Reflexiones sobre la utopía

Eduardo Galeano decía que la utopía vive en el horizonte. Que cada que uno se acerca dos pasos para tocarla, ella se aleja, y que en últimas para eso sirve, para avanzar. A la utopía por definición no la podrás alcanzar nunca, pero seguro que persiguiéndola se logran resultados interesantes. La cosa es que inalcanzable o no, ahí está, visible. Es como esa zanahoria que en las caricaturas le amarran con un palo por delante a la mula para que se mueva. O como las promesas de prestigio, belleza, bienestar, poder o dinero que hacen los que gestionan la publicidad. Comprando cierto producto X se logra la felicidad completa, o al menos te pareces más al ejecutivo triunfador o a la madre perfecta que sale en el comercial. Los publicistas se saben ese discurso como el abecedario, y lo explotan a discreción.

 

Pero más allá de los publicistas, hay unos magos que logran el mismo efecto sin mostrarle siquiera la zanahoria a la mula. Y logran tal nivel de convencimiento, que la mula se tira gustosa por un barranco, o se pone en contra de sus congéneres por la promesa de una zanahoria invisible. La utopía de estos genios de la manipulación ya no está en el horizonte, ni siquiera a la vista. Está más allá de lo que se alcanza a percibir. Y ver esta utopía sin verla, ser capaz de creer en ella, es coincidencialmente una de las virtudes más apetecibles para el rebaño (así le llaman a la recua de mulas). En este discurso de utopías incorpóreas, es dichoso aquel que es capaz de creer sin ver, o el que tiene fe como un grano de mostaza, porque es capaz de mover montañas.

 

La gran ventaja de poner el destino más allá del horizonte y oculto a la vista, es que la verdad se vuelve maleable, mutante. Se puede cambiar el discurso a conveniencia y sintonizarlo con el devenir del mundo. Hace mil años Dios había hecho nuestro planeta en el centro exacto del universo, hace quinientos años lo había hecho plano, hace doscientos el hombre había salido de una figurita de barro, hace cuarenta Dios había dispuesto que ciertos libros estaban prohibidos. Leyendo todo esto uno se pregunta sobre lo que dispondrá Dios mañana. Es como una novela de esas de misterio en donde no se sabe con qué sorpresa van a salir en cada momento.

 

Pero estar cambiando la verdad para hacerla consistente con los avances de la ciencia, o porque la zanahoria de turno se ha vuelto insostenible, tiene una desventaja enorme: Las contradicciones. Salman Rushdie se dio a la tarea de recolectar todas las contradicciones que aparecen en los libros sagrados del Cristianismo y del Islam, dos de las tres religiones abrahámicas del mundo y que abarcan en feligreses más de un tercio de la población mundial. Algunos imanes del Islam explicaban estas contradicciones diciendo que eran obra del mismísimo diablo, que intervenía para hacer quedar mal a su profeta, Mahoma. Es por eso que Rushdie decidió llamar a su libroLos Versos Satánicos. Para hacer el cuento corto, Rushdie no puede dar la cara hoy en día y lleva más de veinticinco años amenazado de muerte por musulmanes extremistas. Por el lado cristiano la cosa no ha sido más sutil. En la edad media uno no podía hablar de las contradicciones de la fe, sin que se le fuera prendiendo una hoguera debajo de los pies. El discurso cristiano es el del amor infinito siempre que estés de acuerdo con el dogma, en caso contrario a uno le podía ir como a Giacomo Bruno, o Lazaro Spallanzani, o Galileo.

 

La era digital ha permitido tener a la mano un montón de información y ahora es mucho más fácil contrastar y disponer de muchas de estas inconsistencias. Ahora los políticos y famosos se cuidan mucho de lo que dicen y publican en las redes sociales, porque saben que todo se puede volver en su contra en el futuro. Hay un proyecto que se ha dado a la tarea de recolectar en una única infografía todas las contradicciones de la biblia, que mal contadas superan las seiscientas. Cosas como si el divorcio es aceptable, o si Dios es fiel a su palabra, o incluso si es correcto ser feliz, tienen diferentes respuestas en la biblia, dependiendo de dónde se mire. Para la última cuestión, la de la felicidad, libros como el de los Proverbios o el Eclesiastés dicen que para las personas es bueno buscar el bienestar y la felicidad. Sin embargo, el mismo libro del Eclesiastés y los libros de Lucas, sostienen que el hombre ha venido al mundo a hacer luto, ayuno, y a padecer sufrimiento, y que de esta forma puede agradar a su Dios. Nadie cuestiona la habilidad de los que promulgan el dogma del sufrimiento: Aparte de ser invisible, la utopía promete una vida de privaciones e incomodidades, y aun así hay una recua siempre creciente de personas dispuestas a perseguirla.

 

El discreto encanto de no saber

Dicen que uno va madurando en la medida en que sus ídolos van desapareciendo. Algunos de esos ídolos se van por las buenas, cuando la fuerza de la edad nos muestra lo ridículo de nuestra veneración, y a algunos otros prácticamente toca matarlos, como hizo Nietzsche con el mismísimo Dios. En todo caso, otro de los signos de la madurez es tener claro lo que se quiere. Mi mamá dice que cuando uno no sabe para dónde va, cualquier bus le  sirve, y lo mismo aplica en escalas diferentes a la propia vida. Muchos hablan de la felicidad como el fin último de la existencia humana, de modo que la pregunta muta, porque ya sabemos lo que queremos. De hecho, la búsqueda de la felicidad está garantizada como derecho fundamental en la constitución de Estados Unidos, así que no debe ser ninguna bobada. Lo malo es que no hay consenso sobre cómo se logra la felicidad de forma permanente. Como quien dice: Yo les cuento cómo es el Polo Norte, y después que cada uno lo busque donde mejor le parezca.

 

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Aparte de decisiones más obvias como el dinero, el reconocimiento, la belleza o el poder, hay quienes han buscado su polo norte en el conocimiento. Yo también he recorrido esas aguas. Así como con McGiver o El Hechicero, estaba convencido que uno podía ir por la vida feliz sin nada más que sabiendo mucho de todo, y que aparte de ser feliz, le podía ayudar a los demás a serlo. McGiver, El Hechicero y otros ídolos parecidos se fueron más temprano que tarde, pero ya el daño estaba hecho, así que ya más grandecito decidí estudiar ingeniería.

 

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Cuentan que cuando en el cónclave católico eligieron papa a Inocencio VIII, el nuevo vicario de Dios en la tierra solo atinó a decir: ¡Ahora si voy a gozar! Yo con mi carrera de ingeniería pensaba: ¡Ahora si voy a saber! Pero ahora que me pasó la ingeniería por encima, además de  una maestría y un doctorado, puedo decir de primera mano que sigo en las mismas, o quizás peor. Con razón la frasesita de Sócrates. Se sabe un poco más de nada, lo que en la suma total equivale a saber menos. Y al final saber más tampoco contribuye a la felicidad, o por lo menos no a la felicidad que dura. Fausto se pasó la vida buscando el conocimiento, y cuando vio que su misión lo desbordaba, hizo un pacto con el diablo para poder seguir aprendiendo cosas y disfrutar de todos los placeres mundanos. Pobre pendejo: El pacto le supo a cacho (literalmente) el resto de su vida de inmortal.

 

A mí me gusta mucho la metáfora que hace Douglas Adams de todo este asunto, aunque sí reconozco que es una interpretación personal: Una civilización muy avanzada construye una computadora muy poderosa, para que encuentre la respuesta para la vida, el universo y todo lo que existe. Luego de mil años de cálculos y de espera, la súper computadora entrega el resultado: 42. Una respuesta precisa, concreta, fácil y totalmente inútil. Hay quienes dicen que lo que quería explicar Adams realmente era la paradoja de la tecnología. Sabrán más ellos…

 

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En todo caso, así como el 42 no ayuda en nada a responder la pregunta, el saber no nos hace más felices. Más bien tiende a agravar la situación, porque más grave que estar en la inmunda, es estarlo con conocimiento de causa.

 

Así que me he propuesto el camino de la ignorancia. Estoy coqueteándole a la herejía cada vez que como ingeniero contesto “no sé”, e incluso he arriesgado mi integridad personal contestándole lo mismo a mi mujer cuando me pregunta por las llaves o si estoy preocupado. No puedo asegurar que se es más feliz cuando se pasta en los campos de la ignorancia sapiente, pero sí puedo decir que por lo menos se está más tranquilo y que no se espera nada de nadie. Por eso, amigo lector, si Usted continúa al otro lado, del lado de los que saben para ser felices, le recomiendo la Wikipedia para Nietzsche, Inocencio, Douglas Adams, Fausto y McGiver.