Una historia (no) muy recomendable

Esto de ser adicto a la información inútil tiene su karma, sobre todo cuando a uno le toca enfrentarse a cosas de las que en principio no quisiera saber. Por eso, si Usted es de estómago sensible, o aborrece esas historias de dolor y crueldad humanos, le recomiendo no seguir con esta lectura. Haga de cuenta que es un spoiler, pero de los buenos. Algunos no somos capaces (llámese masoquismo) de voltear la vista para otro lado, pero si es para estarse arrepintiendo después con el corazón comprimido de haber leído cosas desagradables, quizás sea mejor dejar el texto ahora.

 

Hace unos días la BBC publicó una foto antigua relacionada con el informe Cassement, que desarrolló un señor inglés del mismo apellido y de nombre Roger. La historia de los viajes de Cassement por el Congo Africano y por acá por Colombia y Perú, está magistralmente narrada en “El sueño del Celta”, de Mario Vargas Llosa. La foto, tomada probablemente a finales del Siglo XIX o a principios del XX, muestra a un indígena del Congo de nombre Nsala, observando la mano y el pie amputados de su hija de cinco años. Las partes amputadas fueron dejadas por los colonos europeos como ejemplo para los demás: Un recordatorio de lo que les pasaría a todos los que no cumplieran con su cuota de caucho.

cong_hands_1904[1]

Semejante barbarie empezó de manera muy inocente y plagada de buenas intenciones. Tan buenas intenciones como las que tenían los invasores españoles en la época de la conquista, o los inquisidores de la iglesia católica, o los que decidieron crear refugios para los indígenas en Estados Unidos y así “resguardarlos”. La cosa es que al rey Leopoldo II de Bélgica le fue confiada la región del Congo Africano, para que protegiera a los nativos locales de la esclavitud. El área del Congo podía ser en esos momentos hasta setenta veces el área de Bélgica, pero no estaba densamente poblada. De hecho, había muy pocas villas o ciudades importantes, y buena parte de la población estaba distribuida en tribus a los largo del territorio, sobre todo en las cercanías del Río Congo.

 

La desgracia para los negritos congoleños llegó en 1891 cuando el francés Édouard Michelin patentó el proceso de vulcanización de caucho. Inmediatamente el caucho se convirtió en un producto altamente codiciado. Al Rey Leopoldo, que venía teniendo problemas económicos se le apareció la gallina de los huevos de oro. Ahí mismo: Cuál esclavitud ni qué esclavitud. Creo unas empresas nacionales para explotar el caucho en parte del territorio anexado de África, y cedió el resto del territorio (muy a su pesar, pero no daba abasto) a empresas multinacionales.  Los nativos estaban por decreto obligados a servir como trabajadores recolectando el preciado caucho y los contratistas y capataces tenían funciones policiales.

 

Sobra decir en qué se convirtió todo eso. Los capataces se adentraban río arriba para poder encontrar nuevas tribus y esclavizarlas. Las cuotas de caucho impuestas a los indígenas eran imposibles de cumplir, al punto, que los negritos morían en manos de los capataces y contratistas, o morían de hambre, ya que por estar recolectando el caucho no podían cazar o recoger comida. Era práctica regular matar al que no cumpliera con su “obligación” de trabajo, y a toda su familia. En algún momento, y para que los empleados de las caucheras no gastaran balas en otra cosa que no fueran los esclavos (algunos empezaron a usar las balas en actividades tan inoficiosas para la empresa como la caza), se estipuló que por cada bala gastada, debía presentarse prueba del muerto correspondiente, usualmente una oreja o una mano. La caza no se abandonó, y más bien se volvió práctica habitual mutilar a los negritos vivos, para poder justificar el parque de munición usado.

 

Lo que nos lleva a la historia del pobre Nsala. El artículo que viene con la foto cuenta que su hija y su esposa fueron asesinadas luego de la mutilación y que además fueron canibalizadas. Mientras tanto, en Bélgica, Leopoldo se convertía en uno de los hombres más ricos del mundo. Construía obras majestuosas y opulentas, al tiempo que se echaba a la gente de su país al bolsillo. Un ejemplo de altruismo y de buen gobierno para todos los países civilizados. Por supuesto que las atrocidades de África no pasaban sin que nadie en Europa se diera cuenta, pero Leopoldo había sabido untarles las manos a personas clave en los diferentes gobiernos, y el asunto no había pasado de chismes o habladurías.

 

Solo hasta cuando se publicó el informe Cassement la cuestión vino a tener relevancia internacional, y los caucheros decidieron traerse su infierno por acá al Amazonas (para esa historia también está La Vorágine, de José Eustasio Rivera). Unos años más tarde alguien descubrió que el petróleo también servía para procesos de vulcanización y el caucho dejó de tener tanta importancia en los mercados. Ahí sí, la barbarie por el caucho se barrió hacia debajo de la alfombra y aquí no ha pasado nada. Fueron tan efectivos con el tapado, que el Congo no vino a independizarse sino hasta el año 1960, a menos de una generación de distancia de cualquiera que pueda leer esto hoy en día.

 

Si me preguntan por conclusiones de la historia, diría que en general no es posible que un pueblo o grupo de personas esté muy bien (como Bélgica en esos días) si no es a costa de otros (el Congo en este caso). Pero en un mundo y en un universo en el que el desorden tiende a aumentar siempre, por muy bien que estés, la porquería siempre te termina alcanzando. Ahí está el caso del huracán Harvey en Estados Unidos. Nadie le puede atribuir solamente a la justicia poética el hecho de que el país que más contamina en este mundo haya sido golpeado por un fenómeno climático cuya virulencia es consecuencia del cambio climático.

 

Lo otro que uno se puede preguntar es de dónde sale tanta maldad. La historia del Congo viene a estar en mi top cinco de la monstruosidad humana, junto al holocausto nazi. ¿Cuál es el origen de semejante niveles de salvajismo? Parece que hemos avanzado, en el sentido de que ya no buscamos las causas de nuestros actos abyectos afuera (demonios, posesiones), sino que identificamos que hay algo en nuestra propia naturaleza (o en nuestra estructura social) que en ciertas condiciones nos puede llevar a ser muy desalmados. Si Usted, amigo lector, ha llegado a este punto del texto, seguro que también se ha hecho preguntas parecidas, en vez de asumir la posición cómoda del que no sabe nada, como hicieron muchos europeos con el Congo a principios del Siglo XX.

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