¿Y si Marty McFly no hubiera podido enamorar a su propia madre?

La teoría de la relatividad revolucionó lo que se tenía previamente concebido sobre cómo funcionan el espacio y el tiempo. De ser magnitudes independientes, pasaron a estar estrechamente relacionadas, gracias a los postulados de Einstein. El asunto del tiempo relativo lo explicaba Carl Sagan en Cosmos, con una representación de la paradoja de los dos gemelos. En dicha representación se muestra a los dos hermanos en un pueblito italiano. Uno de ellos sale a dar una vuelta en una moto que puede moverse a velocidades cercanas a la de la luz, mientras que el otro se queda esperando en un banco. Cuando el gemelo de la moto regresa del paseo, para él solo han pasado unos veinte minutos, pero mientras tanto su hermano ha vivido más de 80 años.

 

La relatividad general predice que el tiempo será relativo dependiendo de la velocidad con la que nos movemos. Este fenómeno se ha logrado comprobar experimentalmente con relojes de precisión atómica, y es la razón por la cual, gracias a la rotación de la tierra, nuestros pies son una fracción infinitesimal de segundo más viejos que nuestra cabeza. A velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo prácticamente se detiene. Esta última idea ha encendido la imaginación de muchas mentes inquietas: Si es posible detener el tiempo, ¿no será posible también revertirlo?

 

La relatividad de Einstein demostró que todos somos viajeros en el tiempo. Vamos moviéndonos hacia el futuro a diferentes velocidades (lo más normal sería a 60 segundos por minuto, pero si Usted se mueve suficientemente rápido, puede ralentizar ese valor). El viaje al pasado, sin embargo, es bastante más truculento. Para tratar empezar a esbozar el problema, baste decir que la misma teoría de la relatividad prohíbe que cualquier cosa, o incluso la información, viaje a una velocidad superior a la de la luz. Hay puntos del espacio–tiempo, en el pasado y en el futuro, que jamás podremos visitar, debido al límite de la velocidad que podemos lograr en la práctica. El cono del tiempo es una superficie hipotética que delimita (de acuerdo a la restricción de la velocidad) los lugares del espacio tiempo que podemos visitar, y los que no podremos alcanzar nunca. Muchas de las estrellas que se ven de noche en la actualidad están por fuera de ese cono del tiempo, gracias al hecho que se están alejando continuamente de nosotros.

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Cono del tiempo (Fuente: Wikipedia).

Sin embargo, a pesar de lo problemático que parece, hay gente que se imagina formas de lograr esos viajes al pasado. Yo me atrevo a explicar dos conjeturas de las que he visto por ahí. La primera tiene que ver con un fenómeno hipotético que se llama agujeros de gusano. Einstein demostró que el tejido espacio–tiempo es curvo, por lo que podrían existir atajos entre puntos de dicho tejido que los conectan directamente. Esos atajos son precisamente los agujeros de gusano y pudiera ser que al salir de uno de ellos, un viajero llegase a un punto en tiempo pasado. La segunda propuesta tiene que ver con la gravedad: Ir muy rápido no es la única forma de ralentizar el tiempo. Una gravedad extrema puede provocar el mismo efecto, tal y como mostraban en la película Interestelar. Así que se especula que los agujeros negros (donde la magnitud de la gravedad tiende a infinito) pueden servir para viajar al pasado.

 

Hay otra pregunta que es quizás más interesante para mí, y es por la que le di el título a la presente entrada: Si los viajes al pasado son posibles, ¿qué nos pasará en uno de ellos? En poco más de un siglo han corrido ríos de tinta (de la real y de la virtual) con especulaciones sobre lo que podría pasar en un hipotético viaje al pasado, y es que si el cómo es complicado, el viaje en sí mismo acarrea un montón de paradojas y contradicciones. La más famosa quizás es la del abuelo, en la que un viajero imprudente va al pasado y mata a su propio ancestro. La línea de tiempo implicaría que el propio viajero nunca habría podido ser concebido, ya que su antepasado fue asesinado antes de dejar descendencia. Frente a estas extrañezas, me atrevo nuevamente a explicar dos teorías de las que andan por ahí.

Una primera teoría sobre lo que podría pasar en un viaje al pasado, es que todo está permitido (incluso matar a mi propio abuelo) gracias a la existencia de infinitos universos paralelos. Si nuestro universo fuera de dos dimensiones (como una hoja de papel) entonces la teoría de los universos paralelos implicaría que tenemos infinitas copias del mismo apiladas (como hojas en un libro). Esto no es tan descabellado como parece y estudios recientes desde la mecánica cuántica consideran muy en serio estas teorías. Por ejemplo, mediciones experimentales indirectas demuestran que hay materia en todo nuestro universo que parece generarse espontáneamente (de la nada) y que desaparece luego de un lapso de tiempo muy corto. Una de las explicaciones posibles que se le da a este fenómeno, es que dicha materia proviene de un universo paralelo y luego regresa a su universo de origen (en el ejemplo del “libro de universos”, imagínese la punta de un lápiz que entra a una de las hojas y luego vuelve a salir).

 

En este multiverso hay versiones diferentes por cada posible bifurcación de los hechos. Por ejemplo, hay una copia en la que el gato de Schrödinger está vivo, y otra en la que el animalito se murió. Hay un universo en el que mi abuelo vive y tuvo descendencia, y otra copia en la que murió de forma temprana. Así que un viaje en pasado implicaría simplemente un cambio al universo adecuado.  Esa es más o menos la idea detrás de la trama de “Volver al Futuro”, aunque habría que cambiarle el título, porque en realidad el Doc y Marty no se la pasan luchando por volver al futuro correcto, sino por mantenerse en su propio universo.

 

La segunda teoría dice que el universo se cubre las espaldas a sí mismo, e impide que una paradoja como la del abuelo siquiera pueda ocurrir. A mí esto se me parece a la restricción de la velocidad de la luz, y me suena mucho más lógico. En el asunto del viajero imprudente, algo evitaría siempre que el antepasado muera antes de generar descendencia, con lo que la contradicción quedaría zanjada antes de empezar. Este es el argumento detrás de “La máquina del tiempo”, de H. G. Wells, en donde un inventor construye la máquina para salvarle la vida a su novia, que muere joven en un accidente. El inventor viaja muchas veces al pasado intentando proteger a su novia, pero el resultado siempre es que ella muere en la misma fecha y a la misma hora. Por medio de un interlocutor improbable (el jefe de los Morlock) el inventor se da cuenta que de haber podido salvar a su novia, se habrían casado, y la máquina del tiempo no hubiera podido ser inventada, generando una paradoja.

 

En un universo que hace respetar su propia coherencia, Marty McFly no habría podido siquiera conocer a sus padres, mucho menos influenciar su vida futura. Siempre ocurriría algo que impida cualquier tipo de inconsistencia o contradicción. Si el viaje al pasado es posible, esta teoría asegura que se evitará cualquier inconsistencia en el espacio–tiempo.

 

 

 

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Aristóteles, el perihelio y los demonios

Mañana miércoles 3 de Enero la tierra estará en su punto más cercano al sol, fenómeno que entre los astrónomos se conoce como perihelio. La velocidad promedio de nuestro planeta alrededor del sol es de 107 mil kilómetros por hora, por lo que le toma 365 días y seis horas dar una vuelta completa. Esas seis horas de más se acumulan para formar un año bisiesto cada cuatrienio.  Pero todas esas son estimaciones promedio. La verdad es que la velocidad de la tierra fluctúa en función de su cercanía con el sol, entre 104 mil y 110 mil kilómetros por hora. Precisamente mañana, en su punto más cercano al sol, la tierra alcanzará su velocidad máxima.

 

Este fenómeno fue “descubierto” por un astrónomo del siglo XVI llamado Johanes Kepler. El entrecomillado es porque se dice que el alemán le robó todos sus descubrimientos a un danés de nombre Tycho Brahe, y que incluso tuvo alguna responsabilidad en su muerte. Sea que el descubrimiento haya sido de Kepler o Brahe, la cosa es que los planetas siguen rutas elípticas alrededor del sol, y que tienen una velocidad máxima en cuanto están más cerca del mismo (por ejemplo mañana, para la tierra), y se mueven más lento en tanto estén más alejados (para nuestro planeta, este año eso ocurrirá el 3 de Julio). En todo caso, atribuirse la autoría de tales ideas en la época de estos dos astrónomos era un peligro, porque la iglesia católica defendía la posición de un universo perfecto, poco excéntrico e inmutable. El asunto del cambio de velocidades de los planetas vendría a ser verificado poco después, pero le ganó un problema a Kepler con la Santa Inquisición.

 

El cristianismo en general y los católicos en particular, tenían problemas para aceptar un universo que cambia, que muta, que exhibe comportamientos variables en el tiempo. La visión de un universo invariante e inmutable fue copiada en el dogma católico por San Agustín, pero así como con Kepler y Brahe, el autor original era otro. Arsitóteles fue el gran inspirador de las ideas de los primeros cristianos, y desde entonces, se han visto a gatas para defender unas posturas antiguas y en algunos casos contradictorias. El cuadro completo es más o menos el siguiente: Un tipo brillante y muy elocuente se imagina una visión del universo y del hombre hace más de 2400 años. Más de mil años después tenemos a un grupo de fanáticos que copió sus ideas, y le prende una candela por debajo a todo aquel que se atreva a llevarle la contraria a dicha visión. Y así nos fue. No por nada a aquella época en la que los cristianos tenían dominio absoluto en Europa, se le conoce como Oscurantismo.

 

Un ejemplo de estas paradojas para defender la visión católica de Aristóteles, está retratado de forma magistral en “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Pero el asunto de la comedia en la Antigua Grecia (por el cual en la novela matan a más de uno), es lo menos peor. Hace unos días leía un artículo excelente sobre el fino arte de la masturbación femenina, en el que ¡oh sorpresa!, también aparece Aristóteles. El griego sostenía que el útero femenino era como una animal (zoos), dentro de otro animal (la mujer) y que tenía movimiento propio. Los orgasmos de la mujer servían para liberar la energía de dicho animal interno, por lo que una mujer que no tuviera orgasmos desarrollaba una enfermedad en la que el útero variaba su posición natural y provocaba unos síntomas terribles, relacionados con inestabilidad emocional y comportamiento errático. A esta enfermedad se le llamaba histeria, que es una derivación de la palabra griega para útero. Parece increíble, pero estas ideas lograron pelechar hasta hace poco más de cien años en occidente.

 

El asunto de comparar a la mujer con un animal no era gratuito. La sociedad de la Antigua Grecia era falocéntrica y machista, aunque esto no tiene nada que ver con San Agustín y los primeros católicos. Los griegos de la antigüedad consideraban a la mujer tan poco digna, que los prohombres de sociedad preferían amancebarse con varones jóvenes que tener contacto sexual con mujeres (nada que ver con los prohombres de la iglesia católica unos siglos después). Gracias a Aristóteles y a la intolerancia católica tuvimos las cacerías de brujas, el terror al espacio vacío, la excomunión de grillos y saltamontes, la quema de herejes, la Santa Inquisición, y muchas otras tonterías más. La influencia de Aristóteles en la sociedad occidental es tremenda, para bien o para mal. Incluso en la ciencia: Aristóteles es considerado el padre del método científico, y el asunto de la inmutabilidad del universo llegó a agobiar a mentes tan grandes como la de Albert Einstein.

 

La expansión constante del universo, que fue verificada experimentalmente en el Siglo XX, parecía contradecir la visión aristotélica (y cristiana) de un universo invariante e inmutable. Einstein le dedicó más de once de sus últimos años a demostrar que había algo que se había ignorado respecto a dicha expansión. De ese estudio surgió la propuesta de la existencia de la antimateria, que compensaba la dispersión de los objetos en el cosmos y hacía que las cuentas de los físicos cuadraran. El físico más grande de todos los tiempos se vio desbordado por el problema y calificó esos once años como una pérdida de tiempo. Pero luego una astrónoma (si, una mujer para más INRI), de nombre Vera Rubin, descubrió evidencia experimental sobre la existencia de la antimateria de Einstein.

 

Rubin estaba estudiando las velocidades de la estrellas en función de su distancia al centro de las galaxias (algo similar al problema de las velocidades variables de los planetas de Kepler) y descubrió que algo hacía que las estrellas más lejanas viajaran más rápido de lo previsto. Parecía haber una especie de elemento que evitaba que las estrellas más lejanas del centro salieran disparadas en todas las direcciones y les imprimía más velocidad. Dicho elemento además era invisible (no era posible observarlo con ningún tipo de radiación) e intangible (parece ser que estamos rodeados de cantidades de antimateria muy superiores a la materia normal, y ni siquiera la percibimos).

 

Vera Rubin se murió hace poco menos de quince días. Sin quererlo, suministró pruebas experimentales del universo inmutable propuesto por Aristóteles, y estudiado de forma parcial por Einstein. A lo último el griego como que tenía razón. No vaya a ser que también la tenga San Agustín y el vacío no exista, los animales tengan alma y las mujeres sean peores que el demonio. Esperaremos otro perihelio a ver qué pasa…