Sobre la esclavitud voluntaria

 

Todos habremos visto la escena: Uno de los personajes de Matrix llenándose la boca con carne, que él mismo reconoce que es falsa, mientras sentencia que la ignorancia es felicidad. A él no le importa mucho que la carne sea solamente un conjunto de impulsos eléctricos que Matrix ha puesto en su cerebro, y reconoce que prefiere una felicidad simulada que conocer una realidad desoladora. En el fondo el asunto es ese: El hombre de la caverna de Platón, que la ha abandonado y conoce los detalles de su propia existencia, se lamenta por no haberse quedado quietesito de espaldas al fuego, disfrutando del calor y de no saber nada. O en el caso de la película, se lamenta por no haber tomado la pastilla azul.

 

La ignorancia es una prisión cómoda y como se ha mostrado, incluso deseable. Es de esas cosas que propician situaciones de esclavitud voluntaria. Como la madre que cuida y defiende al hijo calavera, o de la esposa maltratada que defiende al marido, o la población vapuleada que se empeña en elegir y perpetuar al mismo tirano. “Todos hemos sido el negro de alguien, alguna vez”, sentencia Matthew McConaughey en El Valiente (si, otra película), queriendo decir que todos hemos sufrido algún tipo de esclavitud. Habría que agregar que muchas veces nosotros mismos defendemos a nuestros opresores y nos forjamos las cadenas.

 

Mucho antes de la proclamación de los derechos humanos, de la resistencia pacífica de Ghandi y de las revoluciones en contra de las monarquías y los imperios en todo el mundo, un francesito de nombre Étienne de La Boétie, ya había sentado las bases de lo que implica la servidumbre voluntaria. Aunque entristece un poco, la humanidad parece tener una tendencia natural a forjar su propio yugo, y la historia nos brinda ejemplos suficientes y desesperanzadores: Monarquías, feudalismo, religión, nepotismo, corrupción política, fanatismos. No extraña entonces ver a grupos de personas felices feriando su futuro en nombre de un partido, o de un político, o de un dogma.

 

Toca entonces de mala gana tomarse la pastilla roja y rechazar el sitio en la caverna de espaldas al fuego. Toca rehusar toda forma de fanatismo, o de tiranía, o de servidumbre voluntaria. Toca buscar y esperar la verdad, aunque no se logre nunca, y aunque encontrarla implique incomodidad y desasosiego. Toca asumir lo que somos y cómo somos.

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