La historia de Buziraco

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El protagonista de esta historia vagó por el mundo durante mucho tiempo sin un nombre. De hecho, anda por acá desde antes que hubiera lenguaje, historia, e incluso humanidad. Quizás por eso es que nadie tiene certeza sobre cuál es exactamente su origen, y eso nos pone en franca desventaja, ya que él sí podría recitar de memoria la primera vez que vio unos humanos primitivos caminando erguidos por la sabana africana. En ese momento no le pareció que nuestra especie fuera nada especial, ni digna de demasiada atención. Pero luego, en cosa de un suspiro (porque la eternidad se va volando para aquellos que no tienen afanes), nuestro protagonista habría de encontrarse otra vez con los seres humanos, esta vez en condiciones menos inermes.

 

Los hombres habían creado asentamientos, dejaron de vagar por la sabana e inventaron la agricultura, la domesticación de otras especies, las ciudades y los caminos. Precisamente por aglomerarse sin muchas precauciones sanitarias, en estas ciudades abundaban la enfermedad y la peste. La cosa es que en vez de atacar la causa directa del problema, los humanos inventaron la historia alternativa de un ser superior, que tenía dominio sobre todas las cosas, y que estaba lleno de bondad y de misericordia. En el otro extremo del espectro tenía que haber un ser despreciable, insidioso y maléfico, quien era responsable directo de todos los padecimientos de los hombres. Ese fue el papel de nuestro protagonista, el del malo de la historia, y por eso se emprendió en su contra una campaña violenta de descrédito y persecución.

 

Aunque el supuesto demonio evitaba todo contacto con las personas, sus perseguidores no tuvieron reparo en inventar pactos y adoraciones que nunca ocurrieron, para así poder torturar, abusar y asesinar a otros a voluntad. A nuestro personaje todo esto le parecía repugnante, así que decidió viajar a un supuesto “nuevo mundo”, que había sido descubierto recientemente. Fue en este viaje que nuestro protagonista fue bautizado por parte de los humanos. Quienes le pusieron Buziraco al demonio que emigraba a América, no le resultaban desagradables, ya que pertenecían a una raza que sufría la esclavitud y el abuso por parte de aquellos que decían adorar a un ser misericordioso y lleno de amor.

 

En este viaje Buziraco aprendió a valorar a los pobres esclavos, quienes eran oprimidos por los mismos que lo perseguían a él. Se admiró de lo felices que eran, de los cantos que hacían, y de la tenacidad de su trabajo, aun cuando el resto del mundo los trataba con salvajismo y desprecio. Los esclavos aprendieron a corresponderle en su estima y le dedicaron canciones y relatos, aunque Buziraco les dejó claro que todas estas cosas podían meterlos en problemas, tal y como le había ocurrido a un montón de infelices en el viejo mundo.

 

Buziraco pisó tierra americana en la ciudad de Cartagena. Los relatos de los negros cuentan que el demonio estaba complacido con su destino, porque le recordaba aquellos tiempos felices en los que vagaba solo por el mundo, porque podía estar con los únicos humanos que le apreciaban, y sobre todo porque aquellos que le perseguían parecían estar muy lejos. En estas condiciones Buziraco estuvo un poco más relajado e incluso llegó a entablar amistad con algunas personas blancas. Quizás la más conspicua de dichas amistades fue la que sostuvo con la señora Lorenza de Acereto, quien desde muy niña había sido vendida como esposa a un obseso sexual, y que por afinidad de opresores, tuvo también cercanía con los negros.

 

En esa triple condición de mujer, amiga de esclavos y también amiga del demonio Buziraco, no pasó mucho tiempo antes que los enemigos de este último la enjuiciaran y condenaran por bruja. Esto fue un golpe muy fuerte para nuestro desafortunado protagonista, quien decidió aislarse en el Cerro de la Popa y evitar, como en otros tiempos, cualquier contacto gratuito con humanos. Allí en el cerro, dormido y encerrado como un animal hibernando, Buziraco pasó un par de siglos tranquilo, hasta que nuevamente la enfermedad y la peste asolaron a los hombres y la superstición dio cuenta que en el cerro vivía un demonio que había venido al nuevo mundo con los esclavos. Rápidamente los blancos organizaron una expedición para exorcizar al maldito y espantar para siempre la enfermedad de Cartagena de Indias.

 

Más por hastío con sus perseguidores que por verdadero miedo, nuestro personaje fingió una escena en la que lo acorralaban con rezos y exorcismos, caía desde un precipicio del cerro y desaparecía para siempre de la ciudad. Hubo de buscar en el interior del continente por un nuevo sitio, hasta que dio con un pueblo mediano al pie de las montañas. Advertido por sus experiencias anteriores, nuevamente decidió aislarse como un ermitaño, evitando en lo posible cruzarse con ninguna persona. Para su mala fortuna, en el pueblo alguien esparció el rumor de que en las montañas aledañas dormía un demonio venido de tierras lejanas. Para evitar desgracias, maldiciones y enfermedades, desde Popayán se organizó una expedición con dos obispos, que habrían de darle caza al pobre Buziraco.

 

El perseguido hizo otra vez la pantomima de su propia muerte, lanzándose por un barranco. Por su parte, los dos obispos pusieron en la cima de la montaña una triada de cruces, para advertirle a los espíritus que vinieran en el futuro, que no era buena idea campear por esos lados. Espantada la maldad del pueblo, vino la prosperidad, la salud y la tranquilidad, mientras que nuestro vapuleado protagonista se aisló aún más, esperando no tener que volver a tratar con nadie. No quiso siquiera asomarse cuando escuchaba cerca de su escondite los gritos y súplicas de algunos torturados y condenados a muerte, que eran llevados allá desde el ya crecido pueblo por unas mafias boyantes. Buziraco tuvo miedo que lo relacionaran también con esta nueva forma de peste, y prefirió seguir escondido.

 

Luego del episodio de las tres cruces, Buziraco solo atinó a salir de su escondite cuando escuchó unos sonidos que le sonaban familiares. La música que venía desde la ciudad se le parecía a la que cantaban los esclavos en el barco que lo trajo a América, y a la que entonaban en Cartagena de Indias. Muy a pesar de su bien justificada desconfianza, el demonio se animó a bajar hasta el origen de estos sonidos y comprobó que aunque las canciones ya se entonaban en un lenguaje castizo, la esencia y el ritmo eran iguales a unos que él pensaba ya extintos. Rápidamente se entusiasmó con la idea de que las personas hubieran cambiado. Si habían abrazado la música de los esclavos, quizás también podrían haber abandonado la superstición y la ignorancia. La gente parecía estar muy contenta en la ciudad: Bailaban, festejaban y un día quemaron unos muñecos (no personas, como hubo de atestiguar nuestro personaje en otros tiempos). A Buziraco le pareció ver también unos niños disfrazados bailando en la calle, que al parecer lo estaban imitando.

 

Sin embargo, la ilusión duró solo unos meses y nuestro personaje tuvo que regresar rápidamente al hueco en el que se estaba escondiendo. Buziraco presenció compungido que la superstición y la ignorancia seguían campantes entre los hombres, y que incluso se estaban organizando procesiones a las tres cruces para celebrar la muerte del demonio que más daño había hecho por aquellas tierras. El mal había sido vencido una vez más…

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