Bienvenido/a a mi vida perfecta

Muchas gracias por visitar mi perfil. Es Usted muy amable. No voy a pensar que viene Usted a fisgonearme la vida, o a novelear en donde he estado y con quien, ni voy a decir que las redes sociales son la versión moderna de la ventana de la casa que da a la calle, y por la que se puede escuchar  a los vecinos cuando se están cantando la tabla. No, no se trata de voyerismo. Usted ha venido a ver lo bien que la paso todos los días, y si es para algo así de positivo, no puedo quejarme.

 

Como podrá ver en las imágenes que he subido, soy muy feliz. Salgo cada fin de semana, ando en un carrazo, con la mejor ropa, mi mujer me adora y está que se pudre de lo buena que está. Mis niños son unos ángeles, tiernos y amorosos conmigo. Yo he perdido peso, todavía tengo pelo y soy hasta un poco coqueto. Lástima por aquellas que reclaman un pedazo de este filete, pero las cosas en mi matrimonio van súper bien. Notará Usted los manjares que me despacho cada rato. Quizás le parezca un poco pretensioso que le tome foto a mi plato, pero ya que está dándose cuenta de los perfectos que son mis días, tenía que incluir este detalle. Si la comida es para eso, para presumirla.

 

Tome nota de todos los lugares en que he estado. De lo profundos y filosóficos que son mis pensamientos. De todos los libros que he leído, de todos los autores a los que les conozco frases. Aprenda de mi postura política y de las ideas que apoyo, así ese apoyo no vaya más allá de darle like a la causa que esté de moda en un momento dado. Rece conmigo por aquel niño enfermo que necesita 10 mil likes para salvarse, o póngale un “amén” a mi último post, para demostrar que es Usted tan piadoso como yo. Observe mi vida perfecta.

 

No publico nada por presumir. Es más, yo sé que su vida es perfecta también. Así tiene que ser. Esa era la promesa que nos venía de la tecnología: Que algún día nos iba a resolver la vida a todos, que ya no habría vacío, malestar o tristeza. Estamos disfrutando de ese futuro que nos vendieron en el que nada puede salir mal. Hemos aprendido a mostrar las cosas tal y como son, y son perfectas a todo nivel.

 

No se olvide de las fotografías de su comida. A todos nos interesa verlas. No se olvide de estirar la trompa y mostrar pucheca para la foto. No se olvide de la selfi en cuanto lugar esté y con cuanto personaje se encuentre. No se olvide de la frase bonita, profunda, inteligente y mordaz. No se olvide de mostrar que a pesar de lo perfecto de su vida, Usted sigue siendo humilde y sencillo. No se olvide de criticar a personajes detestables y ensalzar a los ídolos de moda. No se olvide de publicar lo viral, y subirse en el carro de lo que es popular.

 

Finalmente regáleme sus likes, los necesito. Déjeme saber que Usted opina lo mismo que yo sobre mi vida perfecta. No se vaya a ir de mi perfil sin darme su aprobación, sin reconocer en mi vida virtual lo que es la felicidad y la excelencia.  Cualquier comentario o mensaje también será bienvenido. De pronto en algún futuro próximo nos veamos y le pueda agradecer personalmente. Eso, si alguno de los dos no está muy distraído tomándole fotos a un plato de comida.

Leyes apócrifas del Internet (y del mundo en general)

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En tiempos del “Epa Colombia”, de youtubers, y de otros demonios virales que desafían la lógica, hay un interés creciente por entender las dinámicas que dominan las nuevas formas de interacción social y virtual. Algunos ven en esto gran potencial para los negocios, la política o la manipulación de masas. Otros simplemente tenemos curiosidad o inclinaciones narcisas por llamar la atención. En todo caso, la forma en que las personas interactuamos ha cambiado radicalmente en las últimas décadas, al punto que parece haber una serie de reglas no escritas sobre la forma en la que se comporta nuestra sociedad. El siguiente es un intento por resumir algunas de dichas reglas, que fundamentalmente aparecen en las redes sociales, si bien algunas otras aplican a las organizaciones o a la sociedad en general.

 

Efecto Dunning–Kruger

Esto es lo que en psicología se llama un sesgo cognitivo, en el cual la gente menos hábil o con pocos conocimientos en algún tema, tiende a sobrevalorar su habilidad en dicho tema. Es una forma de delirio de superioridad en el que las personas se sienten más inteligentes, más hábiles, o mejor preparadas que el resto, sobreestimando sus capacidades más allá de la realidad. La parte menos conocida de este efecto, formulado originalmente por dos investigadores de la Universidad de Cornell, es que aquellos que sí tienen la habilidad, o las capacidades, o el conocimiento en cierto tema, tienden a infravalorarse a sí mismos, ya que para ellos la tarea a desarrollar es más simple y creen que cualquier otro podría desempeñarla. En resumidas cuentas (y esto lo sabe cualquier habitual de los millones de foros que hay en Internet), el efecto predice que los muy incompetentes tenderán a creerse mejores de lo que son, y los muy competentes tenderán a no confiar en sus propias capacidades.

 

 

Ley de controversia de Benford

La ley de controversia de Benford establece que la pasión asociada a una discusión (en un foro de Internet, por ejemplo) es inversamente proporcional a la cantidad de información real que se tiene sobre el tema. En otras palabras, una discusión levanta tanta pasión, como poca información veraz esté disponible al respecto. La formulación de esta ley se atribuye a Gregory Benford, en el año 1980, y se explica fácilmente del hecho de que cuando hay una cantidad suficiente de evidencia clara y explícita sobre un tema, no queda mucho espacio para una discusión aireada sobre el mismo. En cambio, cuando no se dispone de medios imparciales para emitir un juicio, la gente tiende a adoptar elementos subjetivos y emotivos para justificar su punto de vista, lo que hace que la discusión se torne más apasionada.

 

 

Efecto Streissand

Aquí la idea es que cuando existe un interés marcado y evidente de cierto personaje público o sector de la población por ocultar alguna información, dicha información termina teniendo más difusión de la esperada, o en términos modernos termina viralizándose. Hay muchos ejemplos de artistas y personajes públicos queriendo ocultar algún hecho o noticia vergonzosa, que terminan produciendo el resultado diametralmente opuesto. Aplica también para vergüenzas colectivas como las de la Iglesia Católica, los escándalos políticos o los secretos vergonzosos de muchos países.

 

 

Ley de Poe

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La ley formulada por Nathan Poe postula que no importa lo ilógica, o irracional, o ridícula que parezca una frase, si cuando se publica no se hace ver explícitamente que se trata de un chiste, siempre habrá alguien que se la tome en serio. Mejor dicho, hay que avisar que se va a decir algo en sentido figurado, porque si no aparecerá alguien que se lo tome de forma literal.

 

La regla 34

Esta es una regla muy conocida, que básicamente postula que en Internet existe una versión pornográfica para cualquier cosa imaginable.

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Ley de Godwin

Esta ley postula que cuando una discusión se alarga mucho, aumenta la probabilidad de que se mencione un tema sensible y controversial. En la formulación original Godwin nombraba como posibles temas controversiales y sensibles a los Nazis o a Hitler, pero es aplicable a cualquier otra cuestión. Por ejemplo, en los portales de noticias aquí en Colombia es casi regla sagrada que alguien mencione a Álvaro Uribe o a la guerrilla, en un foro sobre un tema que no tiene nada que ver.

 

 

Ley o paradoja de Peter

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Esta ley fue postulada por un catedrático de la Universidad del Sur de California, y establece que en una organización que está basada en la meritocracia, los ascensos sucesivos terminan convirtiendo a las personas en incompetentes. En otras palabras, en una organización o empresa que se basa en el mérito para promover a sus empleados, con el tiempo todos los puestos de trabajo tienden a ser ocupados por personas que son incompetentes para desempeñar su trabajo. La empresa funciona (el trabajo se hace) gracias a esas personas en la organización que todavía no han alcanzado su máximo nivel de incompetencia.

 

 

 

¿Pastilla roja, o pastilla azul?

La conciencia es una maldición, es un error del proceso evolutivo. Nos salimos del lote para darnos cuenta de nuestra propia situación y de la situación de los demás seres vivos, que nacen y mueren sin mayores tragedias. En ese eterno proceso de ensayar y ensayar alternativas nuevas para mejorar y hacernos más aptos, la naturaleza cometió un error,  y nos dio un regalo perverso: Conocimiento. Conocimiento del mundo al que llegamos, de lo crueles e injustos que son los actos que nos rodean, del daño que provocamos aquí y allá nada más por respirar, de los muertos, la violencia, los corazones rotos y los abusos que cargamos encima.

Y de la mano del conocimiento viene la angustia. Angustia por proyectar esta existencia, que según toda la evidencia disponible parece ser finita y única, en la promesa de una existencia posterior. Angustia por resarcirnos del desorden y el caos que creamos mientras vamos caminando, cuando sabemos bien que dicho desorden es irreversible e inmutable. Angustia por que se nos siga buscando, recordando, aún después que dicha existencia haya terminado.

El resultado lógico de la combinación entre conocimiento y angustia es el dolor o la indiferencia. Se puede llegar a ser muy sensible con nuestra situación en el mundo, o puede llegar a no importarnos nada. En todo caso, al final es lo mismo. Ser conscientes no nos salva de nada, pero sí acentúa la naturaleza de nuestra impotencia. Porque mucho peor que ser insignificantes es saber que lo somos, mucho peor que el daño que hacemos, es saber que lo hacemos, y ver cómo se desarrollan las consecuencias de nuestros actos.

Los hay optimistas que dicen que la conciencia nos ayuda a conocer la naturaleza de nuestro problema, para cambiar la realidad. Yo creo que nuestro mal es endógeno e inevitable. Seré un cobarde, pero ante las opciones del dolor y la indiferencia, de la conciencia y la ignorancia, yo preferiría no saber nada.

 

 

 

El futbolista que ganaba en un mes lo que un obrero en 400 años, y la rana que no saltó

Cuando Gregorio Samsa se levantó una mañana como cualquiera, no le dio la impresión que el mundo estuviera distinto. Le faltó algo de tiempo para darse cuenta que se había transformado en un insecto gigante, y en uno de los personajes más conocidos de Franz Kafka. Por ahí dicen que si uno tira una rana en agua hirviendo, la rana reaccionará y saltará afuera del agua de inmediato, pero que si uno la pone en agua fría y va aumentando la temperatura gradualmente, la rana morirá hervida, sin moverse de su sitio. Al pobre Samsa el mundo le cambió muy rápido y no le dio tiempo de reaccionar. Kafka lo sabía tan bien como cualquier aficionado a los realities: El trauma, el golpe, y la brusquedad venden.

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En lógica existe un principio que se llama dualidad, gracias al cual a partir de una afirmación dada, siempre se podrá obtener una aparentemente contraria, pero equivalente. Quizás me paso de revoluciones, pero gracias al ejemplo de la rana creo que la expresión dual para eso de que el golpe vende, es decir que un golpe bien suministrado ni siquiera pasa advertido. Eso se lo sabe como el abecedario cualquier político hábil: Toca crear situaciones en las que ciertas acciones, situaciones o decisiones, que afectan severamente a la gente, no parezcan tan graves. Noam Chomsky llama a esto la Ingeniería del Consenso, y advierte que el primer paso para lograr el éxito es cambiar el lenguaje. Para suavizar el golpe es necesario usar palabras que no sean chocantes o que provoquen reacciones contrarias. Ayer Timochenko decía que las FARC iban a suspender el cobro de impuestos a los colombianos, como gesto de buena fe en el proceso de paz. George Orwell también hace notar lo efectivo que es el cambio de lenguaje en 1984. En la novela cada dictador tenía un grupo de expertos destinados a redactar e incluso reescribir las noticias y los discursos, para poder manipular a la gente.

En todo caso, si uno no está adormecido como esa ranita a la que le van calentando el agua gradualmente, muchas de las noticias recientes le pueden parecer escandalosas. Afortunadamente para los que manejan el poder, nos tienen insensibles con tanto golpe bien dado. Ya no hay reacción, o por lo menos, no la hay para lo que realmente importa. Hace unos días veíamos al país conmovido por las lágrimas de un jugador de fútbol que no pudo ganar una copa. Yo solo hago notar que el que lloraba está tapado en euros y es famoso y exitoso. En Las 2 Orillas calculaban que a un obrero le tomaría cuatrocientos años de trabajo ganarse lo que este personaje produce en un solo mes.  Pero el que siente pesar por el otro es el obrero.

 

Hace un par de semanas el congreso iba a votar una ley contra el ausentismo en las sesiones, pero no se pudo porque nadie fue. A los días les subieron el sueldo. A Álvaro Uribe lo iban a condecorar en España por su “liderazgo y defensa de los derechos humanos”, hasta que un grupo de personas (europeos, no se asusten) protestó y reversó el premio.  Ejemplos de estas cachetadas bien dadas ve uno todos los días, pero con lo duro que tenemos el cuero, ya pocas cosas nos mueven. Ahí está el paro camionero que completa más del mes, la mermelada que JuanPa Santos se va a gastar en la paz, la reforma tributaria que se viene, lo de Ser Pilo Paga, la crisis de la salud y las EPS …

Viendo todas esas cosas uno termina pensando en la ranita aletargada del ejemplo y que ojalá hubiera alguien que le dijera que salte del agua y se salve. Cambiarle el final al cuento, edulcorar un poquito el desenlace. Kafka no se puso con sutilezas, ni suavizó su historia. La vida tampoco se pone con delicadezas.