Sobre sumas no-nulas y la Ética

En teoría de juegos, la suma nula (zero–sum) representa aquellas situaciones en las que siempre que alguien gana algo, hay otro participante perdiendo en la misma proporción. Por eso es que al hacer la suma algebraica de todas las ganancias (positivas) y pérdidas (negativas), el resultado es cero. En contraposición, el resultado de un juego se considera de suma no–nula, si luego de la agregación se obtiene un resultado distinto de cero. Esto significa que en el total, el grupo tuvo una ganancia o una pérdida netas, dependiendo de si el resultado obtenido de la suma es positivo o negativo.

 

En general todas las interacciones humanas se pueden clasificar en una de estas dos categorías. La riqueza boyante de países como España, Portugal o Inglaterra en épocas de la conquista y la colonia, no salió de la nada. Había unos territorios sometidos, que eran los que suministraban todos esos recursos. Ese sería el resumen de una interacción de suma nula: Unos ganan, porque otros pierden.

 

En contraste, las situaciones de suma no–nula implican que en el balance total, todos los participantes ganaron o perdieron un poco. Los estudiosos de las teorías de juegos argumentan que todas las interacciones humanas (económicas, sociales, laborales, etc.), deberían ser de suma no–nula. Si en el balance luego de la interacción la suma da positiva, quiere decir que en general todos los participantes ganaron algo (un gana–gana, hablando en términos menos técnicos). Si el balance diera negativo, significa que hay un problema que afecta en forma neta y general a todos, por lo que es necesario buscar una solución de manera conjunta.

 

Este no es, de ninguna forma, un asunto nuevo. Muchos que no conocen la formalización desde la teoría de juegos, han llegado a conclusiones similares. Brian Kernighan y Dennis Ritchie, fueron los inventores del sistema operativo UNIX, padre de desarrollos más modernos y masivos como Linux o Android. En sus inicios, el sistema UNIX venía con un comando de consola llamado nice, que permitía bajarle la prioridad de manera voluntaria a quien lo usaba, para así mejorar el rendimiento de todos los demás usuarios del sistema. Sobra decir que nadie lo utilizaba: En principio no parece muy lógico ceder un poco de lo que se tiene, así ese acto aumente en promedio las ganancias de todos.

 

Para que la sociedad funcione de acuerdo con el ideal (situaciones de suma no–nula positiva) se requiere de la voluntad de todas las partes, y especialmente de aquellos que tienen las mayores ventajas. Sin embargo, en una sociedad en donde se pondera la felicidad individual a costa de lo que sea, es muy difícil que las personas hagamos uso de herramientas al estilo del nice de UNIX. Parece triste, pero los humanos solo parecemos dispuestos a ceder nuestras comodidades cuando media algún tipo de promesa de ganancia futura. Ese es el fondo del paradigma económico y social que nos rige en la actualidad, y explica por qué dicho paradigma es defendido incluso por aquellos que soportan las desventajas y necesidades: El sistema individualista sigue vivo, porque todos desean secretamente sacar ventaja y pertenecer al grupo de los que detentan el poder y los beneficios sobre los demás.

 

Cuando se analizan situaciones aparentemente tan disímiles como la crisis ecológica, la corrupción, o la desigualdad social, se puede llegar a conclusiones similares. Se podría decir que la búsqueda individual de la felicidad es la religión de los tiempos que corren. Incluso se le considera un derecho inalienable en algunos países desarrollados. Pero, ¿qué tanta felicidad se puede lograr en una sociedad en la que el resto de personas no es feliz?

 

Kant resuelve los límites de la felicidad individual con su famoso Imperativo Categórico: “Obra solo según aquellos principios por los cuales quisieras que se rija el Universo”. Una vez que los actos individuales se analizan como potenciales leyes de comportamiento universal, cada persona empieza a valorar las interacciones de suma no–nula como algo deseable. Uno quisiera que los demás actuaran considerando en todo momento el beneficio del grupo, aunque eventualmente se llega a hacer trampas con los actos individuales, asumiendo que se trata de una mera excepción. El Imperativo Categórico elimina la posibilidad de excepciones y nos pone a todos al mismo nivel.

 

La Ética parece un elemento accesorio en estos tiempos de felicidades individuales y ventajas excepcionales. Con respecto a todas estas enajenaciones modernas, Eduardo Galeano se lamentaba diciendo que se había caído del mundo, y que no sabía cómo volverse a subir. El problema es que en un entorno con recursos limitados y una población creciente, tendremos que acostumbrarnos a aceptar la desigualdad como innata a la condición humana, o buscar soluciones alternativas a la forma que interactuamos entre nosotros.

 

Vivimos en una época marcada por grandes cambios. Hemos logrado enormes avances en áreas como la medicina, o la ingeniería. Sin embargo, todavía hay gente sufriendo enfermedades curables o problemas que son triviales para el estado del arte de nuestras ciencias. Hemos tenido la oportunidad también de presenciar notables avances en lo social: La esclavitud, la discriminación y el machismo, entre otros, se consideran males del pasado, aunque todavía nos hace falta mucho camino por recorrer. La Universidad aparece como la llamada a seguir extendiendo los alcances de nuestro desarrollo, máxime cuando es en la academia en donde se perfilan las condiciones del conocimiento que será aprovechado por la sociedad en el futuro.

 

El retorno a la Ética como elemento indispensable en cualquier proceso de formación humana, garantizará que provoquemos los cambios que se necesitan en la actualidad. No se trata de una opción descartable o de una postura romántica: Debemos aprender a actuar en consecuencia con nuestra situación en el mundo, o asumir las consecuencias, que inevitablemente nos afectarán a todos. La historia nos ha mostrado que los grandes cambios son posibles, y también hemos visto cómo estos cambios se pueden generar a partir de la educación de las personas. Ese es el papel que le demanda la sociedad a la Universidad en la actualidad.

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