Laplace, Heisenberg y mis evaluaciones

Hay una corriente filosófica llamada Determinismo, en la que se sostiene que si uno sabe  las leyes naturales que rigen el universo, y es capaz de medir su estado actual, es capaz de predecir lo que va a ocurrir en el futuro, o de anticipar un momento pasado en el tiempo. Uno de los principales defensores del Determinismo era Pierre–Simón Laplace, quien es más conocido por su transformada, que hemos sufrido todos los que hemos pasado por una carrera de ingeniería.

Pierre-Simon-Laplace_(1749-1827)[1]

Laplace sostenía que el mundo funciona como un reloj, con movimientos precisos y predecibles, de acuerdo con una serie de reglas. Conocer al mismo tiempo las reglas con las que se mueven los mecanismos del reloj y el estado interno de los mismos, proporciona la capacidad de predecir lo que va a pasar en el futuro, o de establecer cómo estaban dichos mecanismos en cualquier momento pasado.  Para el Siglo XIX se consideraba el Determinismo como una verdad absoluta, en parte por el empujón que le había dado Newtón, al poder predecir las órbitas pasadas y futuras de los planetas con formulaciones matemáticas. Pero eso no iba a durar mucho más…

Había algunos problemas que la postura determinista no podía explicar. Irónicamente uno de dichos problemas era el de la órbita de Mercurio, que no se ajustaba completamente a lo predicho por Newton. Otro de dichos problemas fue resuelto por Albert Einstein empezando el Siglo XX, al explicar un fenómeno llamado el Efecto Fotoeléctrico. Este trabajo le habría de valer para ganarse el premio Nobel, y serviría para abrir una Caja de Pandora. Einstein habría de renegar luego del monstruo que él mismo había ayudado a crear, y que hoy en día se considera una teoría aceptada por la comunidad científica: El Principio de Incertidumbre.

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El nombre del padre de esta joya de la ciencia moderna inspiró a los libretistas de Breaking Bad para bautizar al traficante más famoso de metanfetaminas: Heisenberg. La siguiente gráfica aparece en todos los libros de física moderna, y describe el experimento ficticio que propuso Heisenberg para explicar el Principio de Incertidumbre.

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La cosa es más o menos como sigue. Hay que imaginar un partícula muy pequeña (por ejemplo, un electrón) a la que se le desea medir su posición. Para poder visualizar la partícula y establecer su posición, primero hay que verla, y esto no es posible si no se hace incidir luz sobre ella. Pero la luz incidente cambia la posición o la trayectoria de la partícula, de modo que la medición estaría afectada por el observador. En resumidas cuentas: No se puede medir nada en este universo con una precisión arbitraria, siempre medir algo afectará el objeto de la medida.

En el mundo determinista de Laplace esto equivale a que nunca nos será posible conocer con exactitud el estado de los engranajes del reloj, siempre habrá un error inevitable en nuestras medidas. Antes estos errores se atribuían a la mala precisión de nuestros instrumentos o a fallas en las teorías formuladas (se le echaba la culpa al científico), pero ahora se sabe que la incertidumbre es una cosa propia del proceso. Como ya se dijo, Einstein renegó de estas formulaciones y llegó a decir que “Dios no juega a los dados en el universo”.

En todo caso, para que la incertidumbre sea significativa, el fenómeno tiene que ocurrir a muy pequeña escala. Cuando las dimensiones de un experimento alcanzan medidas apreciables por los humanos de forma natural, la incertidumbre es imperceptible. A pesar de todo esto, el Principio de Incertidumbre se usa en muchas aplicaciones prácticas, incluyendo las telecomunicaciones, la microelectrónica y la seguridad de computadores.

Una de las conclusiones del experimento con el electrón de Heisenberg es que no se puede medir nada sin afectarlo. Y eso aplica para un amplio espectro de aplicaciones, incluida la docencia. Se supone que las evaluaciones sirven para medir el estado real de desarrollo de conocimiento de un estudiante, pero así como intuyen los propios estudiantes y pensamos muchos docentes, las evaluaciones están lejos de conseguir este objetivo. Hay una cantidad de discusiones interminables sobre cuál es el método de evaluación más efectivo, pero el problema empieza perdido: Ninguno de los métodos sirve para medir de forma precisa lo que se pretende.

Muchos terminamos sacándole gusto a la situación. Yo he tenido evaluaciones que vale la pena enmarcar y exhibir. Hubo un examen en el que luego de un desarrollo matemático infructuoso, me pusieron un lacónico “no logic”, como queriendo transmitirme algo del estrés propio de no encontrar una respuesta cuando se tienen dos horas para hacerlo. También tuve algún chistoso que me dibujó las capas semiconductoras de un transistor en forma de buseta.

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El asunto de la evaluación funciona también en el sentido contrario. Cada semestre los profes recibimos evaluaciones por parte de los estudiantes y hay varias de ellas que también merecen aparecer en algún compendio. A mí me han dicho que he encontrado el remedio para el insomnio, y que seguro que arrullo a mis hijos para que se duerman dándoles una clase de Electrónica Análoga todas las noches. En esos momentos me siento como el electrón que describió Heisenberg en su experimento: Afectado por la evaluación…

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La verdad escrita en piedra

Hace unos años que Juanpa Santos juraba en un debate de candidatos que iba a escribir en piedra si lo elegían presidente, que no iba a crear más impuestos. Ahora que está sonando una nueva reforma tributaria, he recordado esas palabras tan consoladoras que Juanpa le dijo a Mockus, y en persona suya a todos los incuatos que estábamos viendo el debate. Lo que don Juanpa no sabía (o quizás sabía muy bien) es que hasta lo que está escrito en piedra se puede borrar. Si no que le pregunten al Faraón Akhenatón, al que prácticamente eliminaron de toda la historia oficial del antiguo Egipto (piedra incluida).

 

¿El pecado de Akhenatón? – Haber inventado el monoteísmo… Eso de tener un solo dios en la antigüedad estaba mal visto. En tiempos de los mártires cristianos en el Imperio Romano, había un chiste que decía que el cristianismo era tan miserable, que solo le alcanzaba para tener un dios. Pero Akhenatón (un visionario) decidió que eso de tener que estarle rezando a una deidad distinta para cada cosa (fertilidad, cosechas, fiestas, enfermedades, etc) era ridículo y poco eficiente. Era más conveniente contar con un solo dios  y llevarle todas las penas al mismo de una vez.

 

Pocas pistas tenían los antiguos de que las religiones del futuro (al menos las occidentales) iban a ser monoteístas. Si lo hubieran sabido a lo mejor no le hubieran hecho el feo al pobre Akhenatón (dicen que lo mataron) y hoy en día sería una figura prominente para la historia antigua. Actualmente hay más de dos mil millones de personas que profesan una religión monoteísta. Despegar a ese montón de dioses le dio un impulso fuerte al Judaísmo, al Cristianismo, y al Islam. Quizás nos hubiera ido mejor si los hubiéramos despegado a todos de una vez.

 

Dicen que de todas formas que el politeísmo siguió camuflado en varias religiones. Hay ejemplos concretos, como el del santoral católico o la santería del Caribe. Hablando del primer ejemplo, si una mujer católica quiere conseguir marido le debe rezar a San Antonio, los docentes deben rezar a San Benito, y los enfermos a San Pantaleón. Hasta los homosexuales tienen un dios camuflado en el santoral. Se trata de San Sebastián, un militar romano que se negó a abjurar del cristianismo y que fue torturado con flechas y luego decapitado.

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El relato de la tortura de San Sebastián se ajustaba perfectamente a lo que se esperaba de un santo en la época medieval. Se decía que cuando fue sometido a la lluvia de flechas, el mártir solo mostraba signos de paroxismo, de placer, ante lo que era su encuentro inminente con el creador. Igual que Santa Teresa, que sentía el “gozo y el dolor simultáneo que le producía la lanza del señor atravesando su pecho”. Leyendo estas cosas uno se pregunta cuántos santos no habrán sido masoquistas (en el sentido clínico) sin diagnosticar. En todo caso, y a pesar de la constelación de santos católicos, se le considera una religión de un solo dios.

 

Una de las ventajas del monoteísmo es que el odio puede concentrarse con mayor eficacia. Las deidades griegas y las de la Antigua Roma lograron convivir precisamente porque eran muchas y además porque los segundos copiaron a los primeros. Por ejemplo: El dios griego para el vino y la parranda era Dionisio, mientras que la versión romana era Baco (de allí viene la palabra “bacanal” y me atrevo decir lo mismo de la palabra “bacano”). Pero cuando en vez de ser muchos dioses toca defender a uno solo, uno puede ponerse intransigente, discriminador, radical y violento. La historia de los últimos tres milenios sirve de ilustración suficiente.

 

Es una costumbre común en las sociedades humanas: Asociar lo que se ama (y lo que se odia) con un color, un dios, un partido, una nacionalidad. La otra costumbre, no menos prominente, es la de querer convertir o desaparecer a todo el que no comparta las creencias o los gustos propios. Por acá en América nos sabemos ese libreto como el abecedario. Los conquistadores europeos llegaron con una cruz en una mano y una espada en la otra.

 

Desde los días de la conquista americana, la cosa lejos de calmarse se ha radicalizado. El viernes pasado un tipo se metió a una discoteca y fumigó con plomo todo lo que se moviera. Los cincuenta muertos que hubo le valen doble puntaje al perpetrador: Eran Gais, eran gringos (latinos, pero gringos) y no eran musulmanes. Carambola a tres bandas.

 

Despertó otra vez el debate por el porte de armas en Estados Unidos. Hay quienes dicen que si las víctimas hubieran estado armados el asesino no habría podido matar tantos (si, uno de ellos fue Donald Trump), pero me parece que se está obviando una cosa clave: Las armas matan, pero es más peligroso el odio. Si no hubiera forma de conseguir fusiles, seguro que uno de estos que se llaman a sí mismos creyentes o piadosos se inventarían otra forma de matar a los que no piensan como ellos. A manera de ilustración: No hace mucho que en la propia USA mataron un poco de gente con aviones.

 

Muchas religiones (particularmente las monoteístas) presumen de poseer la verdad absoluta y por eso se endilgan el derecho de tomar acciones correctivas en contra de los demás. Si uno mira la historia de estas religiones, encuentra que su supuesta verdad escrita en piedra, cambia con una frecuencia que uno no esperaría de alguien que se siente capaz de salir a matar a otro por sus creencias. Hace dos mil años todo el mundo sabía que la tierra era el centro del universo. Hace 600 años todo el mundo sabía que la tierra era plana. Si de pronto tenemos suerte dentro de otro par de miles de años ya nos habremos deshecho del último dios que nos queda. O de pronto ya nos habremos matado entre nosotros. Tocará esperar.