Fallida historia de unas pastillas para mejorar el rendimiento

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La siguiente historia es verídica, aunque por razones que serán obvias más adelante, se ha decidido mantener la identidad de su protagonista en secreto. Habría que empezar diciendo que un error lo comete cualquiera, y más cuando se está en la oscuridad de la madrugada y sin gafas. Una caja de pastillas que apareció de la nada, un nombre en la caja llamativo y similar al de cierto producto famoso por mejorar el desempeño amatorio de los hombres, y otro ingrediente que no ha sido justamente considerado en todas las tragedias humanas: La esperanza. Freud hablaba de los actos fallidos para referirse a los sabotajes que nuestro propio yo inconsciente nos hace, porque en el fondo nuestra situación consciente no nos agrada. ¿Acaso no se podría considerar al subconsciente en el sentido totalmente contrario? ¿No será posible que la esperanza nos lleve a cometer errores orientados a reforzar nuestros deseos y anhelos inconscientes?

El protagonista de esta historia parece ser un ejemplo de esta última situación. A este pobre hombre de edad mediana lo confundieron las circunstancias y lo animaron las expectativas. Eventualmente en escenarios similares el propio convencimiento hace milagros y el resultado se refuerza a sí mismo, logrando las consecuencias esperadas, muy a pesar de que el compuesto ingerido no tenga en teoría ninguno de los efectos deseados. Es lo que los psicólogos llaman efecto placebo y es la misma razón por la que las abuelas decían que a la pasta había que ayudarle con la fe, e incluso obligaban a echarse la bendición a la hora de la toma.

Pero a nuestro protagonista anónimo no le fue tan bien. A pesar de las expectativas tan altas, emocional y geométricamente, la pastilla ingerida no fue efectiva en el sentido esperado. Esa madrugada pasó más bien al acervo de lo corriente. No hubo muestras espectaculares y sobrehumanas de desempeño en la cama. No hubo elogios o alusiones a días pasados, en los que la mera juventud se valía por sí misma para lograr los niveles de satisfacción ya olvidados. De hecho, la pareja de nuestro amigo ni siquiera llegó a despertarse esa madrugada de subconscientes con esperanza y ojos miopes leyendo en la oscuridad.

Al otro día, vapuleado por el peso inexorable de la realidad, nuestro secreto protagonista habría de enterarse de los verdaderos efectos de la pastillita que le había quitado el sueño la madrugada anterior. La ingestión, que se había hecho con más buena fe que sentido común, ahora traía consecuencias variadas en el rango que va desde las taquicardias, hasta los dolores intensos de cabeza, las náuseas y la diarrea. Un coctel de esas cosas que cuando vienen de a una, ya son intolerables, y que se refuerzan por el hecho de tener que ir a trabajar.

Preocupado por tanta maluquera, nuestro desafortunado héroe decide hacer lo que debió haber hecho en primer lugar: Preguntarle a su esposa por la presencia de las pastillitas en el cuarto nupcial. La respuesta lo explica todo, pero no trae mayor consuelo: La esposa de nuestro infeliz protagonista había comprado las pastillas luego de leer un artículo, en el que se decía que con ellas se podía mejorar el rendimiento laboral (no el erótico) de una manera considerable. Como estos días ella había estado sometida a mucho estrés en el trabajo, había decidido probar el medicamento, pero lo había abandonado después de dos ingestas por considerarlo inocuo. Esa explicación justificaba de carambola por qué la madrugada anterior la esposa no había reaccionado a los fútiles intentos de su pareja por hacer de latin lover. Simplemente estaba muy cansada.

Según la biblia, Pedro, el apóstol de Jesús, había dicho que lo seguiría hasta la muerte, y se negó a aceptar la predicción según la cual habría de negarlo tres veces ese mismo día. Muchas veces somos víctimas del contexto y terminamos involucrados en situaciones o actitudes que criticábamos en primer lugar. En el estereotipo de la pareja típica, el hombre siempre pide más intimidad de la que su pareja está dispuesta a ofrecer, y de hecho muchos hombres se quejan de esta situación aduciendo que las excusas que reciben son falsas y de cajón. La esposa de nuestro desdichado se animó al escuchar la historia de su marido sobre las pastillitas mal puestas en la mesa de noche. Por eso llegó dispuesta a las faenas de antaño y a resarcir con sexo su narcolepsia de la noche pasada. La respuesta del esposo los sorprendió a los dos: “Esta noche no, me duele mucho la cabeza”.

 

 

 

 

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Sobre sumas no-nulas y la Ética

En teoría de juegos, la suma nula (zero–sum) representa aquellas situaciones en las que siempre que alguien gana algo, hay otro participante perdiendo en la misma proporción. Por eso es que al hacer la suma algebraica de todas las ganancias (positivas) y pérdidas (negativas), el resultado es cero. En contraposición, el resultado de un juego se considera de suma no–nula, si luego de la agregación se obtiene un resultado distinto de cero. Esto significa que en el total, el grupo tuvo una ganancia o una pérdida netas, dependiendo de si el resultado obtenido de la suma es positivo o negativo.

 

En general todas las interacciones humanas se pueden clasificar en una de estas dos categorías. La riqueza boyante de países como España, Portugal o Inglaterra en épocas de la conquista y la colonia, no salió de la nada. Había unos territorios sometidos, que eran los que suministraban todos esos recursos. Ese sería el resumen de una interacción de suma nula: Unos ganan, porque otros pierden.

 

En contraste, las situaciones de suma no–nula implican que en el balance total, todos los participantes ganaron o perdieron un poco. Los estudiosos de las teorías de juegos argumentan que todas las interacciones humanas (económicas, sociales, laborales, etc.), deberían ser de suma no–nula. Si en el balance luego de la interacción la suma da positiva, quiere decir que en general todos los participantes ganaron algo (un gana–gana, hablando en términos menos técnicos). Si el balance diera negativo, significa que hay un problema que afecta en forma neta y general a todos, por lo que es necesario buscar una solución de manera conjunta.

 

Este no es, de ninguna forma, un asunto nuevo. Muchos que no conocen la formalización desde la teoría de juegos, han llegado a conclusiones similares. Brian Kernighan y Dennis Ritchie, fueron los inventores del sistema operativo UNIX, padre de desarrollos más modernos y masivos como Linux o Android. En sus inicios, el sistema UNIX venía con un comando de consola llamado nice, que permitía bajarle la prioridad de manera voluntaria a quien lo usaba, para así mejorar el rendimiento de todos los demás usuarios del sistema. Sobra decir que nadie lo utilizaba: En principio no parece muy lógico ceder un poco de lo que se tiene, así ese acto aumente en promedio las ganancias de todos.

 

Para que la sociedad funcione de acuerdo con el ideal (situaciones de suma no–nula positiva) se requiere de la voluntad de todas las partes, y especialmente de aquellos que tienen las mayores ventajas. Sin embargo, en una sociedad en donde se pondera la felicidad individual a costa de lo que sea, es muy difícil que las personas hagamos uso de herramientas al estilo del nice de UNIX. Parece triste, pero los humanos solo parecemos dispuestos a ceder nuestras comodidades cuando media algún tipo de promesa de ganancia futura. Ese es el fondo del paradigma económico y social que nos rige en la actualidad, y explica por qué dicho paradigma es defendido incluso por aquellos que soportan las desventajas y necesidades: El sistema individualista sigue vivo, porque todos desean secretamente sacar ventaja y pertenecer al grupo de los que detentan el poder y los beneficios sobre los demás.

 

Cuando se analizan situaciones aparentemente tan disímiles como la crisis ecológica, la corrupción, o la desigualdad social, se puede llegar a conclusiones similares. Se podría decir que la búsqueda individual de la felicidad es la religión de los tiempos que corren. Incluso se le considera un derecho inalienable en algunos países desarrollados. Pero, ¿qué tanta felicidad se puede lograr en una sociedad en la que el resto de personas no es feliz?

 

Kant resuelve los límites de la felicidad individual con su famoso Imperativo Categórico: “Obra solo según aquellos principios por los cuales quisieras que se rija el Universo”. Una vez que los actos individuales se analizan como potenciales leyes de comportamiento universal, cada persona empieza a valorar las interacciones de suma no–nula como algo deseable. Uno quisiera que los demás actuaran considerando en todo momento el beneficio del grupo, aunque eventualmente se llega a hacer trampas con los actos individuales, asumiendo que se trata de una mera excepción. El Imperativo Categórico elimina la posibilidad de excepciones y nos pone a todos al mismo nivel.

 

La Ética parece un elemento accesorio en estos tiempos de felicidades individuales y ventajas excepcionales. Con respecto a todas estas enajenaciones modernas, Eduardo Galeano se lamentaba diciendo que se había caído del mundo, y que no sabía cómo volverse a subir. El problema es que en un entorno con recursos limitados y una población creciente, tendremos que acostumbrarnos a aceptar la desigualdad como innata a la condición humana, o buscar soluciones alternativas a la forma que interactuamos entre nosotros.

 

Vivimos en una época marcada por grandes cambios. Hemos logrado enormes avances en áreas como la medicina, o la ingeniería. Sin embargo, todavía hay gente sufriendo enfermedades curables o problemas que son triviales para el estado del arte de nuestras ciencias. Hemos tenido la oportunidad también de presenciar notables avances en lo social: La esclavitud, la discriminación y el machismo, entre otros, se consideran males del pasado, aunque todavía nos hace falta mucho camino por recorrer. La Universidad aparece como la llamada a seguir extendiendo los alcances de nuestro desarrollo, máxime cuando es en la academia en donde se perfilan las condiciones del conocimiento que será aprovechado por la sociedad en el futuro.

 

El retorno a la Ética como elemento indispensable en cualquier proceso de formación humana, garantizará que provoquemos los cambios que se necesitan en la actualidad. No se trata de una opción descartable o de una postura romántica: Debemos aprender a actuar en consecuencia con nuestra situación en el mundo, o asumir las consecuencias, que inevitablemente nos afectarán a todos. La historia nos ha mostrado que los grandes cambios son posibles, y también hemos visto cómo estos cambios se pueden generar a partir de la educación de las personas. Ese es el papel que le demanda la sociedad a la Universidad en la actualidad.