicas. Yo creo que ese tema no ha sido apropiadamente estudiado. ¿Qué le pasa por la mente a un sado masoquista cuando ve a los nazarenos de semana santa dándose rejo en la espalda? Los que se crucificaron por estos días, ¿lo hicieron por gusto? ¿Qué siente un partidario del Ku Klux Klan cuando ve una procesión española tradicional?

123655943_925e45cad6[1]

La semana santa de este año además es motivo de celebración para muchos. Este año canonizan a Sor Teresa de Calcuta. Doña teresa era de Europa Oriental y viajó a la India a promover los ideales cristianos: No les daba medicina o tratamiento adecuado a los que llegaban a sus hospitales, porque pensaba que el sufrimiento era una forma de acercarse a Dios. Comulgaba (nuevamente esta palabra me quedó muy bien puesta) con dictadores brutales como Duvalier en Haití y Hoxha de Albania, y tenía unos manejos financieros muy recursivos. Pero a pesar de todas estas suspicacias, el papa de aquel entonces, Karol Wojtyla, la beatificó prácticamente recién caída al sepulcro, sin mayores miramientos. El propio Wojtyla está en cola para volverse santo, a pesar de su encubrimiento de pederastras tan ilustres con el cura Marcial Maciel en México, o los violadores que destaparon en Estados Unidos y de los que hicieron la película que ganó el Óscar este año.  A nivel más local, los colombianos de bien esperamos ansiosos la beatificación del obispo antioqueño Miguel Ángel Builes, quien era partidario de “la violencia”, que viene a ser algo así como la institucionalización del asesinato por razones políticas. No sobra decir que Builes además era misógino y detestaba cualquier forma de expresión artística que no fuera católica.

 

Pero a pesar de toda esta felicidad, recogimiento, satisfacción y anticipación, todavía habemos algunos a los que no nos termina de cuadrar caja con la semana santa. Los españoles, que son unos loquillos, tenían algunas tradiciones muy peculiares para rematar esta magna celebración. En Salamanca por ejemplo se celebra El Lunes de Aguas, que ocurre en las pascuas desde hace varios siglos. En tiempos del rey católico Felipe II, Salamanca era la cuidad más piadosa y rezandera de Europa, y tal como ocurría con Nápoles, cuidad a la que le quitó ese honor, coincidencialmente Salamanca también tenía los mejores y más variados prostíbulos del continente. En el siglo XVI Felipe decretó que las prostitutas salieran de la ciudad santa, al menos durante la cuaresma, para poder celebrar su matrimonio. Las meretrices no se fueron muy lejos, ya que se asentaron temporalmente al otro lado del río Duero.

lunesaguas6-52_g[1]

Para hacer el cuento corto, se volvió costumbre que cada lunes de pascua estas muchachas de vida alegre atravesaran el río para regresar a la ciudad, ya que los curas y demás piadosos habían estado en abstinencia durante más de cuarenta días. El ímpetu y la anticipación luego del recogimiento santo era tal, que prácticamente no las dejaban tocar tierra y se armaba una orgía pública en pleno río. Lastimosamente el espíritu de la celebración se fue perdiendo con los años. Ya no hay meretrices, ni orgías, pero sigue habiendo muchos católicos incautos que se van al río a celebrar la fiesta sin tener muy claro su sórdido origen. Moraleja para los que celebran sin saber bien qué es lo que están celebrando. La propia pascua por ejemplo, es una fiesta pagana, que la institución católica acomodó convenientemente para aglomerar inocentes, pero que es tan santa como el conejo y los huevos de chocolate.

 

Ahora que si el Lunes de Aguas se volviera festivo, yo no tendría problemas en celebrarlo tampoco. Al fin y al cabo para el recogimiento y la introspección santa, cualquier tiempo es poco.

 

 

 

 

 

 

 

Fallida historia de unas pastillas para mejorar el rendimiento

7703153023843[1]

La siguiente historia es verídica, aunque por razones que serán obvias más adelante, se ha decidido mantener la identidad de su protagonista en secreto. Habría que empezar diciendo que un error lo comete cualquiera, y más cuando se está en la oscuridad de la madrugada y sin gafas. Una caja de pastillas que apareció de la nada, un nombre en la caja llamativo y similar al de cierto producto famoso por mejorar el desempeño amatorio de los hombres, y otro ingrediente que no ha sido justamente considerado en todas las tragedias humanas: La esperanza. Freud hablaba de los actos fallidos para referirse a los sabotajes que nuestro propio yo inconsciente nos hace, porque en el fondo nuestra situación consciente no nos agrada. ¿Acaso no se podría considerar al subconsciente en el sentido totalmente contrario? ¿No será posible que la esperanza nos lleve a cometer errores orientados a reforzar nuestros deseos y anhelos inconscientes?

 

El protagonista de esta historia parece ser un ejemplo de esta última situación. A este pobre hombre de edad mediana lo confundieron las circunstancias y lo animaron las expectativas. Eventualmente en escenarios similares el propio convencimiento hace milagros y el resultado se refuerza a sí mismo, logrando las consecuencias esperadas, muy a pesar de que el compuesto ingerido no tenga en teoría ninguno de dichos efectos. Es lo que los psicólogos llaman efecto placebo y es la misma razón por la que las abuelas decían que a la pasta había que ayudarle con la fe, e incluso instaban a echarse la bendición a la hora de la toma.

 

Pero a nuestro protagonista anónimo no le fue tan bien. A pesar de las expectativas tan altas, emocional y geométricamente, la pastilla ingerida no fue efectiva en el sentido esperado. Esa madrugada pasó más bien al acervo de lo corriente. No hubo muestras espectaculares y sobrehumanas de desempeño en la cama. No hubo elogios o alusiones a días pasados, en los que la mera juventud se valía por sí misma para lograr los niveles de satisfacción ya olvidados. De hecho, la pareja de nuestro amigo ni siquiera llegó a despertarse esa madrugada de subconscientes con esperanza y ojos miopes leyendo en la oscuridad.

 

Al otro día, vapuleado por el peso inexorable de la realidad, nuestro secreto protagonista habría de enterarse de los verdaderos efectos de la pastillita que le había quitado el sueño la madrugada anterior. La ingestión, que se había hecho con más buena fe que sentido común, ahora traía consecuencias variadas en el rango que va desde las taquicardias, hasta los dolores intensos de cabeza, las náuseas y la diarrea. Un coctel de esas cosas que cuando vienen de a una, ya son intolerables, y que se refuerzan por el hecho de tener que ir a trabajar.

 

Preocupado por tanta maluquera, nuestro desafortunado héroe decide hacer lo que debió haber hecho en primer lugar: Cuestionar a su pareja por la presencia de las pastillitas en el cuarto nupcial. La respuesta lo explica todo, pero no trae mayor consuelo: La esposa de nuestro infeliz protagonista había comprado las pastillas luego de leer un artículo, en el que se decía que con ellas se podía mejorar el rendimiento laboral (no el erótico) de una manera considerable. Como estos días ella había estado sometida a mucho estrés en el trabajo, había decidido probar el medicamento, pero lo había abandonado después de dos ingestas por considerarlo inocuo. Esa explicación justificaba de carambola por qué la madrugada anterior la esposa no había reaccionado a los fútiles intentos de su pareja por hacer de latin lover. Simplemente estaba muy cansada.

 

Según la biblia Pedro, el apóstol de Jesús, había dicho que lo seguiría hasta la muerte, y se negó a aceptar la predicción según la cual habría de negarlo tres veces ese mismo día. Muchas veces somos víctimas del contexto y terminamos involucrados en situaciones o actitudes que criticábamos en primer lugar. En el estereotipo de la pareja típica, el hombre siempre pide más intimidad de la que su pareja está dispuesta a ofrecer, y de hecho muchos hombres se quejan de esta situación aduciendo que las excusas que reciben son falsas y de cajón. La esposa de nuestro desdichado se animó al escuchar la historia de su marido sobre las pastillitas mal puestas en la mesa de noche. Por eso llegó dispuesta a las faenas de antaño y a resarcir con sexo su narcolepsia de la noche pasada. La respuesta del esposo los sorprendió a los dos: “Esta noche no, me duele mucho la cabeza”.