La otra guerra de medio siglo en Colombia

El Colegio Santa Librada en Cali, fue durante muchos años, el mejor colegio de la región. En el Santa Librada (que siempre ha sido un colegio público) estudiaron durante los años 50, 60 y hasta bien entrados los 70 del siglo pasado, figuras que luego serían prominentes en la política, la industria y el periodismo. Ya para los años 60, el Colegio Santa Librada empezó un camino de transformación que a la larga iba a terminar con sus buenos tiempos, y a convertirlo en el nido gamines y bajo desempeño académico que es hoy.

 

La cosa es que el Santa Librada se permeó con la tendencia que venían experimentando las universidades públicas latinoamericanas en ese momento: La postura izquierdista y reactiva frente al capitalismo y frente a la concentración del poder económico. Hace cuarenta o cincuenta años, no era extraño ver a los estudiantes del Santa Librada hombro a hombro con los de Univalle, protestando en manifestaciones o revueltas. Y ese fue el principio del fin. Los gobernantes de la región (que es la que financia al colegio hasta hoy día) entendieron que no era buen negocio político mantener en buenas condiciones una institución en la que no hacían sino criticar al poder. ¿Para qué invertir tanta plata en un colegio de revolucionarios, que no dan votos y antes se la pasan es desacreditando a los que gobiernan? Lo de brindar calidad de la educación, posible movilidad social, e iguales oportunidades para todos era accesorio. El asunto era acabar o disminuir el poder de una institución que no redituaba en términos políticos. Y así nos va.

 

Por aquellos años de gloria del Santa Librada, empezaba a librarse igualmente una discusión sobre cuál debería ser la naturaleza de la educación superior en Colombia. Había dos bandos bien definidos. El primero estaba a favor de financiar la oferta, que era básicamente el modelo con el que se venía funcionando hasta el momento. En dicho modelo, el estado proporcionaba las condiciones para mantener la calidad de unas universidades públicas prácticamente gratuitas, a las que los estudiantes podían ingresar en función de sus méritos. En el segundo modelo se propendía por financiar la demanda, lo que significa que el estado se desentiende de ofrecer servicios de educación superior, o limita la oferta al mínimo, dejando que operadores privados asuman esta labor. En este modelo, mucho más acorde con la filosofía neoliberal, si una persona sin recursos desea tener acceso a educación superior de calidad, debe recurrir a préstamos (algunos condonables) por parte del estado, que deja de ofrecer servicios de educación para convertirse en un agiotista.

 

Quizás sobra decir que con las universidades públicas del país ha pasado lo mismo que con el Colegio Santa Librada: Han representado esa facción incómoda para el gobierno de turno, que protesta y critica por todo, y que no aporta réditos políticos. No es coincidencia que el Instituto Colombiano de Crédito Educativo y Estudios Técnicos en el Exterior (ICETEX) haya sido fundado por las mismas fechas en las que se iniciaron estas discusiones. El ICETEX es un ejemplo contundente de financiación de la demanda de la educación superior. Y ya va alrededor de medio siglo de este tire y afloje entre las universidades públicas y los gobiernos, que quieren acabarlas (porque son un gasto oneroso, y porque no dan votos). Para estos gobernantes es mucho más ventajosa la postura de la financiación de la demanda, en la que papito estado le presta plata al pobre para que estudie, y el pobre, en consecuencia, tiene que estar agradecido y no puede protestar por nada.

 

Esta historia podrá dar la idea de unos gobernantes sagaces y maquiavélicos. Fríos, calculadores y pacientes, que tienen la visión del largo plazo. Pero no hay que sobreestimar a nuestros políticos. El modelo de financiación de la demanda es copia del sistema gringo, en el que actualmente un recién egresado de cualquier universidad finaliza la carrera debiendo de entrada varias decenas de miles de dólares. Las consecuencias de este modelo en un capitalismo salvaje como el de Estados Unidos son rotundas: Actualmente la burbuja financiera relacionada con los préstamos educativos en EE.UU. representa una cantidad de dinero incluso mayor que la que hizo disparar la crisis financiera en el año 2008, como consecuencia de la burbuja inmobiliaria. La otra consecuencia es que en las últimas décadas los precios de la educación superior en Estados Unidos han venido creciendo de forma cuasi exponencial. Y ese es el modelito que nos copiamos.

 

Han ocurrido varios hitos en este casi medio siglo de contrapunteo entre financiar la oferta y la demanda de la educación superior. Uno de ellos fue la firma del decreto 1279 del año 2002, que reglamenta las condiciones salariales de los profesores de todas las universidades públicas del país. Fue firmado por el presidente de turno (de cuyo nombre no quiero acordarme) un 31 de Diciembre en condiciones más bien extrañas, y generó una respuesta muy fuerte de todas las universidades públicas, que entraron a paro de forma simultánea. El otro hito importante puede parecer más familiar para alguien que no está familiarizado con esta historia: Ser Pilo Paga (SPP). Es un programa orientado a financiar la demanda. El dinero público se usa como préstamo condonable para pagar las matrículas y sostenimiento de los mejores estudiantes del país de estratos 1, 2 y 3. Casi la mitad de ese dinero se dirige en forma de pago de matrículas a las universidades privadas, que están en una posición muy cómoda: Reciben recursos públicos sin asumir ningún compromiso, mientras que los estudiantes quedan enredados en un préstamo cuantioso (las universidades privadas manejan tasas de matrícula mucho más altas). Perdón si soy muy enfático en este aspecto del programa de los pilos: Dinero público (de todos nosotros) que entra a las arcas de operadores privados, y si algo sale mal, el que paga el pato es un muchacho humilde que lo que quería en principio era estudiar para mejorar sus condiciones de vida.

 

Se pueden mencionar otras perlitas del proyecto SPP, como el carácter populista con el que el gobierno se soba chaleco para decir que está ayudando a los pobres a estudiar. Lo que no dicen en la presidencia es que con el dinero que se usará en SPP cuando esté en pleno funcionamiento, se podrían financiar todas las universidades públicas del país, y sobraría plata. Además del pequeño detalle que las universidades públicas tienen una cobertura diez veces mayor a la de SPP y han venido teniendo problemas económicos últimamente (qué conveniente). Otro motivo de vergüenza ajena es el matoneo que los estudiantes tradicionales de universidades privadas (léase: estudiantes con dinero) le hacen a los pobres becados de SPP. La Universidad de los Andes por ejemplo (la más cara y por tanto la mejor del país), tuvo que intervenir el año pasado para evitar las burlas y descalificaciones de los estudiantes pilos por redes sociales, y hasta tuvieron que crear un programa de acogida y adaptación de estos estudiantes. Todo esto mientras que el rector de Uniandes dice que su universidad reciba más plata del estado que cualquier universidad pública.

 

Por todo lo anterior, si hoy le toca el trancón de las protestas por SPP, ya vio el noticiero de Caracol y RCN, y tiene claro que los que protestan son un montón de loquitos resentidos castro–chavistas (o de la far), téngales un poquito de paciencia. Ellos están peleando una guerra que se viene perdiendo hace más de cincuenta años.

 

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