El perverso ciclo de la conciencia

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La ignorancia es felicidad. Lo dicen fuentes tan creíbles como el Dr. House, el poeta Thomas Gray, o el calvito de Matrix. Aunque habría que cambiar la frase, porque no es la ignorancia lo que nos hace felices, sino la falta de memoria. Basta con que esta rueda de hámster en la que andamos todos sea lo suficientemente grande, o que asimilemos la filosofía moderna de vivir solo el momento, para que todo lo que se nos presente parezca desconocido. Como el pececito que vive sin mayor estrés en un espacio diminuto, porque no es capaz de recordar más allá de unos segundos en el pasado. Para saber de algo, cualquier cosa, no hay que adentrarse en lo inexplorado, sino dominar el fino arte de mirar hacia atrás.

Nietzsche decía que el tiempo es un círculo plano. Luego apareció otro alemán que descubrió que el tiempo y el espacio están entrelazados en un tejido inseparable, y que en presencia de masa (o de energía, que viene siendo lo mismo), dicho tejido se curva. Pobres diablos como somos, y restringidos a una percepción tridimensional como estamos, solo somos capaces de advertir la consecuencia natural de dicha curvatura, pero no la curvatura en sí misma. Por eso es que nos hacemos ilusiones con la novedad y admiramos lo original de nuestras vidas.

Quizás en el futuro aparezca alguien (a lo mejor otro alemán) capaz de ver por primera vez la curvatura del universo y darle la razón a Nietzsche, diciendo que el universo es curvo y cerrado sobre sí mismo; Que avanzar en una dirección en línea recta inevitablemente nos llevará con el tiempo a volver a cruzar la posición de inicio; Que todos los ciclos: naturales, humanos, sociales, metabólicos, económicos, culturales, y demás, no son sino copias pobres de la naturaleza propia del infinito; Que cuando se puede ver más allá de las tres dimensiones, el tiempo deja de tener significado, porque se pueden percibir simultáneamente el pasado, el presente y el futuro… Lo otro que puede pasar es que Nietzsche estuviera equivocado y que la curvatura del universo no sea cerrada.

En todo caso y volviendo al tema, no creo que este alemán pandimensional vaya a ser más feliz por saber todas estas cosas. No se podría esperar que el hámster o el pececito queden agradecidos por explicarles que están en la inmunda. Y sin embargo, como dice Sabina, aquí estamos: especulando sobre la naturaleza precisa de nuestra cárcel de tres dimensiones e inventando experimentos cada vez más elaborados, esperando que en algún momento ese dardo tirado a ciegas y en la oscuridad dé en el blanco. En el mejor de los casos esta curiosidad malsana nos va a servir para constatar lo que muchos sospechamos hace rato: Que no somos precisamente milagros de una creación consciente, que no tenemos destinación especial, y que estamos condenados a la maldición de repetir hasta el infinito la misma historia. La idea de crear un ser tan limitado como el hombre y envenenarlo con un ímpetu curioso sobre su propia desgracia, demuestra lo poco probable de la existencia de un ente superior racional, mucho menos misericordioso.

Y entonces, ¿A quién le reclamamos? La evolución se la pasa ensayando una y otra vez con los seres vivos, para hacerlos más aptos a su entorno y garantizar su supervivencia. Eventualmente alguno de estos ensayos aleatorios tiene éxito y se perpetúa a través de las diferentes especies. En este círculo plano de ensayos y errores, se cometió una falta terrible: Una de estas especies fue capaz de tener consciencia de su propia existencia y de la de los demás seres. Y es que muy a pesar de lo convencidos y orgullosos que estamos, los humanos arrastramos con el pulmón de acero de la conciencia: Suficiente para mantenernos vivos y convertirnos en la especie más exitosa del planeta, pero al mismo tiempo herramienta de nuestra destrucción y responsable de la visión de nuestra propia miseria.

Por eso es que ante la dicotomía de la ignorancia y la conciencia, la pastilla verde y la roja, habremos algunos que lamentemos no poder revertir el ciclo, deshacernos del pulmón de acero y extinguirnos sin darnos cuenta.

 

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