La verdad escrita en piedra

Hace unos años que Juanpa Santos juraba en un debate de candidatos que iba a escribir en piedra si lo elegían presidente, que no iba a crear más impuestos. Ahora que está sonando una nueva reforma tributaria, he recordado esas palabras tan consoladoras que Juanpa le dijo a Mockus, y en persona suya a todos los incuatos que estábamos viendo el debate. Lo que don Juanpa no sabía (o quizás sabía muy bien) es que hasta lo que está escrito en piedra se puede borrar. Si no que le pregunten al Faraón Akhenatón, al que prácticamente eliminaron de toda la historia oficial del antiguo Egipto (piedra incluida).

 

¿El pecado de Akhenatón? – Haber inventado el monoteísmo… Eso de tener un solo dios en la antigüedad estaba mal visto. En tiempos de los mártires cristianos en el Imperio Romano, había un chiste que decía que el cristianismo era tan miserable, que solo le alcanzaba para tener un dios. Pero Akhenatón (un visionario) decidió que eso de tener que estarle rezando a una deidad distinta para cada cosa (fertilidad, cosechas, fiestas, enfermedades, etc) era ridículo y poco eficiente. Era más conveniente contar con un solo dios  y llevarle todas las penas al mismo de una vez.

 

Pocas pistas tenían los antiguos de que las religiones del futuro (al menos las occidentales) iban a ser monoteístas. Si lo hubieran sabido a lo mejor no le hubieran hecho el feo al pobre Akhenatón (dicen que lo mataron) y hoy en día sería una figura prominente para la historia antigua. Actualmente hay más de dos mil millones de personas que profesan una religión monoteísta. Despegar a ese montón de dioses le dio un impulso fuerte al Judaísmo, al Cristianismo, y al Islam. Quizás nos hubiera ido mejor si los hubiéramos despegado a todos de una vez.

 

Dicen que de todas formas que el politeísmo siguió camuflado en varias religiones. Hay ejemplos concretos, como el del santoral católico o la santería del Caribe. Hablando del primer ejemplo, si una mujer católica quiere conseguir marido le debe rezar a San Antonio, los docentes deben rezar a San Benito, y los enfermos a San Pantaleón. Hasta los homosexuales tienen un dios camuflado en el santoral. Se trata de San Sebastián, un militar romano que se negó a abjurar del cristianismo y que fue torturado con flechas y luego decapitado.

Andrea_Mantegna_-_St_Sebastian_-_WGA13974[1]

El relato de la tortura de San Sebastián se ajustaba perfectamente a lo que se esperaba de un santo en la época medieval. Se decía que cuando fue sometido a la lluvia de flechas, el mártir solo mostraba signos de paroxismo, de placer, ante lo que era su encuentro inminente con el creador. Igual que Santa Teresa, que sentía el “gozo y el dolor simultáneo que le producía la lanza del señor atravesando su pecho”. Leyendo estas cosas uno se pregunta cuántos santos no habrán sido masoquistas (en el sentido clínico) sin diagnosticar. En todo caso, y a pesar de la constelación de santos católicos, se le considera una religión de un solo dios.

 

Una de las ventajas del monoteísmo es que el odio puede concentrarse con mayor eficacia. Las deidades griegas y las de la Antigua Roma lograron convivir precisamente porque eran muchas y además porque los segundos copiaron a los primeros. Por ejemplo: El dios griego para el vino y la parranda era Dionisio, mientras que la versión romana era Baco (de allí viene la palabra “bacanal” y me atrevo decir lo mismo de la palabra “bacano”). Pero cuando en vez de ser muchos dioses toca defender a uno solo, uno puede ponerse intransigente, discriminador, radical y violento. La historia de los últimos tres milenios sirve de ilustración suficiente.

 

Es una costumbre común en las sociedades humanas: Asociar lo que se ama (y lo que se odia) con un color, un dios, un partido, una nacionalidad. La otra costumbre, no menos prominente, es la de querer convertir o desaparecer a todo el que no comparta las creencias o los gustos propios. Por acá en América nos sabemos ese libreto como el abecedario. Los conquistadores europeos llegaron con una cruz en una mano y una espada en la otra.

 

Desde los días de la conquista americana, la cosa lejos de calmarse se ha radicalizado. El viernes pasado un tipo se metió a una discoteca y fumigó con plomo todo lo que se moviera. Los cincuenta muertos que hubo le valen doble puntaje al perpetrador: Eran Gais, eran gringos (latinos, pero gringos) y no eran musulmanes. Carambola a tres bandas.

 

Despertó otra vez el debate por el porte de armas en Estados Unidos. Hay quienes dicen que si las víctimas hubieran estado armados el asesino no habría podido matar tantos (si, uno de ellos fue Donald Trump), pero me parece que se está obviando una cosa clave: Las armas matan, pero es más peligroso el odio. Si no hubiera forma de conseguir fusiles, seguro que uno de estos que se llaman a sí mismos creyentes o piadosos se inventarían otra forma de matar a los que no piensan como ellos. A manera de ilustración: No hace mucho que en la propia USA mataron un poco de gente con aviones.

 

Muchas religiones (particularmente las monoteístas) presumen de poseer la verdad absoluta y por eso se endilgan el derecho de tomar acciones correctivas en contra de los demás. Si uno mira la historia de estas religiones, encuentra que su supuesta verdad escrita en piedra, cambia con una frecuencia que uno no esperaría de alguien que se siente capaz de salir a matar a otro por sus creencias. Hace dos mil años todo el mundo sabía que la tierra era el centro del universo. Hace 600 años todo el mundo sabía que la tierra era plana. Si de pronto tenemos suerte dentro de otro par de miles de años ya nos habremos deshecho del último dios que nos queda. O de pronto ya nos habremos matado entre nosotros. Tocará esperar.

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