Aristóteles, el perihelio y los demonios

Mañana miércoles 3 de Enero la tierra estará en su punto más cercano al sol, fenómeno que entre los astrónomos se conoce como perihelio. La velocidad promedio de nuestro planeta alrededor del sol es de 107 mil kilómetros por hora, por lo que le toma 365 días y seis horas dar una vuelta completa. Esas seis horas de más se acumulan para formar un año bisiesto cada cuatrienio.  Pero todas esas son estimaciones promedio. La verdad es que la velocidad de la tierra fluctúa en función de su cercanía con el sol, entre 104 mil y 110 mil kilómetros por hora. Precisamente mañana, en su punto más cercano al sol, la tierra alcanzará su velocidad máxima.

 

Este fenómeno fue “descubierto” por un astrónomo del siglo XVI llamado Johanes Kepler. El entrecomillado es porque se dice que el alemán le robó todos sus descubrimientos a un danés de nombre Tycho Brahe, y que incluso tuvo alguna responsabilidad en su muerte. Sea que el descubrimiento haya sido de Kepler o Brahe, la cosa es que los planetas siguen rutas elípticas alrededor del sol, y que tienen una velocidad máxima en cuanto están más cerca del mismo (por ejemplo mañana, para la tierra), y se mueven más lento en tanto estén más alejados (para nuestro planeta, este año eso ocurrirá el 3 de Julio). En todo caso, atribuirse la autoría de tales ideas en la época de estos dos astrónomos era un peligro, porque la iglesia católica defendía la posición de un universo perfecto, poco excéntrico e inmutable. El asunto del cambio de velocidades de los planetas vendría a ser verificado poco después, pero le ganó un problema a Kepler con la Santa Inquisición.

 

El cristianismo en general y los católicos en particular, tenían problemas para aceptar un universo que cambia, que muta, que exhibe comportamientos variables en el tiempo. La visión de un universo invariante e inmutable fue copiada en el dogma católico por San Agustín, pero así como con Kepler y Brahe, el autor original era otro. Arsitóteles fue el gran inspirador de las ideas de los primeros cristianos, y desde entonces, se han visto a gatas para defender unas posturas antiguas y en algunos casos contradictorias. El cuadro completo es más o menos el siguiente: Un tipo brillante y muy elocuente se imagina una visión del universo y del hombre hace más de 2400 años. Más de mil años después tenemos a un grupo de fanáticos que copió sus ideas, y le prende una candela por debajo a todo aquel que se atreva a llevarle la contraria a dicha visión. Y así nos fue. No por nada a aquella época en la que los cristianos tenían dominio absoluto en Europa, se le conoce como Oscurantismo.

 

Un ejemplo de estas paradojas para defender la visión católica de Aristóteles, está retratado de forma magistral en “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Pero el asunto de la comedia en la Antigua Grecia (por el cual en la novela matan a más de uno), es lo menos peor. Hace unos días leía un artículo excelente sobre el fino arte de la masturbación femenina, en el que ¡oh sorpresa!, también aparece Aristóteles. El griego sostenía que el útero femenino era como una animal (zoos), dentro de otro animal (la mujer) y que tenía movimiento propio. Los orgasmos de la mujer servían para liberar la energía de dicho animal interno, por lo que una mujer que no tuviera orgasmos desarrollaba una enfermedad en la que el útero variaba su posición natural y provocaba unos síntomas terribles, relacionados con inestabilidad emocional y comportamiento errático. A esta enfermedad se le llamaba histeria, que es una derivación de la palabra griega para útero. Parece increíble, pero estas ideas lograron pelechar hasta hace poco más de cien años en occidente.

 

El asunto de comparar a la mujer con un animal no era gratuito. La sociedad de la Antigua Grecia era falocéntrica y machista, aunque esto no tiene nada que ver con San Agustín y los primeros católicos. Los griegos de la antigüedad consideraban a la mujer tan poco digna, que los prohombres de sociedad preferían amancebarse con varones jóvenes que tener contacto sexual con mujeres (nada que ver con los prohombres de la iglesia católica unos siglos después). Gracias a Aristóteles y a la intolerancia católica tuvimos las cacerías de brujas, el terror al espacio vacío, la excomunión de grillos y saltamontes, la quema de herejes, la Santa Inquisición, y muchas otras tonterías más. La influencia de Aristóteles en la sociedad occidental es tremenda, para bien o para mal. Incluso en la ciencia: Aristóteles es considerado el padre del método científico, y el asunto de la inmutabilidad del universo llegó a agobiar a mentes tan grandes como la de Albert Einstein.

 

La expansión constante del universo, que fue verificada experimentalmente en el Siglo XX, parecía contradecir la visión aristotélica (y cristiana) de un universo invariante e inmutable. Einstein le dedicó más de once de sus últimos años a demostrar que había algo que se había ignorado respecto a dicha expansión. De ese estudio surgió la propuesta de la existencia de la antimateria, que compensaba la dispersión de los objetos en el cosmos y hacía que las cuentas de los físicos cuadraran. El físico más grande de todos los tiempos se vio desbordado por el problema y calificó esos once años como una pérdida de tiempo. Pero luego una astrónoma (si, una mujer para más INRI), de nombre Vera Rubin, descubrió evidencia experimental sobre la existencia de la antimateria de Einstein.

 

Rubin estaba estudiando las velocidades de la estrellas en función de su distancia al centro de las galaxias (algo similar al problema de las velocidades variables de los planetas de Kepler) y descubrió que algo hacía que las estrellas más lejanas viajaran más rápido de lo previsto. Parecía haber una especie de elemento que evitaba que las estrellas más lejanas del centro salieran disparadas en todas las direcciones y les imprimía más velocidad. Dicho elemento además era invisible (no era posible observarlo con ningún tipo de radiación) e intangible (parece ser que estamos rodeados de cantidades de antimateria muy superiores a la materia normal, y ni siquiera la percibimos).

 

Vera Rubin se murió hace poco menos de quince días. Sin quererlo, suministró pruebas experimentales del universo inmutable propuesto por Aristóteles, y estudiado de forma parcial por Einstein. A lo último el griego como que tenía razón. No vaya a ser que también la tenga San Agustín y el vacío no exista, los animales tengan alma y las mujeres sean peores que el demonio. Esperaremos otro perihelio a ver qué pasa…

 

 

 

 

 

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