Déjeme Usted trabajar

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¿Quién de los que ahora tiene treinta y pico no vio la serie “Tentaciones”? Para los que como yo estaban en ese momento con las hormonas alborotadas y llenos de barros, ver a Nórida Rodríguez en traje de diablita haciendo contorsiones, era motivo suficiente para pegarse a la TV todos los días a eso de las 6:00 pm. Pero el programa tenía varios ingredientes buenos, aparte de Nórida. Uno definitivamente era la música: Se podía oír a los Stones, Led Zeppelin, AC/DC, The Who, Soda Estéreo o los Enanitos Verdes. La otra cosa, quizás más profunda y oculta para un adolescente calenturiento con barros, es la lucha eterna entre el bien y el mal.

 

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Esa lucha ha sido representada durante miles de años en relatos, pinturas, y otras formas artísticas, filosóficas y religiosas. Convenientemente, muchas de estas representaciones ponen al bien y al mal como externos: El ángel y el diablo que nos hablan al oído. Tarde nos enteramos muchos que al bien y al mal no hay que buscarlos afuera, porque se vuelve uno víctima fácil de manipuladores e intermediarios dudosos. Además que decir que lo malo viene de afuera, es una forma fácil de escurrir el bulto cuando se comete una falta.

 

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Lo que está de moda es la introspección: Buscar el mal y el bien dentro de uno mismo. Cualquiera al que hoy en día se le aparece un espanto a medianoche, sale más fácil a buscar un psicólogo que un exorcista o un brujo. Eso puede ser una buena seña de que estamos dejando atrás tiempos oscurantistas y supersticiones, aunque también algunos dirán que muestra nuestra decadencia, porque pretendemos solucionarlo todo con tratamientos y medicinas. En todo caso, nos toca enfrentarnos a nosotros mismos, como le pasó a  Luke Skywalker  en la caverna a la que lo llevó Yoda: Vernos con nuestros peores defectos y luchar contra ellos.

 

Personalmente, este viaje Jedi ha tenido sus frutos. Yo ya tengo identificado a mi demonio. Se llama Procrastinación. Triste nombre que no viene a existir en el idioma castellano y que termina siendo un anglicanismo. En la mitología católica el nombre de mi leviatán sería más sonoro y rimbombante: Bélfegor. Pero independientemente de nombres,  al procrastinador le cuesta enfrentar sus responsabilidades a tiempo y vive aplazándolo todo. Solo cuando la responsabilidad o el compromiso son ineludibles, viene a haber una respuesta activa y enérgica del pobre infeliz, tratando de cuadrarlo todo a última hora.

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Bélfegor

Eso puede ser muy tóxico en diferentes niveles. Se dejan de hacer muchas cosas admirables, el procrastinador se llena de estreses innecesarios y algunas veces las tareas no llegan a completarse. El ejemplo histórico más contundente de todas estas cosas es a mi juicio el del  Último Teorema de Fermat.  Fermat estaba leyendo una versión traducida del Arithmetica  de Diofanto e hizo una conjetura, de la que afirmó que tenía una demostración maravillosa, pero que no ponía porque no le cabía en el margen del libro. Más de trescientos años después nadie había dado con la dichosa demostración. Se necesitó de la invención del computador y varias tesis doctorales para que se cerrara del todo el asunto.

 

Pero quizás lo más triste es que de Bélfegor todos tenemos un poco. Todos nos la pasamos aplazando alguna cosa. No tiene que ser necesariamente una tarea o compromiso laboral. A veces se trata de tomar una decisión o de emprender un camino. Margaret Keane es una pintora gringa, cuyos retratos se caracterizan  por tener ojos bastante grandes. Juntando todas sus obras, se podría decir que son las que han producido mayores beneficios económicos en toda la historia reciente. Sin embargo, de todo ese dinero Margaret solo llegó a ver un poco, ya que buena parte de las obras fueron firmadas por su marido. Tim Burton hizo una película de la historia hace como un año. Doña Keane reconoce en su biografía que desde el primer momento que su esposo se atribuyó la autoría de sus retratos, ella se sintió muy incómoda con el asunto, y que se la pasaba aplazando el momento de enfrentarlo y reclamar sus derechos. El chistecito le tomó diez años, un divorcio, y un juicio muy cacareado en Estados Unidos.

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De modo que procrastinar es muy malo, y todos lo hacemos en mayor o menor medida. El internet y las redes sociales no ayudan mucho. Nos hemos vuelto como ese niño que pide atención con grosería, y que cuando la recibe, se vuelve más necio. Sin ánimo de escurrir el bulto en entes ajenos, como buen exorcista, si me permito hacer notar que leyendo este texto, Usted, amigo, está contribuyendo con mi mal. Así que déjeme trabajar por favor.

 

 

 

 

 

 

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