Los titanes, la marmota y el tiempo

Cronos es el dios del tiempo. En la mitología griega es además el rey de los titanes y padre de los tres dioses principales del Olimpo: Zeus, Hades y Poseidón. Los tres retoñitos tuvieron que enfrentarse y derrocar a su padre, quien había cogido la fea costumbre de comerse a su descendencia. En las representaciones antiguas, Cronos es dibujado con formas humanas y portando una hoz en su mano, lo que es consistente  con la etimología de su nombre, ya que la palabra Cronos proviene del verbo cortar. No es coincidencia que Cronos sea referido en muchos textos antiguos como “el que corta el cielo”, y que la hoz haya sido la herramienta que usó para matar a su padre Urano (en esos tiempos el parricidio como que estaba de moda entre los dioses).

El asunto de asociar al dios del tiempo con una hoja filosa no parece incidental. El tiempo se comporta como ese instrumento agudo y cortante que a su paso va separando lo que fue, de lo que todavía no es. Será por eso que para las personas es tan difícil mantener el balance en el presente, y generalmente terminamos inclinados hacia alguno de los dos lados: mirando, extrañando y lamentando el pasado, o anticipando e idealizando inútilmente el futuro. El filo del tiempo presente es efímero, resbaladizo, inalcanzable: Caer para cualquiera de los dos lados es como la maldición inevitable de nuestra conciencia, como el canto de sirenas que sabemos que no nos ayuda, pero que tampoco queremos evitar.

Y como ya sabemos consciente o inconscientemente que el presente no se puede alcanzar, las personas nos obsesionamos por controlar los otros extremos de este sube y baja que nos gobierna. Por poner algunos ejemplos de diferentes contextos: La teoría de la relatividad de Einstein, la “Máquina del tiempo” de H. G. Wells, la propia mitología griega y todas las religiones, Nostradamus, el psicoanálisis, la historia, las pitonisas y los profetas… Todos intentos humanos por entender el tiempo, por ponerle riendas al futuro o regular lo que heredamos del pasado, por poder transitar impunemente entre dos extremos cuya frontera es, de manera natural, inalcanzable.

Los habituales de este spam podrán recordar cómo Einstein se imaginó el espacio–tiempo como un tejido que se puede curvar, y que si la curva está suficientemente pronunciada, se abre la posibilidad teórica de regresar al pasado. Los viajes al futuro son mucho más sencillos: Simplemente párese al lado de un objeto con suficiente masa, o emprenda un viaje a una velocidad razonablemente alta, y verá como el tiempo se acelera para Usted, con respecto a un observador estático. Todos los niños de mi generación se criaron imaginándose montados en un Delorean a 55 millas por hora, alterando el curso de los hechos y volviendo a un futuro renovado.

Y de eso trata el mensaje no deseado de hoy: De películas. Tanto carretazo filosófico y mitológico para terminar hablando de la frivolidad del cine. Ignoremos el hecho de que ante la angustia de no poderse mantener en el presente, la idea de una película o de cualquier frivolidad que sirva de escape, ayuda tanto como le ayudó a Ulises el canto hechizante de las sirenas. ¿Pero qué pasa si la frivolidad o el sofisma exploran precisamente la tentadora idea de capturar el filo del tiempo?

Es posible rastrear varios intentos de película por explotar esta idea. Para mí el más afortunado es “El Día de la Marmota” o “Hechizo del Tiempo”, como le pusieron por acá. En la película se puede ver a Bill Murray en su mejor momento como actor, haciendo de un tipo egoísta que por algún misterio cósmico queda condenado a vivir el mismo día una y otra vez. Retener el presente por un día augura un resultado feliz en la película. El personaje de Murray aprende a ser mejor persona a medida que repite el mismo día (el de la marmota), al tiempo que aprende de escultura, seguros, medicina, música, y sobre cómo enamorar a la mujer que le gusta. En algunos foros de internet se ha especulado que la mera habilidad de tocar el piano, costaría alrededor de diez años de práctica en tiempo regular.

Hace un par de años hubo un intento de copia pobre de la historia del Día de la Marmota. Esta vez era Tom Cruise el supuesto condenado a vivir el mismo día una y otra vez, y a evolucionar (si se permite el término) hacia la perfección. La película se llamó “Al filo del mañana” y por añadidura a la historia original le agregaron extraterrestres y batallas con espadas y ametralladoras. Una fórmula que no tiene pierde.

Ahora han estrenado otra película que también explota la idea de atrapar el mismo día para siempre, pero esta vez con un toquecito de “Sé lo que hicieron el verano pasado” o “Destino Final”. Con “Feliz día de tu muerte” se llega a la triste conclusión que incluso una idea que se puede explotar de muchas formas interesantes, puede producir un bodrio como el que están proyectando en estos momentos. No hay que subestimar nunca la habilidad de los gringos para explotar algo bueno al punto del hastío. De todas formas, la película es recomendable si el objetivo es simplemente pasar el tiempo.

 

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