Los titanes, la marmota y el tiempo

Cronos es el dios del tiempo. En la mitología griega es además el rey de los titanes y padre de los tres dioses principales del Olimpo: Zeus, Hades y Poseidón. Los tres retoñitos tuvieron que enfrentarse y derrocar a su padre, quien había cogido la fea costumbre de comerse a su descendencia. En las representaciones antiguas, Cronos es dibujado con formas humanas y portando una hoz en su mano, lo que es consistente  con la etimología de su nombre, ya que la palabra Cronos proviene del verbo cortar. No es coincidencia que Cronos sea referido en muchos textos antiguos como “el que corta el cielo”, y que la hoz haya sido la herramienta que usó para matar a su padre Urano (en esos tiempos el parricidio como que estaba de moda entre los dioses).

El asunto de asociar al dios del tiempo con una hoja filosa no parece incidental. El tiempo se comporta como ese instrumento agudo y cortante que a su paso va separando lo que fue, de lo que todavía no es. Será por eso que para las personas es tan difícil mantener el balance en el presente, y generalmente terminamos inclinados hacia alguno de los dos lados: mirando, extrañando y lamentando el pasado, o anticipando e idealizando inútilmente el futuro. El filo del tiempo presente es efímero, resbaladizo, inalcanzable: Caer para cualquiera de los dos lados es como la maldición inevitable de nuestra conciencia, como el canto de sirenas que sabemos que no nos ayuda, pero que tampoco queremos evitar.

Y como ya sabemos consciente o inconscientemente que el presente no se puede alcanzar, las personas nos obsesionamos por controlar los otros extremos de este sube y baja que nos gobierna. Por poner algunos ejemplos de diferentes contextos: La teoría de la relatividad de Einstein, la “Máquina del tiempo” de H. G. Wells, la propia mitología griega y todas las religiones, Nostradamus, el psicoanálisis, la historia, las pitonisas y los profetas… Todos intentos humanos por entender el tiempo, por ponerle riendas al futuro o regular lo que heredamos del pasado, por poder transitar impunemente entre dos extremos cuya frontera es, de manera natural, inalcanzable.

Los habituales de este spam podrán recordar cómo Einstein se imaginó el espacio–tiempo como un tejido que se puede curvar, y que si la curva está suficientemente pronunciada, se abre la posibilidad teórica de regresar al pasado. Los viajes al futuro son mucho más sencillos: Simplemente párese al lado de un objeto con suficiente masa, o emprenda un viaje a una velocidad razonablemente alta, y verá como el tiempo se acelera para Usted, con respecto a un observador estático. Todos los niños de mi generación se criaron imaginándose montados en un Delorean a 55 millas por hora, alterando el curso de los hechos y volviendo a un futuro renovado.

Y de eso trata el mensaje no deseado de hoy: De películas. Tanto carretazo filosófico y mitológico para terminar hablando de la frivolidad del cine. Ignoremos el hecho de que ante la angustia de no poderse mantener en el presente, la idea de una película o de cualquier frivolidad que sirva de escape, ayuda tanto como le ayudó a Ulises el canto hechizante de las sirenas. ¿Pero qué pasa si la frivolidad o el sofisma exploran precisamente la tentadora idea de capturar el filo del tiempo?

Es posible rastrear varios intentos de película por explotar esta idea. Para mí el más afortunado es “El Día de la Marmota” o “Hechizo del Tiempo”, como le pusieron por acá. En la película se puede ver a Bill Murray en su mejor momento como actor, haciendo de un tipo egoísta que por algún misterio cósmico queda condenado a vivir el mismo día una y otra vez. Retener el presente por un día augura un resultado feliz en la película. El personaje de Murray aprende a ser mejor persona a medida que repite el mismo día (el de la marmota), al tiempo que aprende de escultura, seguros, medicina, música, y sobre cómo enamorar a la mujer que le gusta. En algunos foros de internet se ha especulado que la mera habilidad de tocar el piano, costaría alrededor de diez años de práctica en tiempo regular.

Hace un par de años hubo un intento de copia pobre de la historia del Día de la Marmota. Esta vez era Tom Cruise el supuesto condenado a vivir el mismo día una y otra vez, y a evolucionar (si se permite el término) hacia la perfección. La película se llamó “Al filo del mañana” y por añadidura a la historia original le agregaron extraterrestres y batallas con espadas y ametralladoras. Una fórmula que no tiene pierde.

Ahora han estrenado otra película que también explota la idea de atrapar el mismo día para siempre, pero esta vez con un toquecito de “Sé lo que hicieron el verano pasado” o “Destino Final”. Con “Feliz día de tu muerte” se llega a la triste conclusión que incluso una idea que se puede explotar de muchas formas interesantes, puede producir un bodrio como el que están proyectando en estos momentos. No hay que subestimar nunca la habilidad de los gringos para explotar algo bueno al punto del hastío. De todas formas, la película es recomendable si el objetivo es simplemente pasar el tiempo.

 

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Sobre lo poco ético de prometer desnudos y no cumplir

Un buen terapeuta le dirá que estar rumiando el pasado o anticipando el futuro es un desperdicio de energía, un generador de expectativas innecesarias, y a la larga motivo de frustraciones o culpas evitables. De carambola el mismo terapeuta también le recomendaría que si Usted es proclive a la depresión o a la tristeza, no le conviene estar sumergido en historias oscuras o pesimistas. Valga entonces la pena advertir por adelantado que si Usted se ajusta al perfil de aquellos que necesitan terapia, que en estos días parece abarcar a todo el mundo, quizás no sea conveniente que continúe con el mensaje de spam que está leyendo. De pronto sea mejor parar en seco ahora y ponerse a trabajar (que dicho sea de paso, es lo que debería estar haciendo este servidor), que tener que contar tristezas recostado en un diván después. A pesar de mi inconsciente deseo narcisista de ser leído por los que todavía no me ponen en la lista de correo no deseado, prefiero sinceramente ver a los destinatarios de este mensaje ahorrando su energía vital, y robarle clientes a los del Valium. Ignórese la contradicción que implica mandar el mensaje en primer lugar.

 

En todo caso, y luego de la advertencia del principio para no continuar leyendo (que curiosamente se está volviendo muy frecuente), aclaro que este mensaje trata sobre cine. Y más particularmente sobre un género que hasta hace relativamente poco supe que se llamaba o cine negro o noir. Busqué en Wikipedia y resulta que la definición de este género es bastante difusa, aunque sí se pueden identificar varios ingredientes comunes: Historias oscuras relacionadas generalmente con el crimen organizado, una estética impecable, y un arcoíris de tonalidades en gris en las que uno no termina de identificar bien quienes son los buenos y quienes los malos. Hay eso sí una característica común que no aparece con respecto al cine negro en Wikipedia (al menos para mí): Que de manera casi imperceptible y subyacente, las películas de cine negro plantean una cuestión existencial muy profunda, fundamental.

 

Tarde me vine a dar cuenta que muchas de las pelis que me mueven el piso terminan aforadas en esta categoría de cine noir: El Padrino, Carlito’s way, Casino, Touch of evil, etc. Este año se cumplen veinte años del estreno de una de esas películas, que yo me atrevo a decir que está entre mis cinco favoritas de todos los tiempos. El título en inglés fue L. A. Confidential, pero aquí por razones comerciales y para arrastrar más público le pusieron disque “Los Ángeles al desnudo”. Reconozco que el título puede ser engañoso, y de hecho muchos de mis contemporáneos dirán que la peli es más bien malita, seguro por aquello de las falsas expectativas, y de los desnudos que se prometen tácitamente en el título. Y aunque está Kim Bassinger y habrá una que otra escena fuertecita para los estándares de la época, la película no va por ahí.

 

Yo en cambio enfatizo convencido que la peli es de lo mejorcito de los años 90. Ahora mismo le podría botar corriente a la historia, a la crítica que en ella hacen de la sociedad del show y del cine, a los cinco o seis actorazos que trabajan impecablemente en la película, o a la producción y a la música, pero prefiero concentrarme en eso que no menciona la Wikipedia, y que luego tendrán que corregir si hay justicia en este mundo virtual y electrónico: Para mí la cuestión subyacente con L. A. Confidential es cuál es el origen de lo que percibimos como malo en el mundo. ¿Estamos las personas inherentemente predestinadas al bien o al mal? ¿Es lícito ir cediendo en cuestiones éticas al vaivén de lo que dicta el mundo, ir moviendo la línea que separa lo que se debe o no se debe hacer?

 

La respuesta a esas preguntas no la sé, y seguro que la película tampoco contesta nada de forma definitiva, aunque sí deja a mi juicio un saborcito pesimista. Si uno lo pone en términos filosóficos, creo que la película plantea la eterna y no resuelta disyuntiva entre ética y moral. Y aunque un humanista o un filósofo se podrían estar frotando las manos en este punto, mi ingenierito interior corta de plano con este rollo más bien incómodo, y hace notar que quizás este asunto tan pesado del bien y del mal, de la ética y la moral, es la razón por la cual la peli no cayó muy bien en Latinoamérica, en donde asistíamos en su momento un poco de jóvenes con las hormonas alborotadas para ver ángeles al desnudo.

 

En todo caso, y aprovechando los veinte años de la película, seguro que de pronto la ponen en estos supercanales de la parabólica, donde les encanta rumiar vejestorios. Si ese es el caso, recomiendo la película sinceramente, seguro que uno la puede disfrutar de muchas maneras diferentes. Y hablando de rumiar vejestorios del pasado, ¿estos que hacen la programación de los canales, es que no tienen terapeuta?

 

La otra guerra de medio siglo en Colombia

El Colegio Santa Librada en Cali, fue durante muchos años, el mejor colegio de la región. En el Santa Librada (que siempre ha sido un colegio público) estudiaron durante los años 50, 60 y hasta bien entrados los 70 del siglo pasado, figuras que luego serían prominentes en la política, la industria y el periodismo. Ya para los años 60, el Colegio Santa Librada empezó un camino de transformación que a la larga iba a terminar con sus buenos tiempos, y a convertirlo en el nido gamines y bajo desempeño académico que es hoy.

 

La cosa es que el Santa Librada se permeó con la tendencia que venían experimentando las universidades públicas latinoamericanas en ese momento: La postura izquierdista y reactiva frente al capitalismo y frente a la concentración del poder económico. Hace cuarenta o cincuenta años, no era extraño ver a los estudiantes del Santa Librada hombro a hombro con los de Univalle, protestando en manifestaciones o revueltas. Y ese fue el principio del fin. Los gobernantes de la región (que es la que financia al colegio hasta hoy día) entendieron que no era buen negocio político mantener en buenas condiciones una institución en la que no hacían sino criticar al poder. ¿Para qué invertir tanta plata en un colegio de revolucionarios, que no dan votos y antes se la pasan es desacreditando a los que gobiernan? Lo de brindar calidad de la educación, posible movilidad social, e iguales oportunidades para todos era accesorio. El asunto era acabar o disminuir el poder de una institución que no redituaba en términos políticos. Y así nos va.

 

Por aquellos años de gloria del Santa Librada, empezaba a librarse igualmente una discusión sobre cuál debería ser la naturaleza de la educación superior en Colombia. Había dos bandos bien definidos. El primero estaba a favor de financiar la oferta, que era básicamente el modelo con el que se venía funcionando hasta el momento. En dicho modelo, el estado proporcionaba las condiciones para mantener la calidad de unas universidades públicas prácticamente gratuitas, a las que los estudiantes podían ingresar en función de sus méritos. En el segundo modelo se propendía por financiar la demanda, lo que significa que el estado se desentiende de ofrecer servicios de educación superior, o limita la oferta al mínimo, dejando que operadores privados asuman esta labor. En este modelo, mucho más acorde con la filosofía neoliberal, si una persona sin recursos desea tener acceso a educación superior de calidad, debe recurrir a préstamos (algunos condonables) por parte del estado, que deja de ofrecer servicios de educación para convertirse en un agiotista.

 

Quizás sobra decir que con las universidades públicas del país ha pasado lo mismo que con el Colegio Santa Librada: Han representado esa facción incómoda para el gobierno de turno, que protesta y critica por todo, y que no aporta réditos políticos. No es coincidencia que el Instituto Colombiano de Crédito Educativo y Estudios Técnicos en el Exterior (ICETEX) haya sido fundado por las mismas fechas en las que se iniciaron estas discusiones. El ICETEX es un ejemplo contundente de financiación de la demanda de la educación superior. Y ya va alrededor de medio siglo de este tire y afloje entre las universidades públicas y los gobiernos, que quieren acabarlas (porque son un gasto oneroso, y porque no dan votos). Para estos gobernantes es mucho más ventajosa la postura de la financiación de la demanda, en la que papito estado le presta plata al pobre para que estudie, y el pobre, en consecuencia, tiene que estar agradecido y no puede protestar por nada.

 

Esta historia podrá dar la idea de unos gobernantes sagaces y maquiavélicos. Fríos, calculadores y pacientes, que tienen la visión del largo plazo. Pero no hay que sobreestimar a nuestros políticos. El modelo de financiación de la demanda es copia del sistema gringo, en el que actualmente un recién egresado de cualquier universidad finaliza la carrera debiendo de entrada varias decenas de miles de dólares. Las consecuencias de este modelo en un capitalismo salvaje como el de Estados Unidos son rotundas: Actualmente la burbuja financiera relacionada con los préstamos educativos en EE.UU. representa una cantidad de dinero incluso mayor que la que hizo disparar la crisis financiera en el año 2008, como consecuencia de la burbuja inmobiliaria. La otra consecuencia es que en las últimas décadas los precios de la educación superior en Estados Unidos han venido creciendo de forma cuasi exponencial. Y ese es el modelito que nos copiamos.

 

Han ocurrido varios hitos en este casi medio siglo de contrapunteo entre financiar la oferta y la demanda de la educación superior. Uno de ellos fue la firma del decreto 1279 del año 2002, que reglamenta las condiciones salariales de los profesores de todas las universidades públicas del país. Fue firmado por el presidente de turno (de cuyo nombre no quiero acordarme) un 31 de Diciembre en condiciones más bien extrañas, y generó una respuesta muy fuerte de todas las universidades públicas, que entraron a paro de forma simultánea. El otro hito importante puede parecer más familiar para alguien que no está familiarizado con esta historia: Ser Pilo Paga (SPP). Es un programa orientado a financiar la demanda. El dinero público se usa como préstamo condonable para pagar las matrículas y sostenimiento de los mejores estudiantes del país de estratos 1, 2 y 3. Casi la mitad de ese dinero se dirige en forma de pago de matrículas a las universidades privadas, que están en una posición muy cómoda: Reciben recursos públicos sin asumir ningún compromiso, mientras que los estudiantes quedan enredados en un préstamo cuantioso (las universidades privadas manejan tasas de matrícula mucho más altas). Perdón si soy muy enfático en este aspecto del programa de los pilos: Dinero público (de todos nosotros) que entra a las arcas de operadores privados, y si algo sale mal, el que paga el pato es un muchacho humilde que lo que quería en principio era estudiar para mejorar sus condiciones de vida.

 

Se pueden mencionar otras perlitas del proyecto SPP, como el carácter populista con el que el gobierno se soba chaleco para decir que está ayudando a los pobres a estudiar. Lo que no dicen en la presidencia es que con el dinero que se usará en SPP cuando esté en pleno funcionamiento, se podrían financiar todas las universidades públicas del país, y sobraría plata. Además del pequeño detalle que las universidades públicas tienen una cobertura diez veces mayor a la de SPP y han venido teniendo problemas económicos últimamente (qué conveniente). Otro motivo de vergüenza ajena es el matoneo que los estudiantes tradicionales de universidades privadas (léase: estudiantes con dinero) le hacen a los pobres becados de SPP. La Universidad de los Andes por ejemplo (la más cara y por tanto la mejor del país), tuvo que intervenir el año pasado para evitar las burlas y descalificaciones de los estudiantes pilos por redes sociales, y hasta tuvieron que crear un programa de acogida y adaptación de estos estudiantes. Todo esto mientras que el rector de Uniandes dice que su universidad reciba más plata del estado que cualquier universidad pública.

 

Por todo lo anterior, si hoy le toca el trancón de las protestas por SPP, ya vio el noticiero de Caracol y RCN, y tiene claro que los que protestan son un montón de loquitos resentidos castro–chavistas (o de la far), téngales un poquito de paciencia. Ellos están peleando una guerra que se viene perdiendo hace más de cincuenta años.

 

Una historia (no) muy recomendable

Esto de ser adicto a la información inútil tiene su karma, sobre todo cuando a uno le toca enfrentarse a cosas de las que en principio no quisiera saber. Por eso, si Usted es de estómago sensible, o aborrece esas historias de dolor y crueldad humanos, le recomiendo no seguir con esta lectura. Haga de cuenta que es un spoiler, pero de los buenos. Algunos no somos capaces (llámese masoquismo) de voltear la vista para otro lado, pero si es para estarse arrepintiendo después con el corazón comprimido de haber leído cosas desagradables, quizás sea mejor dejar el texto ahora.

 

Hace unos días la BBC publicó una foto antigua relacionada con el informe Cassement, que desarrolló un señor inglés del mismo apellido y de nombre Roger. La historia de los viajes de Cassement por el Congo Africano y por acá por Colombia y Perú, está magistralmente narrada en “El sueño del Celta”, de Mario Vargas Llosa. La foto, tomada probablemente a finales del Siglo XIX o a principios del XX, muestra a un indígena del Congo de nombre Nsala, observando la mano y el pie amputados de su hija de cinco años. Las partes amputadas fueron dejadas por los colonos europeos como ejemplo para los demás: Un recordatorio de lo que les pasaría a todos los que no cumplieran con su cuota de caucho.

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Semejante barbarie empezó de manera muy inocente y plagada de buenas intenciones. Tan buenas intenciones como las que tenían los invasores españoles en la época de la conquista, o los inquisidores de la iglesia católica, o los que decidieron crear refugios para los indígenas en Estados Unidos y así “resguardarlos”. La cosa es que al rey Leopoldo II de Bélgica le fue confiada la región del Congo Africano, para que protegiera a los nativos locales de la esclavitud. El área del Congo podía ser en esos momentos hasta setenta veces el área de Bélgica, pero no estaba densamente poblada. De hecho, había muy pocas villas o ciudades importantes, y buena parte de la población estaba distribuida en tribus a los largo del territorio, sobre todo en las cercanías del Río Congo.

 

La desgracia para los negritos congoleños llegó en 1891 cuando el francés Édouard Michelin patentó el proceso de vulcanización de caucho. Inmediatamente el caucho se convirtió en un producto altamente codiciado. Al Rey Leopoldo, que venía teniendo problemas económicos se le apareció la gallina de los huevos de oro. Ahí mismo: Cuál esclavitud ni qué esclavitud. Creo unas empresas nacionales para explotar el caucho en parte del territorio anexado de África, y cedió el resto del territorio (muy a su pesar, pero no daba abasto) a empresas multinacionales.  Los nativos estaban por decreto obligados a servir como trabajadores recolectando el preciado caucho y los contratistas y capataces tenían funciones policiales.

 

Sobra decir en qué se convirtió todo eso. Los capataces se adentraban río arriba para poder encontrar nuevas tribus y esclavizarlas. Las cuotas de caucho impuestas a los indígenas eran imposibles de cumplir, al punto, que los negritos morían en manos de los capataces y contratistas, o morían de hambre, ya que por estar recolectando el caucho no podían cazar o recoger comida. Era práctica regular matar al que no cumpliera con su “obligación” de trabajo, y a toda su familia. En algún momento, y para que los empleados de las caucheras no gastaran balas en otra cosa que no fueran los esclavos (algunos empezaron a usar las balas en actividades tan inoficiosas para la empresa como la caza), se estipuló que por cada bala gastada, debía presentarse prueba del muerto correspondiente, usualmente una oreja o una mano. La caza no se abandonó, y más bien se volvió práctica habitual mutilar a los negritos vivos, para poder justificar el parque de munición usado.

 

Lo que nos lleva a la historia del pobre Nsala. El artículo que viene con la foto cuenta que su hija y su esposa fueron asesinadas luego de la mutilación y que además fueron canibalizadas. Mientras tanto, en Bélgica, Leopoldo se convertía en uno de los hombres más ricos del mundo. Construía obras majestuosas y opulentas, al tiempo que se echaba a la gente de su país al bolsillo. Un ejemplo de altruismo y de buen gobierno para todos los países civilizados. Por supuesto que las atrocidades de África no pasaban sin que nadie en Europa se diera cuenta, pero Leopoldo había sabido untarles las manos a personas clave en los diferentes gobiernos, y el asunto no había pasado de chismes o habladurías.

 

Solo hasta cuando se publicó el informe Cassement la cuestión vino a tener relevancia internacional, y los caucheros decidieron traerse su infierno por acá al Amazonas (para esa historia también está La Vorágine, de José Eustasio Rivera). Unos años más tarde alguien descubrió que el petróleo también servía para procesos de vulcanización y el caucho dejó de tener tanta importancia en los mercados. Ahí sí, la barbarie por el caucho se barrió hacia debajo de la alfombra y aquí no ha pasado nada. Fueron tan efectivos con el tapado, que el Congo no vino a independizarse sino hasta el año 1960, a menos de una generación de distancia de cualquiera que pueda leer esto hoy en día.

 

Si me preguntan por conclusiones de la historia, diría que en general no es posible que un pueblo o grupo de personas esté muy bien (como Bélgica en esos días) si no es a costa de otros (el Congo en este caso). Pero en un mundo y en un universo en el que el desorden tiende a aumentar siempre, por muy bien que estés, la porquería siempre te termina alcanzando. Ahí está el caso del huracán Harvey en Estados Unidos. Nadie le puede atribuir solamente a la justicia poética el hecho de que el país que más contamina en este mundo haya sido golpeado por un fenómeno climático cuya virulencia es consecuencia del cambio climático.

 

Lo otro que uno se puede preguntar es de dónde sale tanta maldad. La historia del Congo viene a estar en mi top cinco de la monstruosidad humana, junto al holocausto nazi. ¿Cuál es el origen de semejante niveles de salvajismo? Parece que hemos avanzado, en el sentido de que ya no buscamos las causas de nuestros actos abyectos afuera (demonios, posesiones), sino que identificamos que hay algo en nuestra propia naturaleza (o en nuestra estructura social) que en ciertas condiciones nos puede llevar a ser muy desalmados. Si Usted, amigo lector, ha llegado a este punto del texto, seguro que también se ha hecho preguntas parecidas, en vez de asumir la posición cómoda del que no sabe nada, como hicieron muchos europeos con el Congo a principios del Siglo XX.

La consulta

–          Buenas tardes señor amazónico, muchas gracias por atenderme. Me lo recomendaron muy bien.

–          Mi nombre de pila es Elkin, dígame así mejor. Patricia me dijo que Usted viene por un asunto de angustia existencial…

–          ¿Patricia?

–          Sí, la niña de la recepción. Le cuento que acá tratamos mucho ese problema, y hasta ahora no hemos tenido quejas. Pero, cuénteme: ¿Será una inquietud kafkiana? ¿De esas en las que uno siente que se está volviendo un ser completamente ajeno al entorno y a sí mismo?

–          Pues yo creo que sí señor indio… eso se parece a lo mío

–          Ah bueno, porque siendo así no necesito sino recetarle unas goticas de valeriana y unas infusiones, y va a ver Usted como deja de ver el insecto gigante en el espejo. Claro que también podría ser un problema faústico, en el que la angustia se manifiesta porque Usted siente que tomó una mala decisión como estilo de vida, que empeñó su alma en algo que a la larga no ha valido la pena.

–          Ay sí señor, eso también me suena mucho…

–          Bueno, si ese es el caso me tocaría recetarle también un ungüento de Cannabis, para que se lo aplique en la sien cada que empiece a sentir la ansiedad.

–          Si don amazónico, deme de eso también…

–          ¡Dígame Elkin no más! En último caso, Usted podría tener impulsos nihilistas, y por eso los problemas existenciales. A lo mejor no le encuentra sentido al mundo que lo rodea, ni a la sociedad, ni a dios, ni a nada. En esos casos sí toca hacer un preparado de romero y láudano, y poner hojas de mataratón debajo de la almohada, para que Nietzsche no se le vuelva a meter ni en los sueños.

–          Yo creo que me voy a llevar todo el paquete… por si las dudas. Es mejor no dejar nada suelto por ahí.

–          Bueno déjese tratar y verá cómo le acabamos todos esos conflictos existenciales. Ahorita me hace el favor y pasa con esta fórmula donde Patricia, para que le cotice el tratamiento. Le cuento que también tenemos a la venta productos de Herbalife, para que complemente su nuevo yo con una mejor figura.

–          Muchas gracias don Edwin, muy amable.

Mi misión en el tiempo

¿Me pregunta Usted a mí, por su misión en el mundo? ¿Me vio cara de chamán, sacerdote, psicólogo o político? Yo no le puedo contestar esa pregunta. Esa pregunta solo la preguntan los que tienen un pie en el psiquiátrico, y el otro pie en una cáscara de banano. No sea atrevido, no me pregunte por cosas para las que no tengo respuesta. Vaya estudie ontología, o métase a una iglesia, o pregúntele a un especialista en coaching a ver qué le dice. Preguntarle a un ignorante por la verdad es casi tan cruel como comer delante de un muerto de hambre.

 

Sí le puedo decir una cosa: Este Universo funciona siempre en la misma dirección, con o sin nosotros, y esa dirección es la que incrementa el desorden y el caos. No sabría explicar por qué motivos, o si es premeditado, pero todas las cosas que pasan, pasan para que el desbarajuste y el enredo empeoren. Está probado científicamente, es un proceso irreversible hasta donde se sabe. Parece haber algunas regiones, ciertas partes minúsculas del Universo que se escapan temporalmente del galimatías universal, en donde aparentemente hay cierto orden, cierta concentración de recursos, incluso vida. Pero ahí estamos los humanos, acelerando el proceso de destrucción en el único lugar que conocemos que nos puede sustentar como especie. De todas formas no sería justo decir que nuestra misión es acelerar ese deterioro, el Universo lo haría igual con o sin nuestra ayuda. Por ahí no va su respuesta.

 

Que nuestra misión va en el sentido contrario, en el de proteger y mejorar las cosas, es una contradicción. Afirmar eso sería perder el partido antes de empezarlo. Ya le dije que la destrucción y el caos son inevitables, ¿quién en su sano juicio le encomendaría a la humanidad algo que de entrada es imposible? Olvídese de ese cuentico de que el mundo nos fue confiado para cuidarlo. Eso les ha funcionado bien a unos cuantos oportunistas en la historia para poder explotar y saquear sin remordimientos, pero se cae por su propio peso.

 

Ese incremento constante de la Entropía en el Universo tiene que ver con el paso del tiempo. Hay quienes afirman que donde el desorden se pudiera revertir, uno percibiría las cosas como en una película reproducida al revés: Vería el pocillo recomponerse en el piso a partir de sus pedazos, y vería al café meterse dentro, y subirse juntos al borde de la mesa. El tiempo es tan constante como el desorden, siempre fluye en la misma dirección. Por eso esa es otra pelea perdida desde antes de empezar, no podemos devolver el tiempo tampoco.

 

No le tengo que explicar cómo es que operamos las personas. Nos aprovechamos de situaciones en las que el desorden no ha actuado todavía, en donde hay cierta cantidad de recursos acumulados, y generamos caos y deterioro para poder sobrevivir. Quizás no sea nuestra misión en el Universo, pero el avance del caos es lo que nos mantiene con vida. Así mismo pasa con el tiempo: Su avance es lo que nos hace vivir. El avance del tiempo es una constante en todo lo que hacemos, y lo sería también en nuestra misión, si es que existe alguna. Somos como relojes de arena, funcionamos en la medida en la que el tiempo pasa. Los relojes de arena humanos recibimos tiempo y producimos anarquía como resultado.

 

La esperanza de muchos es que ese caos producido y ese tiempo dilapidado tengan algún propósito, algún significado. Que en el proceso de agotar nuestros relojes de arena, cada humano haga algo memorable, o que al menos valga la pena, por lo costoso (en términos entrópicos) que fue su paso por este Universo. La cosa es que no hemos podido dar con esa misión indiscutible de nuestra especie. Cada uno le apunta a lo que cree más conveniente. Muchos se enfocan en motivos meramente egoístas y otros pasan de largo sin siquiera hacerse la pregunta que me está formulando Usted hoy.

 

Le repito que no le tengo respuesta. No me haga perder más mi tiempo.

El perverso ciclo de la conciencia

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La ignorancia es felicidad. Lo dicen fuentes tan creíbles como el Dr. House, el poeta Thomas Gray, o el calvito de Matrix. Aunque habría que cambiar la frase, porque no es la ignorancia lo que nos hace felices, sino la falta de memoria. Basta con que esta rueda de hámster en la que andamos todos sea lo suficientemente grande, o que asimilemos la filosofía moderna de vivir solo el momento, para que todo lo que se nos presente parezca desconocido. Como el pececito que vive sin mayor estrés en un espacio diminuto, porque no es capaz de recordar más allá de unos segundos en el pasado. Para saber de algo, cualquier cosa, no hay que adentrarse en lo inexplorado, sino dominar el fino arte de mirar hacia atrás.

Nietzsche decía que el tiempo es un círculo plano. Luego apareció otro alemán que descubrió que el tiempo y el espacio están entrelazados en un tejido inseparable, y que en presencia de masa (o de energía, que viene siendo lo mismo), dicho tejido se curva. Pobres diablos como somos, y restringidos a una percepción tridimensional como estamos, solo somos capaces de advertir la consecuencia natural de dicha curvatura, pero no la curvatura en sí misma. Por eso es que nos hacemos ilusiones con la novedad y admiramos lo original de nuestras vidas.

Quizás en el futuro aparezca alguien (a lo mejor otro alemán) capaz de ver por primera vez la curvatura del universo y darle la razón a Nietzsche, diciendo que el universo es curvo y cerrado sobre sí mismo; Que avanzar en una dirección en línea recta inevitablemente nos llevará con el tiempo a volver a cruzar la posición de inicio; Que todos los ciclos: naturales, humanos, sociales, metabólicos, económicos, culturales, y demás, no son sino copias pobres de la naturaleza propia del infinito; Que cuando se puede ver más allá de las tres dimensiones, el tiempo deja de tener significado, porque se pueden percibir simultáneamente el pasado, el presente y el futuro… Lo otro que puede pasar es que Nietzsche estuviera equivocado y que la curvatura del universo no sea cerrada.

En todo caso y volviendo al tema, no creo que este alemán pandimensional vaya a ser más feliz por saber todas estas cosas. No se podría esperar que el hámster o el pececito queden agradecidos por explicarles que están en la inmunda. Y sin embargo, como dice Sabina, aquí estamos: especulando sobre la naturaleza precisa de nuestra cárcel de tres dimensiones e inventando experimentos cada vez más elaborados, esperando que en algún momento ese dardo tirado a ciegas y en la oscuridad dé en el blanco. En el mejor de los casos esta curiosidad malsana nos va a servir para constatar lo que muchos sospechamos hace rato: Que no somos precisamente milagros de una creación consciente, que no tenemos destinación especial, y que estamos condenados a la maldición de repetir hasta el infinito la misma historia. La idea de crear un ser tan limitado como el hombre y envenenarlo con un ímpetu curioso sobre su propia desgracia, demuestra lo poco probable de la existencia de un ente superior racional, mucho menos misericordioso.

Y entonces, ¿A quién le reclamamos? La evolución se la pasa ensayando una y otra vez con los seres vivos, para hacerlos más aptos a su entorno y garantizar su supervivencia. Eventualmente alguno de estos ensayos aleatorios tiene éxito y se perpetúa a través de las diferentes especies. En este círculo plano de ensayos y errores, se cometió una falta terrible: Una de estas especies fue capaz de tener consciencia de su propia existencia y de la de los demás seres. Y es que muy a pesar de lo convencidos y orgullosos que estamos, los humanos arrastramos con el pulmón de acero de la conciencia: Suficiente para mantenernos vivos y convertirnos en la especie más exitosa del planeta, pero al mismo tiempo herramienta de nuestra destrucción y responsable de la visión de nuestra propia miseria.

Por eso es que ante la dicotomía de la ignorancia y la conciencia, la pastilla verde y la roja, habremos algunos que lamentemos no poder revertir el ciclo, deshacernos del pulmón de acero y extinguirnos sin darnos cuenta.

 

La tragedia del hombre que no cree en nada

  • Pero entonces, ¿Usted no cree en nada?
  • Creo en lo que dice la Termodinámica: Que la Entropía (el desorden, el caos) en este Universo no hace sino aumentar, y que ese aumento es inevitable…
  • Pero mire que no todo es desorden, hay personas, inventos, ciudades, tecnología… Usted me pone de ejemplo a la ciencia para decirme que todo va hacia el caos.
  • Las personas, la tecnología, los inventos y hasta la misma ciencia, no son más que la confirmación de la regla. Si no me cree, mire cómo tenemos al mundo. Habrá muchos que a esto le llaman progreso, pero yo no lo veo así. Ahora tenemos herramientas más poderosas e innovadoras, pero el resultado es el mismo, o quizás un poco peor, como dice Arjona…
  • ¡Ahora ya me está citando a Arjona! Vea: A mí me parece increíble que Usted no sea mínimamente espiritual. ¿No piensa en la muerte? ¿No extraña a un ser querido que ya no está? ¿No le gustaría que de esta vida pudiéramos pasar a otra mejor?
  • Pues lo de la muerte no es para ponerle tanto misterio. Hubo un tiempo en que me aprendía los epitafios y las últimas palabras de famosos para pasar por culto. No vaya Usted a creer que si uno recita en una reunión lo que dijo Napoleón en su lecho de muerte, la gente lo trata con más respeto. Hasta estuve pensando en las que me gustaría que fueran mis últimas palabras…
  • ¿Para despedirse de este mundo y pasar al otro, o para dejar algo de Usted digno de ser recordado?
  • No… otra vez era para pasar por sabio e inteligente. Yo no creo en nada del otro mundo, pero lo jactancioso y fantoche me pueden más… De todas formas desistí de eso, porque me di cuenta que un pobre diablo moribundo puede decir las palabras más sabias o más hermosas, y pocos le van a poner atención. La clave de los epitafios es ser famoso. Cuando un personaje célebre se muere, puede decir cualquier babosada, y la gente es la que le agrega un aura de misterio y de importancia. Como la vida mía no tiene nada de interesante o digno de ser mencionado, no importa mucho lo que diga cuando me muera. Nadie se va a acordar después…
  • Pero al menos sí creo que después de muerto le gustaría que sus seres queridos lo visitaran, que su cuerpo fuera tratado con respeto. Mire todas esas culturas que le han botado tanta corriente a la última morada de las personas…
  • Pues aunque lo de la última morada fuera cierto, uno ya no va a sentir nada. Nos vas a ver los familiares, ni los monumentos, ni la caja suntuosa. El cuerpo del que muere entra en ese ciclo entrópico en el que un tiempo después ya no hay nada reconocible. Yo preferiría que me cremaran y botaran las cenizas, para que no hubiera lugar a dónde me pudieran ir a buscar. Me parece que dejar una tumba es muy egoísta.
  • Pero entonces, ¿Usted no cree en nada? ¿No le conmueve la belleza del mundo? ¿No piensa que el simple azar es incapaz de darnos tanta diversidad, tantas especies de animales y plantas? ¿No cree que su propia vida, su felicidad y hasta sus tristezas son consecuencia de los planes de un ser superior?
  • No… creo que hay un Universo en el que las leyes están basadas en la incertidumbre, y que ante esa realidad, las personas nos hemos inventado historias líricas y maquilladas, para consolarnos en nuestra soledad e impotencia. Me parece un desperdicio perderle tiempo a esas historias…
  • Pues entonces me da mucha pena, pero no me deja otra opción: Va a tener que venir a trabajar de lunes a miércoles santo…

 

 

 

 

 

La historia de Buziraco

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El protagonista de esta historia vagó por el mundo durante mucho tiempo sin un nombre. De hecho, anda por acá desde antes que hubiera lenguaje, historia, e incluso humanidad. Quizás por eso es que nadie tiene certeza sobre cuál es exactamente su origen, y eso nos pone en franca desventaja, ya que él sí podría recitar de memoria la primera vez que vio unos humanos primitivos caminando erguidos por la sabana africana. En ese momento no le pareció que nuestra especie fuera nada especial, ni digna de demasiada atención. Pero luego, en cosa de un suspiro (porque la eternidad se va volando para aquellos que no tienen afanes), nuestro protagonista habría de encontrarse otra vez con los seres humanos, esta vez en condiciones menos inermes.

 

Los hombres habían creado asentamientos, dejaron de vagar por la sabana e inventaron la agricultura, la domesticación de otras especies, las ciudades y los caminos. Precisamente por aglomerarse sin muchas precauciones sanitarias, en estas ciudades abundaban la enfermedad y la peste. La cosa es que en vez de atacar la causa directa del problema, los humanos inventaron la historia alternativa de un ser superior, que tenía dominio sobre todas las cosas, y que estaba lleno de bondad y de misericordia. En el otro extremo del espectro tenía que haber un ser despreciable, insidioso y maléfico, quien era responsable directo de todos los padecimientos de los hombres. Ese fue el papel de nuestro protagonista, el del malo de la historia, y por eso se emprendió en su contra una campaña violenta de descrédito y persecución.

 

Aunque el supuesto demonio evitaba todo contacto con las personas, sus perseguidores no tuvieron reparo en inventar pactos y adoraciones que nunca ocurrieron, para así poder torturar, abusar y asesinar a otros a voluntad. A nuestro personaje todo esto le parecía repugnante, así que decidió viajar a un supuesto “nuevo mundo”, que había sido descubierto recientemente. Fue en este viaje que nuestro protagonista fue bautizado por parte de los humanos. Quienes le pusieron Buziraco al demonio que emigraba a América, no le resultaban desagradables, ya que pertenecían a una raza que sufría la esclavitud y el abuso por parte de aquellos que decían adorar a un ser misericordioso y lleno de amor.

 

En este viaje Buziraco aprendió a valorar a los pobres esclavos, quienes eran oprimidos por los mismos que lo perseguían a él. Se admiró de lo felices que eran, de los cantos que hacían, y de la tenacidad de su trabajo, aun cuando el resto del mundo los trataba con salvajismo y desprecio. Los esclavos aprendieron a corresponderle en su estima y le dedicaron canciones y relatos, aunque Buziraco les dejó claro que todas estas cosas podían meterlos en problemas, tal y como le había ocurrido a un montón de infelices en el viejo mundo.

 

Buziraco pisó tierra americana en la ciudad de Cartagena. Los relatos de los negros cuentan que el demonio estaba complacido con su destino, porque le recordaba aquellos tiempos felices en los que vagaba solo por el mundo, porque podía estar con los únicos humanos que le apreciaban, y sobre todo porque aquellos que le perseguían parecían estar muy lejos. En estas condiciones Buziraco estuvo un poco más relajado e incluso llegó a entablar amistad con algunas personas blancas. Quizás la más conspicua de dichas amistades fue la que sostuvo con la señora Lorenza de Acereto, quien desde muy niña había sido vendida como esposa a un obseso sexual, y que por afinidad de opresores, tuvo también cercanía con los negros.

 

En esa triple condición de mujer, amiga de esclavos y también amiga del demonio Buziraco, no pasó mucho tiempo antes que los enemigos de este último la enjuiciaran y condenaran por bruja. Esto fue un golpe muy fuerte para nuestro desafortunado protagonista, quien decidió aislarse en el Cerro de la Popa y evitar, como en otros tiempos, cualquier contacto gratuito con humanos. Allí en el cerro, dormido y encerrado como un animal hibernando, Buziraco pasó un par de siglos tranquilo, hasta que nuevamente la enfermedad y la peste asolaron a los hombres y la superstición dio cuenta que en el cerro vivía un demonio que había venido al nuevo mundo con los esclavos. Rápidamente los blancos organizaron una expedición para exorcizar al maldito y espantar para siempre la enfermedad de Cartagena de Indias.

 

Más por hastío con sus perseguidores que por verdadero miedo, nuestro personaje fingió una escena en la que lo acorralaban con rezos y exorcismos, caía desde un precipicio del cerro y desaparecía para siempre de la ciudad. Hubo de buscar en el interior del continente por un nuevo sitio, hasta que dio con un pueblo mediano al pie de las montañas. Advertido por sus experiencias anteriores, nuevamente decidió aislarse como un ermitaño, evitando en lo posible cruzarse con ninguna persona. Para su mala fortuna, en el pueblo alguien esparció el rumor de que en las montañas aledañas dormía un demonio venido de tierras lejanas. Para evitar desgracias, maldiciones y enfermedades, desde Popayán se organizó una expedición con dos obispos, que habrían de darle caza al pobre Buziraco.

 

El perseguido hizo otra vez la pantomima de su propia muerte, lanzándose por un barranco. Por su parte, los dos obispos pusieron en la cima de la montaña una triada de cruces, para advertirle a los espíritus que vinieran en el futuro, que no era buena idea campear por esos lados. Espantada la maldad del pueblo, vino la prosperidad, la salud y la tranquilidad, mientras que nuestro vapuleado protagonista se aisló aún más, esperando no tener que volver a tratar con nadie. No quiso siquiera asomarse cuando escuchaba cerca de su escondite los gritos y súplicas de algunos torturados y condenados a muerte, que eran llevados allá desde el ya crecido pueblo por unas mafias boyantes. Buziraco tuvo miedo que lo relacionaran también con esta nueva forma de peste, y prefirió seguir escondido.

 

Luego del episodio de las tres cruces, Buziraco solo atinó a salir de su escondite cuando escuchó unos sonidos que le sonaban familiares. La música que venía desde la ciudad se le parecía a la que cantaban los esclavos en el barco que lo trajo a América, y a la que entonaban en Cartagena de Indias. Muy a pesar de su bien justificada desconfianza, el demonio se animó a bajar hasta el origen de estos sonidos y comprobó que aunque las canciones ya se entonaban en un lenguaje castizo, la esencia y el ritmo eran iguales a unos que él pensaba ya extintos. Rápidamente se entusiasmó con la idea de que las personas hubieran cambiado. Si habían abrazado la música de los esclavos, quizás también podrían haber abandonado la superstición y la ignorancia. La gente parecía estar muy contenta en la ciudad: Bailaban, festejaban y un día quemaron unos muñecos (no personas, como hubo de atestiguar nuestro personaje en otros tiempos). A Buziraco le pareció ver también unos niños disfrazados bailando en la calle, que al parecer lo estaban imitando.

 

Sin embargo, la ilusión duró solo unos meses y nuestro personaje tuvo que regresar rápidamente al hueco en el que se estaba escondiendo. Buziraco presenció compungido que la superstición y la ignorancia seguían campantes entre los hombres, y que incluso se estaban organizando procesiones a las tres cruces para celebrar la muerte del demonio que más daño había hecho por aquellas tierras. El mal había sido vencido una vez más…

Fallida historia de unas pastillas para mejorar el rendimiento

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La siguiente historia es verídica, aunque por razones que serán obvias más adelante, se ha decidido mantener la identidad de su protagonista en secreto. Habría que empezar diciendo que un error lo comete cualquiera, y más cuando se está en la oscuridad de la madrugada y sin gafas. Una caja de pastillas que apareció de la nada, un nombre en la caja llamativo y similar al de cierto producto famoso por mejorar el desempeño amatorio de los hombres, y otro ingrediente que no ha sido justamente considerado en todas las tragedias humanas: La esperanza. Freud hablaba de los actos fallidos para referirse a los sabotajes que nuestro propio yo inconsciente nos hace, porque en el fondo nuestra situación consciente no nos agrada. ¿Acaso no se podría considerar al subconsciente en el sentido totalmente contrario? ¿No será posible que la esperanza nos lleve a cometer errores orientados a reforzar nuestros deseos y anhelos inconscientes?

El protagonista de esta historia parece ser un ejemplo de esta última situación. A este pobre hombre de edad mediana lo confundieron las circunstancias y lo animaron las expectativas. Eventualmente en escenarios similares el propio convencimiento hace milagros y el resultado se refuerza a sí mismo, logrando las consecuencias esperadas, muy a pesar de que el compuesto ingerido no tenga en teoría ninguno de los efectos deseados. Es lo que los psicólogos llaman efecto placebo y es la misma razón por la que las abuelas decían que a la pasta había que ayudarle con la fe, e incluso obligaban a echarse la bendición a la hora de la toma.

Pero a nuestro protagonista anónimo no le fue tan bien. A pesar de las expectativas tan altas, emocional y geométricamente, la pastilla ingerida no fue efectiva en el sentido esperado. Esa madrugada pasó más bien al acervo de lo corriente. No hubo muestras espectaculares y sobrehumanas de desempeño en la cama. No hubo elogios o alusiones a días pasados, en los que la mera juventud se valía por sí misma para lograr los niveles de satisfacción ya olvidados. De hecho, la pareja de nuestro amigo ni siquiera llegó a despertarse esa madrugada de subconscientes con esperanza y ojos miopes leyendo en la oscuridad.

Al otro día, vapuleado por el peso inexorable de la realidad, nuestro secreto protagonista habría de enterarse de los verdaderos efectos de la pastillita que le había quitado el sueño la madrugada anterior. La ingestión, que se había hecho con más buena fe que sentido común, ahora traía consecuencias variadas en el rango que va desde las taquicardias, hasta los dolores intensos de cabeza, las náuseas y la diarrea. Un coctel de esas cosas que cuando vienen de a una, ya son intolerables, y que se refuerzan por el hecho de tener que ir a trabajar.

Preocupado por tanta maluquera, nuestro desafortunado héroe decide hacer lo que debió haber hecho en primer lugar: Preguntarle a su esposa por la presencia de las pastillitas en el cuarto nupcial. La respuesta lo explica todo, pero no trae mayor consuelo: La esposa de nuestro infeliz protagonista había comprado las pastillas luego de leer un artículo, en el que se decía que con ellas se podía mejorar el rendimiento laboral (no el erótico) de una manera considerable. Como estos días ella había estado sometida a mucho estrés en el trabajo, había decidido probar el medicamento, pero lo había abandonado después de dos ingestas por considerarlo inocuo. Esa explicación justificaba de carambola por qué la madrugada anterior la esposa no había reaccionado a los fútiles intentos de su pareja por hacer de latin lover. Simplemente estaba muy cansada.

Según la biblia, Pedro, el apóstol de Jesús, había dicho que lo seguiría hasta la muerte, y se negó a aceptar la predicción según la cual habría de negarlo tres veces ese mismo día. Muchas veces somos víctimas del contexto y terminamos involucrados en situaciones o actitudes que criticábamos en primer lugar. En el estereotipo de la pareja típica, el hombre siempre pide más intimidad de la que su pareja está dispuesta a ofrecer, y de hecho muchos hombres se quejan de esta situación aduciendo que las excusas que reciben son falsas y de cajón. La esposa de nuestro desdichado se animó al escuchar la historia de su marido sobre las pastillitas mal puestas en la mesa de noche. Por eso llegó dispuesta a las faenas de antaño y a resarcir con sexo su narcolepsia de la noche pasada. La respuesta del esposo los sorprendió a los dos: “Esta noche no, me duele mucho la cabeza”.