Índice de maldad

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No había pasado ni una década del Siglo XX, cuando apareció la relatividad. En principio fue una teoría física difícil, enredada, y formulada por un viejito greñudo. Luego la relatividad habría de permear todos los aspectos de la sociedad. Hoy en día todo es relativo, susceptible a interpretaciones. Todo lo que se diga puede en principio ser políticamente incorrecto, y ser usado en nuestra contra. Qué tiempos aquellos en los que lo bueno era bueno, y lo malo era malo. En esos tiempos felices el mal estaba tan profundamente identificado y diferenciado, que la mera sospecha que alguien lo profesaba era excusa suficiente para prenderle una candela por debajo, para purificarlo. Y aunque el castigo sí podía variar (horca, ahogamiento, tortura), el motivo era único e indiscutible: Alejarse del camino del bien.

 

Muchos piadosos y estudiosos coinciden en que el Concilio Vaticano II fue el signo del fin definitivo de esos tiempos felices, y que ahí sí que se empezó a perratear este mundo. El Siglo XX fue igualmente el momento en que las mujeres pudieron votar, en que la iglesia dejó de tener una lista de lecturas prohibidas, y en que se dejó de cantar la misa en latín. Pero el Siglo XXI no augura mejores vientos. Ahí tenemos por ejemplo al Papa Francisco, a quien algunos profetas como José Galat acusan de ser el antipapa. Quienes hemos tenido la suerte de ver el Canal Teleamiga (cuyo dueño es Galat), hemos podido comprobar que todos los signos del fin del mundo se están cumpliendo, y de paso hemos aprendido algunas recetas de comida que dure bastante, para poder pasar el apocalipsis sin hambre.

 

A mí me confunde mucho no poder identificar sin dudas al malo. Lejos están aquellas historias más inocentes en las que no hay duda, donde uno espera hasta el final para ver al malo castigado y humillado. Hay que tener cierta edad para poderse acordar de esas escenas en las que el héroe le propina una patada al villano en cámara lenta, con la que lo deja fuera de combate. El mismo héroe que hasta casi el final de la película se veía vencido, al final coge al malo y le parte su mandarina en gajos. Yo no me considero de la generación X o la Y, y mucho menos voy a ser un milenial. La mía es la generación del karma. Esa que tenía esperanzas en Obama porque hablaba muy bonito, o la que sigue esperando cada año por ver a Uribe en la cárcel. Pero ya la cosa no funciona así. Lo mismo que con la propiedad horizontal, el café o el peso colombiano, la maldad también se ha devaluado.

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Los malos ya no lo son del todo, tienen matices,  hasta llegan a hacer incluso cosas buenas. Peor cuando aparte de todo son elocuentes y persuasivos, como Al Pacino, que con esta labia se la puso bien difícil a Keanu Reeves para seguir el buen camino:

Déjame darte información confidencial sobre Dios. A él le gusta mirar… es un bromista. Piénsalo: Le da a los hombres instinto. Les da ese maravilloso don, y después, ¿Qué es lo que hace (lo juro para su propia diversión, su propio teatro privado)? Pone las normas en completa oposición. La mayor estupidez que ha existido: “Mira, pero no toques”; “Toca, pero no pruebes”; “Prueba, pero no tragues”… y mientras va uno saltando de un pie a otro, ¿qué es lo que él hace? Está allá arriba, el señor, muriéndose de la risa…

 

Yo creo que uno de los precursores literarios de este asunto de la relatividad de la maldad fue Víctor Hugo: Javert indiscutiblemente era el malo de Los Miserables, pero nunca rompió una ley en su vida, y hasta trabajaba de policía. Otros ejemplos más cercanos son los del Coronel Decker, de los magníficos, y las películas Blade Runner, El Fugitivo, o Pandillas de New York. Uno ya no sabe a quién hacerle fuerza en la peli, ni quién se va a ganar su merecido al final.

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Afortunadamente y como en todo, hay honrosas excepciones. Todavía existen algunos personajes con los que no hay pierde. Si esto fuera el “Índice de Maldad” del Dr. Stone, yo pondría de primero en la lista al presidente de USA. Por ese pobre parece que no da un peso ni la mujer. Donald Trump sería perfectamente el malo de una película de bajo presupuesto, en la que los héroes son unos cachorritos de labrador. Por ahí dicen que la clase política gringa está planeando aprovechar esa mala imagen de Trump, para echarle la culpa por el próximo colapso económico mundial. Ahí sí que va a ser un malo de antonomasia… ¡Tenete duro Darth Vader!

 

Más localmente, el último gran malo parece ser Óscar Iván Zuluaga. El mismo del hacker. El que decía que tenían que encochinar a su contrincante rápido, porque la campaña estaba encima. Zuluaga parece el villano de una película de vampiros. Ahora lo acusan de haberse dejado untar las manos con platica de contratos públicos, y su mentor, un experto en maldad relativa y en que le resbale todo lo que no le conviene, ha solicitado una investigación “rigurosa”. Estoy seguro que en una película o novela sobre el tema (sobre todo si la produce RCN), al final aparecería Uribe dándole una patada voladora a Zuluaga, en cámara lenta.

 

A pesar de criticarlo, yo también soy un multiplicador del relativismo. Lo digo porque sé que si me tocara el juicio final ahora mismo, no tengo muy claro si quedaría en el grupo de los salvados, o el de los que se van a quemar en la paila por toda la eternidad. Seguro que de ser condenado, me tocaría sufrir en el tercer círculo del infierno de Dante, que es el reservado para los comelones. Si me salvara, en cambio, no tengo muy claro dónde me pondrían. De pronto me harían lugar si el cielo tuviese (que lo dudo) un departamento de SPAM para hacerse bombo y reclutar gente, así como cuando alguien le dice a uno que “tiene una súper oportunidad de negocio, para trabajar independiente y desde la casa”. En ese hipotético departamento de mensajes no deseados del cielo, ahí sí, haciendo proselitismo sin que me lo pidan, yo sería el bueno de la película.

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