Sobre sumas no-nulas y la Ética

En teoría de juegos, la suma nula (zero–sum) representa aquellas situaciones en las que siempre que alguien gana algo, hay otro participante perdiendo en la misma proporción. Por eso es que al hacer la suma algebraica de todas las ganancias (positivas) y pérdidas (negativas), el resultado es cero. En contraposición, el resultado de un juego se considera de suma no–nula, si luego de la agregación se obtiene un resultado distinto de cero. Esto significa que en el total, el grupo tuvo una ganancia o una pérdida netas, dependiendo de si el resultado obtenido de la suma es positivo o negativo.

 

En general todas las interacciones humanas se pueden clasificar en una de estas dos categorías. La riqueza boyante de países como España, Portugal o Inglaterra en épocas de la conquista y la colonia, no salió de la nada. Había unos territorios sometidos, que eran los que suministraban todos esos recursos. Ese sería el resumen de una interacción de suma nula: Unos ganan, porque otros pierden.

 

En contraste, las situaciones de suma no–nula implican que en el balance total, todos los participantes ganaron o perdieron un poco. Los estudiosos de las teorías de juegos argumentan que todas las interacciones humanas (económicas, sociales, laborales, etc.), deberían ser de suma no–nula. Si en el balance luego de la interacción la suma da positiva, quiere decir que en general todos los participantes ganaron algo (un gana–gana, hablando en términos menos técnicos). Si el balance diera negativo, significa que hay un problema que afecta en forma neta y general a todos, por lo que es necesario buscar una solución de manera conjunta.

 

Este no es, de ninguna forma, un asunto nuevo. Muchos que no conocen la formalización desde la teoría de juegos, han llegado a conclusiones similares. Brian Kernighan y Dennis Ritchie, fueron los inventores del sistema operativo UNIX, padre de desarrollos más modernos y masivos como Linux o Android. En sus inicios, el sistema UNIX venía con un comando de consola llamado nice, que permitía bajarle la prioridad de manera voluntaria a quien lo usaba, para así mejorar el rendimiento de todos los demás usuarios del sistema. Sobra decir que nadie lo utilizaba: En principio no parece muy lógico ceder un poco de lo que se tiene, así ese acto aumente en promedio las ganancias de todos.

 

Para que la sociedad funcione de acuerdo con el ideal (situaciones de suma no–nula positiva) se requiere de la voluntad de todas las partes, y especialmente de aquellos que tienen las mayores ventajas. Sin embargo, en una sociedad en donde se pondera la felicidad individual a costa de lo que sea, es muy difícil que las personas hagamos uso de herramientas al estilo del nice de UNIX. Parece triste, pero los humanos solo parecemos dispuestos a ceder nuestras comodidades cuando media algún tipo de promesa de ganancia futura. Ese es el fondo del paradigma económico y social que nos rige en la actualidad, y explica por qué dicho paradigma es defendido incluso por aquellos que soportan las desventajas y necesidades: El sistema individualista sigue vivo, porque todos desean secretamente sacar ventaja y pertenecer al grupo de los que detentan el poder y los beneficios sobre los demás.

 

Cuando se analizan situaciones aparentemente tan disímiles como la crisis ecológica, la corrupción, o la desigualdad social, se puede llegar a conclusiones similares. Se podría decir que la búsqueda individual de la felicidad es la religión de los tiempos que corren. Incluso se le considera un derecho inalienable en algunos países desarrollados. Pero, ¿qué tanta felicidad se puede lograr en una sociedad en la que el resto de personas no es feliz?

 

Kant resuelve los límites de la felicidad individual con su famoso Imperativo Categórico: “Obra solo según aquellos principios por los cuales quisieras que se rija el Universo”. Una vez que los actos individuales se analizan como potenciales leyes de comportamiento universal, cada persona empieza a valorar las interacciones de suma no–nula como algo deseable. Uno quisiera que los demás actuaran considerando en todo momento el beneficio del grupo, aunque eventualmente se llega a hacer trampas con los actos individuales, asumiendo que se trata de una mera excepción. El Imperativo Categórico elimina la posibilidad de excepciones y nos pone a todos al mismo nivel.

 

La Ética parece un elemento accesorio en estos tiempos de felicidades individuales y ventajas excepcionales. Con respecto a todas estas enajenaciones modernas, Eduardo Galeano se lamentaba diciendo que se había caído del mundo, y que no sabía cómo volverse a subir. El problema es que en un entorno con recursos limitados y una población creciente, tendremos que acostumbrarnos a aceptar la desigualdad como innata a la condición humana, o buscar soluciones alternativas a la forma que interactuamos entre nosotros.

 

Vivimos en una época marcada por grandes cambios. Hemos logrado enormes avances en áreas como la medicina, o la ingeniería. Sin embargo, todavía hay gente sufriendo enfermedades curables o problemas que son triviales para el estado del arte de nuestras ciencias. Hemos tenido la oportunidad también de presenciar notables avances en lo social: La esclavitud, la discriminación y el machismo, entre otros, se consideran males del pasado, aunque todavía nos hace falta mucho camino por recorrer. La Universidad aparece como la llamada a seguir extendiendo los alcances de nuestro desarrollo, máxime cuando es en la academia en donde se perfilan las condiciones del conocimiento que será aprovechado por la sociedad en el futuro.

 

El retorno a la Ética como elemento indispensable en cualquier proceso de formación humana, garantizará que provoquemos los cambios que se necesitan en la actualidad. No se trata de una opción descartable o de una postura romántica: Debemos aprender a actuar en consecuencia con nuestra situación en el mundo, o asumir las consecuencias, que inevitablemente nos afectarán a todos. La historia nos ha mostrado que los grandes cambios son posibles, y también hemos visto cómo estos cambios se pueden generar a partir de la educación de las personas. Ese es el papel que le demanda la sociedad a la Universidad en la actualidad.

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Índice de maldad

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No había pasado ni una década del Siglo XX, cuando apareció la relatividad. En principio fue una teoría física difícil, enredada, y formulada por un viejito greñudo. Luego la relatividad habría de permear todos los aspectos de la sociedad. Hoy en día todo es relativo, susceptible a interpretaciones. Todo lo que se diga puede en principio ser políticamente incorrecto, y ser usado en nuestra contra. Qué tiempos aquellos en los que lo bueno era bueno, y lo malo era malo. En esos tiempos felices el mal estaba tan profundamente identificado y diferenciado, que la mera sospecha que alguien lo profesaba era excusa suficiente para prenderle una candela por debajo, para purificarlo. Y aunque el castigo sí podía variar (horca, ahogamiento, tortura), el motivo era único e indiscutible: Alejarse del camino del bien.

 

Muchos piadosos y estudiosos coinciden en que el Concilio Vaticano II fue el signo del fin definitivo de esos tiempos felices, y que ahí sí que se empezó a perratear este mundo. El Siglo XX fue igualmente el momento en que las mujeres pudieron votar, en que la iglesia dejó de tener una lista de lecturas prohibidas, y en que se dejó de cantar la misa en latín. Pero el Siglo XXI no augura mejores vientos. Ahí tenemos por ejemplo al Papa Francisco, a quien algunos profetas como José Galat acusan de ser el antipapa. Quienes hemos tenido la suerte de ver el Canal Teleamiga (cuyo dueño es Galat), hemos podido comprobar que todos los signos del fin del mundo se están cumpliendo, y de paso hemos aprendido algunas recetas de comida que dure bastante, para poder pasar el apocalipsis sin hambre.

 

A mí me confunde mucho no poder identificar sin dudas al malo. Lejos están aquellas historias más inocentes en las que no hay duda, donde uno espera hasta el final para ver al malo castigado y humillado. Hay que tener cierta edad para poderse acordar de esas escenas en las que el héroe le propina una patada al villano en cámara lenta, con la que lo deja fuera de combate. El mismo héroe que hasta casi el final de la película se veía vencido, al final coge al malo y le parte su mandarina en gajos. Yo no me considero de la generación X o la Y, y mucho menos voy a ser un milenial. La mía es la generación del karma. Esa que tenía esperanzas en Obama porque hablaba muy bonito, o la que sigue esperando cada año por ver a Uribe en la cárcel. Pero ya la cosa no funciona así. Lo mismo que con la propiedad horizontal, el café o el peso colombiano, la maldad también se ha devaluado.

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Los malos ya no lo son del todo, tienen matices,  hasta llegan a hacer incluso cosas buenas. Peor cuando aparte de todo son elocuentes y persuasivos, como Al Pacino, que con esta labia se la puso bien difícil a Keanu Reeves para seguir el buen camino:

Déjame darte información confidencial sobre Dios. A él le gusta mirar… es un bromista. Piénsalo: Le da a los hombres instinto. Les da ese maravilloso don, y después, ¿Qué es lo que hace (lo juro para su propia diversión, su propio teatro privado)? Pone las normas en completa oposición. La mayor estupidez que ha existido: “Mira, pero no toques”; “Toca, pero no pruebes”; “Prueba, pero no tragues”… y mientras va uno saltando de un pie a otro, ¿qué es lo que él hace? Está allá arriba, el señor, muriéndose de la risa…

 

Yo creo que uno de los precursores literarios de este asunto de la relatividad de la maldad fue Víctor Hugo: Javert indiscutiblemente era el malo de Los Miserables, pero nunca rompió una ley en su vida, y hasta trabajaba de policía. Otros ejemplos más cercanos son los del Coronel Decker, de los magníficos, y las películas Blade Runner, El Fugitivo, o Pandillas de New York. Uno ya no sabe a quién hacerle fuerza en la peli, ni quién se va a ganar su merecido al final.

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Afortunadamente y como en todo, hay honrosas excepciones. Todavía existen algunos personajes con los que no hay pierde. Si esto fuera el “Índice de Maldad” del Dr. Stone, yo pondría de primero en la lista al presidente de USA. Por ese pobre parece que no da un peso ni la mujer. Donald Trump sería perfectamente el malo de una película de bajo presupuesto, en la que los héroes son unos cachorritos de labrador. Por ahí dicen que la clase política gringa está planeando aprovechar esa mala imagen de Trump, para echarle la culpa por el próximo colapso económico mundial. Ahí sí que va a ser un malo de antonomasia… ¡Tenete duro Darth Vader!

 

Más localmente, el último gran malo parece ser Óscar Iván Zuluaga. El mismo del hacker. El que decía que tenían que encochinar a su contrincante rápido, porque la campaña estaba encima. Zuluaga parece el villano de una película de vampiros. Ahora lo acusan de haberse dejado untar las manos con platica de contratos públicos, y su mentor, un experto en maldad relativa y en que le resbale todo lo que no le conviene, ha solicitado una investigación “rigurosa”. Estoy seguro que en una película o novela sobre el tema (sobre todo si la produce RCN), al final aparecería Uribe dándole una patada voladora a Zuluaga, en cámara lenta.

 

A pesar de criticarlo, yo también soy un multiplicador del relativismo. Lo digo porque sé que si me tocara el juicio final ahora mismo, no tengo muy claro si quedaría en el grupo de los salvados, o el de los que se van a quemar en la paila por toda la eternidad. Seguro que de ser condenado, me tocaría sufrir en el tercer círculo del infierno de Dante, que es el reservado para los comelones. Si me salvara, en cambio, no tengo muy claro dónde me pondrían. De pronto me harían lugar si el cielo tuviese (que lo dudo) un departamento de SPAM para hacerse bombo y reclutar gente, así como cuando alguien le dice a uno que “tiene una súper oportunidad de negocio, para trabajar independiente y desde la casa”. En ese hipotético departamento de mensajes no deseados del cielo, ahí sí, haciendo proselitismo sin que me lo pidan, yo sería el bueno de la película.

¿Y si Marty McFly no hubiera podido enamorar a su propia madre?

La teoría de la relatividad revolucionó lo que se tenía previamente concebido sobre cómo funcionan el espacio y el tiempo. De ser magnitudes independientes, pasaron a estar estrechamente relacionadas, gracias a los postulados de Einstein. El asunto del tiempo relativo lo explicaba Carl Sagan en Cosmos, con una representación de la paradoja de los dos gemelos. En dicha representación se muestra a los dos hermanos en un pueblito italiano. Uno de ellos sale a dar una vuelta en una moto que puede moverse a velocidades cercanas a la de la luz, mientras que el otro se queda esperando en un banco. Cuando el gemelo de la moto regresa del paseo, para él solo han pasado unos veinte minutos, pero mientras tanto su hermano ha vivido más de 80 años.

 

La relatividad general predice que el tiempo será relativo dependiendo de la velocidad con la que nos movemos. Este fenómeno se ha logrado comprobar experimentalmente con relojes de precisión atómica, y es la razón por la cual, gracias a la rotación de la tierra, nuestros pies son una fracción infinitesimal de segundo más viejos que nuestra cabeza. A velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo prácticamente se detiene. Esta última idea ha encendido la imaginación de muchas mentes inquietas: Si es posible detener el tiempo, ¿no será posible también revertirlo?

 

La relatividad de Einstein demostró que todos somos viajeros en el tiempo. Vamos moviéndonos hacia el futuro a diferentes velocidades (lo más normal sería a 60 segundos por minuto, pero si Usted se mueve suficientemente rápido, puede ralentizar ese valor). El viaje al pasado, sin embargo, es bastante más truculento. Para tratar empezar a esbozar el problema, baste decir que la misma teoría de la relatividad prohíbe que cualquier cosa, o incluso la información, viaje a una velocidad superior a la de la luz. Hay puntos del espacio–tiempo, en el pasado y en el futuro, que jamás podremos visitar, debido al límite de la velocidad que podemos lograr en la práctica. El cono del tiempo es una superficie hipotética que delimita (de acuerdo a la restricción de la velocidad) los lugares del espacio tiempo que podemos visitar, y los que no podremos alcanzar nunca. Muchas de las estrellas que se ven de noche en la actualidad están por fuera de ese cono del tiempo, gracias al hecho que se están alejando continuamente de nosotros.

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Cono del tiempo (Fuente: Wikipedia).

Sin embargo, a pesar de lo problemático que parece, hay gente que se imagina formas de lograr esos viajes al pasado. Yo me atrevo a explicar dos conjeturas de las que he visto por ahí. La primera tiene que ver con un fenómeno hipotético que se llama agujeros de gusano. Einstein demostró que el tejido espacio–tiempo es curvo, por lo que podrían existir atajos entre puntos de dicho tejido que los conectan directamente. Esos atajos son precisamente los agujeros de gusano y pudiera ser que al salir de uno de ellos, un viajero llegase a un punto en tiempo pasado. La segunda propuesta tiene que ver con la gravedad: Ir muy rápido no es la única forma de ralentizar el tiempo. Una gravedad extrema puede provocar el mismo efecto, tal y como mostraban en la película Interestelar. Así que se especula que los agujeros negros (donde la magnitud de la gravedad tiende a infinito) pueden servir para viajar al pasado.

 

Hay otra pregunta que es quizás más interesante para mí, y es por la que le di el título a la presente entrada: Si los viajes al pasado son posibles, ¿qué nos pasará en uno de ellos? En poco más de un siglo han corrido ríos de tinta (de la real y de la virtual) con especulaciones sobre lo que podría pasar en un hipotético viaje al pasado, y es que si el cómo es complicado, el viaje en sí mismo acarrea un montón de paradojas y contradicciones. La más famosa quizás es la del abuelo, en la que un viajero imprudente va al pasado y mata a su propio ancestro. La línea de tiempo implicaría que el propio viajero nunca habría podido ser concebido, ya que su antepasado fue asesinado antes de dejar descendencia. Frente a estas extrañezas, me atrevo nuevamente a explicar dos teorías de las que andan por ahí.

Una primera teoría sobre lo que podría pasar en un viaje al pasado, es que todo está permitido (incluso matar a mi propio abuelo) gracias a la existencia de infinitos universos paralelos. Si nuestro universo fuera de dos dimensiones (como una hoja de papel) entonces la teoría de los universos paralelos implicaría que tenemos infinitas copias del mismo apiladas (como hojas en un libro). Esto no es tan descabellado como parece y estudios recientes desde la mecánica cuántica consideran muy en serio estas teorías. Por ejemplo, mediciones experimentales indirectas demuestran que hay materia en todo nuestro universo que parece generarse espontáneamente (de la nada) y que desaparece luego de un lapso de tiempo muy corto. Una de las explicaciones posibles que se le da a este fenómeno, es que dicha materia proviene de un universo paralelo y luego regresa a su universo de origen (en el ejemplo del “libro de universos”, imagínese la punta de un lápiz que entra a una de las hojas y luego vuelve a salir).

 

En este multiverso hay versiones diferentes por cada posible bifurcación de los hechos. Por ejemplo, hay una copia en la que el gato de Schrödinger está vivo, y otra en la que el animalito se murió. Hay un universo en el que mi abuelo vive y tuvo descendencia, y otra copia en la que murió de forma temprana. Así que un viaje en pasado implicaría simplemente un cambio al universo adecuado.  Esa es más o menos la idea detrás de la trama de “Volver al Futuro”, aunque habría que cambiarle el título, porque en realidad el Doc y Marty no se la pasan luchando por volver al futuro correcto, sino por mantenerse en su propio universo.

 

La segunda teoría dice que el universo se cubre las espaldas a sí mismo, e impide que una paradoja como la del abuelo siquiera pueda ocurrir. A mí esto se me parece a la restricción de la velocidad de la luz, y me suena mucho más lógico. En el asunto del viajero imprudente, algo evitaría siempre que el antepasado muera antes de generar descendencia, con lo que la contradicción quedaría zanjada antes de empezar. Este es el argumento detrás de “La máquina del tiempo”, de H. G. Wells, en donde un inventor construye la máquina para salvarle la vida a su novia, que muere joven en un accidente. El inventor viaja muchas veces al pasado intentando proteger a su novia, pero el resultado siempre es que ella muere en la misma fecha y a la misma hora. Por medio de un interlocutor improbable (el jefe de los Morlock) el inventor se da cuenta que de haber podido salvar a su novia, se habrían casado, y la máquina del tiempo no hubiera podido ser inventada, generando una paradoja.

 

En un universo que hace respetar su propia coherencia, Marty McFly no habría podido siquiera conocer a sus padres, mucho menos influenciar su vida futura. Siempre ocurriría algo que impida cualquier tipo de inconsistencia o contradicción. Si el viaje al pasado es posible, esta teoría asegura que se evitará cualquier inconsistencia en el espacio–tiempo.

 

 

 

Aristóteles, el perihelio y los demonios

Mañana miércoles 3 de Enero la tierra estará en su punto más cercano al sol, fenómeno que entre los astrónomos se conoce como perihelio. La velocidad promedio de nuestro planeta alrededor del sol es de 107 mil kilómetros por hora, por lo que le toma 365 días y seis horas dar una vuelta completa. Esas seis horas de más se acumulan para formar un año bisiesto cada cuatrienio.  Pero todas esas son estimaciones promedio. La verdad es que la velocidad de la tierra fluctúa en función de su cercanía con el sol, entre 104 mil y 110 mil kilómetros por hora. Precisamente mañana, en su punto más cercano al sol, la tierra alcanzará su velocidad máxima.

 

Este fenómeno fue “descubierto” por un astrónomo del siglo XVI llamado Johanes Kepler. El entrecomillado es porque se dice que el alemán le robó todos sus descubrimientos a un danés de nombre Tycho Brahe, y que incluso tuvo alguna responsabilidad en su muerte. Sea que el descubrimiento haya sido de Kepler o Brahe, la cosa es que los planetas siguen rutas elípticas alrededor del sol, y que tienen una velocidad máxima en cuanto están más cerca del mismo (por ejemplo mañana, para la tierra), y se mueven más lento en tanto estén más alejados (para nuestro planeta, este año eso ocurrirá el 3 de Julio). En todo caso, atribuirse la autoría de tales ideas en la época de estos dos astrónomos era un peligro, porque la iglesia católica defendía la posición de un universo perfecto, poco excéntrico e inmutable. El asunto del cambio de velocidades de los planetas vendría a ser verificado poco después, pero le ganó un problema a Kepler con la Santa Inquisición.

 

El cristianismo en general y los católicos en particular, tenían problemas para aceptar un universo que cambia, que muta, que exhibe comportamientos variables en el tiempo. La visión de un universo invariante e inmutable fue copiada en el dogma católico por San Agustín, pero así como con Kepler y Brahe, el autor original era otro. Arsitóteles fue el gran inspirador de las ideas de los primeros cristianos, y desde entonces, se han visto a gatas para defender unas posturas antiguas y en algunos casos contradictorias. El cuadro completo es más o menos el siguiente: Un tipo brillante y muy elocuente se imagina una visión del universo y del hombre hace más de 2400 años. Más de mil años después tenemos a un grupo de fanáticos que copió sus ideas, y le prende una candela por debajo a todo aquel que se atreva a llevarle la contraria a dicha visión. Y así nos fue. No por nada a aquella época en la que los cristianos tenían dominio absoluto en Europa, se le conoce como Oscurantismo.

 

Un ejemplo de estas paradojas para defender la visión católica de Aristóteles, está retratado de forma magistral en “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Pero el asunto de la comedia en la Antigua Grecia (por el cual en la novela matan a más de uno), es lo menos peor. Hace unos días leía un artículo excelente sobre el fino arte de la masturbación femenina, en el que ¡oh sorpresa!, también aparece Aristóteles. El griego sostenía que el útero femenino era como una animal (zoos), dentro de otro animal (la mujer) y que tenía movimiento propio. Los orgasmos de la mujer servían para liberar la energía de dicho animal interno, por lo que una mujer que no tuviera orgasmos desarrollaba una enfermedad en la que el útero variaba su posición natural y provocaba unos síntomas terribles, relacionados con inestabilidad emocional y comportamiento errático. A esta enfermedad se le llamaba histeria, que es una derivación de la palabra griega para útero. Parece increíble, pero estas ideas lograron pelechar hasta hace poco más de cien años en occidente.

 

El asunto de comparar a la mujer con un animal no era gratuito. La sociedad de la Antigua Grecia era falocéntrica y machista, aunque esto no tiene nada que ver con San Agustín y los primeros católicos. Los griegos de la antigüedad consideraban a la mujer tan poco digna, que los prohombres de sociedad preferían amancebarse con varones jóvenes que tener contacto sexual con mujeres (nada que ver con los prohombres de la iglesia católica unos siglos después). Gracias a Aristóteles y a la intolerancia católica tuvimos las cacerías de brujas, el terror al espacio vacío, la excomunión de grillos y saltamontes, la quema de herejes, la Santa Inquisición, y muchas otras tonterías más. La influencia de Aristóteles en la sociedad occidental es tremenda, para bien o para mal. Incluso en la ciencia: Aristóteles es considerado el padre del método científico, y el asunto de la inmutabilidad del universo llegó a agobiar a mentes tan grandes como la de Albert Einstein.

 

La expansión constante del universo, que fue verificada experimentalmente en el Siglo XX, parecía contradecir la visión aristotélica (y cristiana) de un universo invariante e inmutable. Einstein le dedicó más de once de sus últimos años a demostrar que había algo que se había ignorado respecto a dicha expansión. De ese estudio surgió la propuesta de la existencia de la antimateria, que compensaba la dispersión de los objetos en el cosmos y hacía que las cuentas de los físicos cuadraran. El físico más grande de todos los tiempos se vio desbordado por el problema y calificó esos once años como una pérdida de tiempo. Pero luego una astrónoma (si, una mujer para más INRI), de nombre Vera Rubin, descubrió evidencia experimental sobre la existencia de la antimateria de Einstein.

 

Rubin estaba estudiando las velocidades de la estrellas en función de su distancia al centro de las galaxias (algo similar al problema de las velocidades variables de los planetas de Kepler) y descubrió que algo hacía que las estrellas más lejanas viajaran más rápido de lo previsto. Parecía haber una especie de elemento que evitaba que las estrellas más lejanas del centro salieran disparadas en todas las direcciones y les imprimía más velocidad. Dicho elemento además era invisible (no era posible observarlo con ningún tipo de radiación) e intangible (parece ser que estamos rodeados de cantidades de antimateria muy superiores a la materia normal, y ni siquiera la percibimos).

 

Vera Rubin se murió hace poco menos de quince días. Sin quererlo, suministró pruebas experimentales del universo inmutable propuesto por Aristóteles, y estudiado de forma parcial por Einstein. A lo último el griego como que tenía razón. No vaya a ser que también la tenga San Agustín y el vacío no exista, los animales tengan alma y las mujeres sean peores que el demonio. Esperaremos otro perihelio a ver qué pasa…

 

 

 

 

 

Bienvenido a su distopía

La distopía es un género literario que describe un futuro desalentador, perverso, contrario a los sueños y expectativas que tenemos con respecto a nuestro propio destino. No por nada el término distopía se considera un antónimo de utopía, que por definición viene con un tufo a imposible, a sueño irrealizable. Si uno busca la definición de utopía en la RAE, aparecen por todas partes referencias a los conceptos de ideal e inalcanzable. Y aunque para mí un mundo sin Ricardo Arjona, sin Nicolas Cage, y sin tomarle fotos a la comida, no me parece tan difícil de conseguir, razón deben tener los de la academia de la lengua en darle ese matiz de imposibilidad a la utopía.

 

Lo preocupante del asunto es cuando aplicando la lógica como buen ingeniero, se da uno cuenta que si la utopía es irrealizable, entonces la distopía por fuerza tiene que ser prácticamente inevitable. Para principios del Siglo XX había signos de que ese sueño de un mundo feliz y tranquilo que nos esperaba en el futuro no se iba a conseguir. Hubo dos autores en particular que vieron claramente el problema que se venía para la humanidad. Los signos eran claros: La crisis económica de los años 20, la explotación de los recursos naturales, el crecimiento exponencial de la población, el desempleo, la desigualdad, las guerras… El caos parecía asegurado, a menos que se implementara alguna forma de control sobre la población. Estos dos autores predijeron que dicho control se haría de formas distintas.

 

Aldous Huxley se imaginó un futuro hedonista, dedicado al placer y a la concupiscencia (léase libido y lujuria), en donde la humanidad permanece bajo control en virtud de sus vicios y necesidades creadas. Todo lo que implique goce en el mundo feliz de Huxley se puede conseguir ya sea de manera natural o artificial (gracias a la tecnología), y lo único que no es perdonable es cuestionarse por cómo funcionan las cosas. La imagen es muy importante y la humanidad ha abandonado algunas de sus funciones naturales (como la reproducción), delegando esas tareas molestas en máquinas y artificios de alta tecnología.

 

La otra versión distópica es la de George Orwell, en la que la tecnología se usa para hacer un control furibundo y milimétrico de las personas. No puede haber el menor atisbo de descontento con respecto a las autoridades o el gobierno. La privacidad está prohibida, la libre expresión y el disentimiento están al nivel de pecado de muerte. En este futuro distópico la historia y los hechos son acomodados a cada segundo, a voluntad de los líderes, para favorecer sus intereses. Tan extrema es la manipulación de los hechos que las personas no llegan a estar seguras nunca de qué cosas pasaron en realidad y qué otras fueron inventos.

 

Durante muchos años las obras de Orwell y Huxley se consideraron de ciencia ficción, al estilo de otras distopías más modernas, como Terminator, Matrix o Mad Max. Lo otro es que se consideraban extremos opuestos del espectro: O nos controlan atiborrándonos de placer, frivolidad y vicios, o nos impiden de manera violenta cultivar y expresar nuestro criterio. Eso sí en ambos casos la tecnología es un elemento clave.

 

Pues como diría César Gaviria, bienvenidos al futuro. La distopía ya nos llegó, combinando elementos de Huxley y Orwell de la manera más maquiavélica posible. ¿Quien puede negar que hoy en día no la pasamos embobados con la tecnología, que podría servir para muchas cosas buenas, pero que al mismo tiempo nos pone en la palma de la mano (literalmente) frivolidad y desinterés por nuestra realidad? ¿Quien puede negar que esa misma tecnología sirve para monitorear nuestros hábitos, gustos, intereses y opiniones, y que hoy en día la privacidad se ha vuelto un bien de lujo? Pareciera motivo de orgullo estarse exhibiendo, contando y mostrando los lugares que se han visitado, los alimentos que se han consumido, e incluso la forma en que cada uno “está pensando”.

 

Con razón dicen que la realidad tiende a superar a la ficción. Por eso aunque triste, a mí no me sorprende mucho lo de las elecciones de USA esta semana. Sorprendente sería esperar decisiones racionales de una sociedad superficial y esnobista, y al mismo súper vigilada. Por ahí dicen que el siguiente paso en esta novela distópica es el apocalipsis zombie. Yo por si las moscas voy a empezar a tapiar las puertas de la casa.

 

 

¿Y si el Universo fuera un holograma y conspira para que no te des cuenta?

El mensaje de SPAM de hoy se pretende que sea una especie de catarsis, por un seminario en el que quería participar y al que tuve que declinar a última hora. A propósito del tema del seminario y de la emergencia que me impidió asistir, un conspiranóico diría que el propio universo conspira para que la entropía no disminuya. El texto a continuación versa sobre temas que parecen de locos, pero que han venido ganando relevancia entre la comunidad científica internacional. Así que parodiando un meme que estuvo de moda hace poco tiempo, querido lector: Agárrese a su asiento, porque en los próximos párrafos le voy a mostrar lo que pueden hacer la frustración y el insomnio, combinados con la cerveza y mi tendencia natural a botarle corriente a temas inocuos.

Vayan por delante un par de advertencias. La primera es que el texto no pretende cerrar nada. Si alguien me pregunta por mi afición a escribir, diré sacando pecho que me precio de ser ensayista. Esto no es un ensayo, y no tengo una posición definida sobre los temas que voy a tratar a continuación. Como buen profesor, me he vuelto experto en formular preguntas, no en dar soluciones. La segunda advertencia puede llegar a ser obvia en este punto. Varios de los temas tratados adelante implican cierto rigor científico, pero la intención de este servidor es tratarlos de una manera un poco más ligera. Es decir, si quien aborde este mensaje de SPAM espera encontrar un tratado formal sobre el asunto de la Entropía, la Teoría de Cuerdas o el Efecto Holográfico, quizás sea mejor abandonar la lectura en este punto, que sentir el vacío y la decepción después de terminarla.

La cosa con estos temas ha tomado tanto vuelo, que hay quienes afirman directamente que no vivimos en un universo “real”, sino que hacemos parte de una simulación, organizada por algún ente que tiene a disposición recursos computacionales y tecnológicos ilimitados. Las simulaciones son más efectivas en la medida que se sientan cada vez más reales. A lo Dostoievski, quien afirmaba que la mejor cárcel es aquella en la que los presos no se dan cuenta que están encerrados, la simulación perfecta es aquella en la que los sujetos simulados crean que viven en la realidad. Y aunque estas afirmaciones estilo Matrix pueden provocar rechazo o desdén, lo cierto es que cada vez hay más gente seria considerándolas.

En el año 2003 un filósofo de apellido Bostrom postuló unas ideas inquietantes sobre el asunto del universo simulado, usando solamente la lógica. Bostrom formuló varias situaciones hipotéticas y excluyentes, y luego desarrolló una discusión sobre la probabilidad de que cada una de estas situaciones sea cierta. La primera opción es que nuestra civilización se extinga antes de tener siquiera la posibilidad de implementar simulaciones tan complejas y realistas como la que supuestamente estamos experimentando. La Ley de Moore (que se ha venido cumpliendo de manera más o menos precisa) anticipa un crecimiento exponencial en las capacidades de cálculo de nuestros computadores. Si esta primera opción es cierta, la debacle de la raza humana se viene más pronto que tarde. La segunda opción es que nuestra raza desarrolle las capacidades técnicas necesarias para adelantar las simulaciones del universo, pero que no tenga interés en implementarlas. Visto lo visto en el mundo actual, las aguas no parecen fluir por ese camino. Hoy en día tenemos simuladores para cuanta cosa se nos ocurra, y los mejoramos de forma incremental y continua. Las redes sociales y plataformas como la de Los Sims, son un botón de muestra de nuestro interés por simular incluso la realidad y las interacciones humanas. La última opción en esta triada incómoda de Bostrom es que logremos la capacidad técnica y que estemos dispuestos a desarrollar las recreaciones de nuestro universo. En ese caso, seguro que habría muchos intentos de simulación, lo que le deja poca probabilidad a que este universo, precisamente este en el que Usted y yo nos estamos comunicando por medios electrónicos, sea el universo real. Sería mucho más probable que seamos parte de alguna simulación corrida por nuestros descendientes en el futuro.

Dejando a un lado cuestiones filosóficas espesas (y que algunos catalogamos de circulares), Carl Sagan analiza muy elocuentemente nuestra tendencia natural a buscarle patrones y orden a todo lo que nos rodea. Cuando esa propensión se pone en el contexto de un mundo caótico (donde el caos tiende a aumentar constantemente), tenemos situaciones en las que alguien mira al cielo estrellado y ve osos y caballos alados, o personas que ven figuras reconocibles en una tostada o en una mancha de humedad. Yo no podría hacerlo distinto y he dividido el tema en tres elementos principales, tratando desesperadamente de darle lógica a un tema que me desborda. Lo bueno de esta taxonomía es que cada uno de estos elementos va creciendo en complejidad (por lo menos para mí) a medida que se va presentando, de modo que Usted, amable lector, puede abandonar el texto a discreción ante el primer asomo de aburrimiento. Lo de la catarsis al principio del mensaje no era mentira, aunque lo que realmente me aflige es estarle perdiendo tiempo a cuestiones que no le aportan mucho a mi trabajo. Así que si en vez de por aburrimiento, el abandono ocurre porque Usted no se quiere dejar arrastrar al puerco círculo de la procrastinación, le absuelvo de todo pecado. Luego me puede decir que mi mensaje estuvo “bueno” o “interesante”, y como dicen Los Rodriguez, simplemente la mano nos damos.

 

Las leyes amañadas

Stephen King cuenta en The Shawnshank Redepmtion, que después de algún tiempo, todos los presos condenados le echan la culpa de la condena a su abogado. El otro escape es quejarse y atribuir la condena a leyes injustas. Esta pose del quejoso, es la que pretendo asumir a continuación. Parece ser que las leyes de nuestro universo y las de nuestra propia ciencia hubieran sido concebidas específicamente para impedirnos saber ciertas cosas, al punto que otro Stephen famoso, Hawking, llega a preguntarse de forma lastimera si algún día llegaremos a conocer los detalles fundamentales sobre el origen y el funcionamiento de todo lo que nos rodea. Hawking dice que podemos estar impedidos por muchas razones, como el hecho de estar atrapados en una percepción limitada a unas pocas dimensiones físicas. Hago notar las referencias repetidas a la cárcel, las condenas y al hecho de estar atrapados, y reitero que un universo que no se deja conocer del todo, resulta muy conveniente en una simulación en la que participan entes pensantes.

Un ejemplo de estas leyes amañadas es el asunto de la constante expansión del universo, que combinado con la limitación para cualquier partícula o incluso para la información, de no poder viajar más rápido que cierto límite, implica que arrancamos perdiendo en el intento por conocer nuestro universo. Si tuviéramos la tecnología para emprender un viaje intergaláctico el día de hoy, ya hay buena parte del universo observable que no podremos alcanzar nunca, y ni qué decir de la parte no observable o de sus límites. Con el tema de la Entropía sucede algo parecido. Un universo en el que el la energía tiende a estar cada vez más desorganizada, hace que los viajes largos sean demasiado costosos. Si tuviéramos la forma de generar energía de forma espontánea, o al menos de conservarla de forma razonablemente eficiente, hace rato habríamos emprendido viajes  a otras estrellas.

Otra de esas leyes que parecen muy convenientes para la teoría del simulador es el Principio de Incertidumbre, que haciendo un resumen atrevido viene a decir que por muy avanzada que sea nuestra tecnología, nunca podremos tener ninguna medida libre de error. Este principio es especialmente importante cuando las dimensiones de la medida en cuestión son bastante pequeñas, de modo que si por un lado estamos impedidos para explorar aquello que está a grandes distancias, Heisenberg nos puso talanquera también para conocer los detalles de lo que ocurre a muy pequeña escala.

Finalmente, pero no menos importante, están las limitaciones de nuestra propia ciencia. El método científico nos ha impulsado mucho en los últimos siglos, pero ciertamente se queda corto. En el enfoque positivista de la investigación, la verdad siempre será susceptible de ser conocida. Pero esto es solo un enfoque. Aquellos que estamos familiarizados con estos procesos sabemos que una investigación puede llevar a resultados contradictorios o incompletos. Para los que buscan una explicación más formal, recomiendo el Principio de Incompletitud de Kurt Gödel, que dicta que todo sistema axiomático (la física, las matemáticas y todas las ciencias “duras” clasifican como axiomáticas) es o bien inconsistente o incompleto. El teorema de Gödel dio origen a enfoques heurísticos y a áreas como el de la lógica difusa, pero también nos deja con los pantalones abajo, y pone en evidencia la imperfección de la herramienta de la que disponemos para conocer el universo.

 

Shannon, Renyi, Azimov y las entropías

Cuando uno busca el tema de la Entropía en Wikipedia, aparece un texto aclaratorio con respecto a que también existe un concepto llamado igual en la Teoría de la Información. De hecho mi primer contacto con las entropías fue por el lado del procesamiento de señales y los métodos de compresión. Luego habría de usar ese mismo concepto en mi doctorado para cuantificar qué tan perdido está un algoritmo de búsqueda, y hace poco me enteré que hubo otros intentos aparte del de Shannon por medir la cantidad de información, uno de ellos formulado por un matemático de apellido Renyi.

Shannon sostenía que la cantidad de información que lleva un mensaje es directamente proporcional a su incertidumbre. Si uno conoce exactamente y sin ambigüedades el contenido un mensaje que está por llegar, la llegada del mensaje en sí no aporta ningún tipo de información nueva.  En cambio, si el mensaje es completamente inesperado o incierto, la cantidad de información obtenida es mucho mayor. Por eso es que se considera que hay mucha menos información en el hecho de saber que el agua moja, que en conocer los números de la lotería de la próxima semana. La medida de la Entropía en este contexto cuantifica que tan desordenada está la información de una fuente.

Tengo una amiga que me dice que Shannon la embarró poniéndole “Entropía” a su medida de incertidumbre o aleatoriedad para una fuente información discreta. Le voy a llevar la contraria diciendo que el nombre me parece de lo más apropiado. De hecho, la Entropía de la termodinámica se define como la cantidad de desorden que exhiben materia y energía en un espacio cerrado. Shannon propuso el bit como medida de cantidad de información en su formulación, y para explicar el Efecto Holográfico (que se verá en el último inciso de este mensaje de SPAM eterno), los físicos modernos están hablando del Nap, como una medida de la cantidad de información necesaria para reconstruir un porción cerrada del universo, en términos de materia y energía.

Quizás el mejor ejemplo de la frontera difusa entre los conceptos de entropía, sea “La última pregunta” de Isaac Azimov, que los presenta de manera magistral. Hago notar la sospechosa similitud entre un concepto que tiene que ver con las bases mismas del funcionamiento del universo, y un concepto tomado de la informática. No me resisto a decir en este punto que por el lado de la ciencia ficción ya hay una respuesta para la pregunta del universo, la vida y todo lo demás, aunque resulte tan inútil como desconcertante: 42.

 

Lo que dice la ciencia moderna

Hay dos vertientes de la ciencia en la actualidad que parecen apuntar independientemente al hecho que nuestro universo es una proyección holográfica. En primer lugar, los científicos se están cuestionando sobre si las dimensiones espaciales de nuestro universo están cuantizadas, al igual que la energía y otras medidas importantes. Esto significaría que al hacer un zoom arbitrariamente grande con un microscopio hipotético súper potente, llegaría un punto en el que veríamos una especie de pixeles tridimensionales, al estilo de los pixeles que se pueden ver en una pantalla digital. Demostrar que las dimensiones físicas de nuestro universo están cuantizadas, sería la antesala de Matrix, tanto sintáctica como metafóricamente.

La segunda explicación es todavía más truculenta. Para explicar la bobadita del escape de la información de un agujero negro, los físicos han desarrollado el concepto del Efecto Holográfico. Según este efecto, una región cerrada del espacio se puede reconstruir sin ningún tipo de error si se tiene la cantidad suficiente de información, medida en Naps. Los Naps se distribuyen en la superficie que hace de frontera para la región cerrada en cuestión. Resumiendo, lo anterior quiere decir que la toda información de nuestro universo está organizada en dos dimensiones, por lo que la tercera dimensión no sería más que un efecto y no se requiere para explicar nada, o que esta tercera dimensión que percibimos es una suerte de proyección holográfica. Bajo este paradigma, la gravedad sería un efecto conexo a este holograma de nuestro universo y no existiría en dos dimensiones, y se definiría como la tendencia natural de la información a estar más concentrada. En ese mismo contexto los agujeros negros se definen como las regiones en las cuales la densidad de Naps por unidad de área llega a su límite máximo teórico. Es decir, los agujeros negros son regiones en donde hay concentrada hay una cantidad enorme de masa y energía, o donde la entropía es máxima.

El nada despreciable asunto del holograma, del cual la ciencia moderna habla tanto para escalas infinitesimales como estelares, y la correlación evidente entre materia, energía e información, hace que uno se sienta como aquellos personajes de la Alegoría de la Caverna de Platón, justo antes de conocer la realidad, o como Neo antes de tomar la pastilla roja. La otra es que de pronto estemos impedidos para la verdad, como se decía al principio, y el asunto de los hologramas y las simulaciones nunca se logre demostrar de manera concluyente.

 

 

 

 

Nota 1: El título original para este ladrillito era “Sobre la Entropía, el Principio Holográfico y lo difícil que se pone el final de la quincena”. A última hora se cambió por algo menos descriptivo.

Nota 2: Muchas gracias por haber llegado a este punto. Llego a pensar que su persistencia es casi tan enfermiza como mi vocación de spammer. Dejo abierta la discusión por este medio para cualquier comentario, reclamo o amenaza por mensajes no deseados, u opiniones del tema que originalmente era del seminario al que no pude asistir.

De Nazis, libros prohibidos, el pesebre y las cenizas

Por allá en el Siglo XIX el papa Pio IX (Pionono), se hizo declarar infalible por el Concilio Vaticano Primero. Para ese momento la vieja fórmula para lidiar con las contradicciones del cristianismo estaba muy gastada. Eso de andarle prendiendo una candela por debajo a todo el que pusiera en peligro una verdad que no se sostenía sola, había funcionado muy bien durante una época que por pura coincidencia hoy en día se conoce como oscurantismo. Pero los tiempos de Pionono eran diferentes. La alharaca de los derechos del hombre, la revolución francesa, la industrial y el humanismo, habían hecho que cosas como la inquisición o la esclavitud se vieran mal. Era necesario buscar otras formas de defender el dogma, sin parecer un cruel o un déspota.

 

Lo que Pionono no fue capaz de anticipar es que declararse infalible es casi tan ingenuo como creerse dueño de la verdad. Habrían de venir muchos sucesores del primer indefectible, y todos habrían de actuar como lo hacen aquellos que se han curado del estreñimiento: Haciendo una cagada de forma más o menos periódica. La lista de estas salidas en falso papales es larga y oprobiosa, aunque no dejan de llamar la atención algunos casos particulares.

 

A Juan Pablo I lo mataron (dicen) a pocos días de haberse convertido en papa. Se había propuesto limpiar las finanzas del estado vaticano y acabar con la guachafita de lavado de dinero en la que se había convertido el banco de dicho estado. El yerro de Juan Pablo estuvo feo: No se metió con el de arriba, sino con la mafia italiana, y esos no perdonan. Hasta mediados de los años 60, el vaticano mantenía y actualizaba una lista de libros prohibidos para todo el que se preciara de ser piadoso. El infalible de ese momento (Pablo VI), se contradijo con sus predecesores al decretar que la lista ya no iba más. Pio XII sale bastante mal parado del episodio de la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que era más que colaborador con los nazis, y que incluso organizó rutas de escape (por una ciudad que se llama Odessa) para sus altos mandos, cuando la guerra se sabía perdida. Wojtyla dijo en algún momento que el purgatorio no existe, y su sucesor afirmo sin pestañear que el infierno sí existe. Que si los condones aumentan el riego de las enfermedades de transmisión sexual, que si las mujeres, que si los divorciados, que si las mascotas, que si los homosexuales…

 

Joseph Ratzinger dijo hace unos años que en el pesebre originalmente no había ni mula ni buey, llevándose por delante la letra de más de un villancico. Yo me aguanto que la iglesia sea misógina, abusiva, torturadora, represiva y autócrata, ¡pero el pesebre se respeta! Quizás el objetivo de Benedicto era zanjar el asunto del mal olor que debía haber en el pesebre, o de por qué la mula y el buey no se comieron el heno calientico en el que reposaba el niño, pero se dejó llevar.

 

El representante actual de Dios en el mundo ha dispuesto que eso de esparcir las cenizas de la gente disque está mal. Nada de mantener a la abuelita en una urna en la sala de la casa, eso no es cristiano. Yo tenía planeado que después de muerto me cremaran y tiraran las cenizas por ahí en cualquier parte. Incluso por la alcantarilla. No me gusta la idea de irme dejando una ilusión de permanencia con una tumba o una urna. Parece ser que bajo las nuevas disposiciones infalibles, mis planes no son del agrado de Dios. Vaya sorpresa. Con el crecimiento tan acelerado de la población es curioso que la iglesia esté a favor de promover cementerios, camposantos y cosas por el estilo, aunque puede llegar a tener lógica si se involucra la variable financiera en el asunto. La otra cosa que puede darle réditos a los infalibles es el asunto de la exclusividad: Si quieres ver a un ser querido que ya falleció vas a tener que hacerlo a través de un agente autorizado.

 

Yo estoy intrigado por saber por dónde vendrá el próximo varillazo infalible. Ojalá a algún iluminado de estos le dé por prohibir eso de tomarle fotos a la comida, o el reguetón, o excomulgue a Ricardo Arjona. Soñar no cuesta nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo quiero de lo que fumaron los del Nobel

Grandes escritores colombianos como Jorge Barón, Roy Barreras y yo, estamos indignados con esta gente de Estocolmo. Esto es el colmo. No les bastó con el Nobel de paz a Obama o a Kissinger, que carga un poco de muertos, torturas, golpes de estado, y autocracias. No, los del Nobel se han superado este año. En primera, le dieron el premio de paz a Juanpa Santos. Yo con eso no tenía mucho karma, aunque está el asunto de los falsos positivos cuando nuestro ilustre presidente era ministro de defensa.

 

Pero lo de Bob Dylan no tiene perdón. Lo de los muertos, las torturas y las autocracias palidece ante el oprobio de darle el premio de literatura a un compositor y cantante. Que disque porque es “un nuevo símbolo de la poesía a través de la tradición americana de la canción”. En esa frase hay un montón de cosas que no me cuadran: Lo de nuevo, lo de poesía y lo de tradición americana. Gabo debe estar revolcándose en la tumba. Ahora es igual de meritorio escribir una novela memorable, que componer una canción con retazos de frases disque poéticas. Buenas noticias para el reguetonero Pitbull, que dice inspirarse en Cortázar y Neruda. Debe estarse frotando las manos y pensando en el día que le toque ir a Suecia a recibir su premio.

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Los paisas tienen un verbo para estas situaciones. Diría algún hijo de esta tierra que los Nobel se perratiaron. Y mientras lucho con el autocorrector para que me deje la palabrita como está, pienso en todas aquellas situaciones en las que alguna institución, persona o premio prestigioso pierde interés cuando se vuelve corriente y vulgar. Cuando deja de ser exclusivo. Ahora unos años tener visa gringa era casi la antesala del Olimpo. La gente salía llorando de la embajada cuando se la negaban, o como si se hubiera ganado la lotería en caso contrario. Paradójicamente, luego que me la dieron a mí, me di cuenta que el asunto se había vuelto anodino. De hecho ahora están pensando hasta en quitarla.

 

Cuando una cosa especial se vuelve pueril, pierde su encanto. Lo mismo se podría decir de los premios Grammy, o de los Óscar con DiCaprio, o del reinado de Cartagena. Ya pocos les paran bolas, porque cualquiera se los gana. La buena noticia de eso es que nosotros, los de media tabla, podemos aspirar a que la cosa se perratee tanto que nos toque algún premio, otrora prestigioso. En algún momento la real academia sueca puede llegar a considerar que “llenar las casillas de correo ajenas con mensajes no deseados e incipientes, se ha convertido en una nueva forma de impulsar la tradición cultural”. Y ese día, ese maravilloso día mis queridos amigos, goleo.

 

En todo caso, y viendo lo de Dylan, yo sé que faltan muchos años para eso. Toca esperar a que la cosa tome fuerza y que el premio se siga perratiando a límites obscenos. Por ahora me inquieta una cosa que me dijo mi esposa y que no me ha dejado dormir. Que como van las cosas, le van a dar un Nobel de literatura a Ricardo Arjona. Como no podía ser de otra forma, y para rematar con broche de oro esta nueva pieza de la tradición cultural, copio aquí un extracto del maestro:

De vez en mes te haces artista

Dejando un cuadro impresionista

Debajo del edredón

De vez en mes con tu acuarela

Pintas jirones de ciruelas

Que van a dar hasta el colchón.

 

Una lista de cosas inquietantes

Por solicitud expresa de una amiga, y atendiendo intereses meramente académicos, se me ha pedido que haga una lista de imágenes, escenas o situaciones que puedan inducir al estrés a las personas que las perciban. El objetivo es efectuar un ejercicio en donde se pueda correlacionar el estado emocional de las personas con el nivel de tensión muscular, medido por medio de unos electrodos.

 

No quiero ahondar mucho en el por qué cuando surgió el problema de encontrar estímulos que angustiaran a las personas, pensaron en mí. Hay cosas de las que es mejor no saber. Más bien pretendo tomarme mi tarea muy en serio y como no podía ser de otra forma, me ha dado por escribir del asunto. Sigue a continuación una lista de las que para mí son algunas de las escenas más estresantes del cine. De esas que le aceleran el pulso incluso a Chuck Norris o Steven Seagal.

 

También quiero proponerle a los habituales de estos mensajes y que todavía los leen, que si se les ocurre alguna otra joya que merezca estar en la lista, me lo hagan saber a la mayor brevedad, para complementarla y pasársela a las encargadas del estudio. Hoy voy a abusar de su buena disposición, para que colaboren indirectamente con el asunto. Ahora sí, la lista:

  • 127 horas y la carnicería que nos habían podido ahorrar. La película cuenta la historia real de un excursionista que se queda atrapado en una cueva y para poder escapar y sobrevivir, se tiene que cortar el brazo él mismo. La peor escena obviamente es la del brazo, además porque la hicieron muy explícita. (https://www.youtube.com/watch?v=fppKCutIYrM)
  • The room. Esta peli estuvo nominada al Óscar hace poquito. Cuenta la historia de una muchacha que ha estado secuestrada hace varios años por un psicópata. La muchacha se la pasa encerrada en un cuarto (de ahí el nombre), donde convive con un hijo que tuvo mientras estaba cautiva. El niño no conoce nada del mundo exterior, y la escena más angustiosa que he visto desde hace mucho tiempo, es la del escape del niño. (https://www.youtube.com/watch?v=cvM1-3uu5h0)
  • Misery. Misery es un libro de Stephen King, en donde se explora cómo el fanatismo que tienen algunas personas por artistas y famosos, se puede volver enfermizo y llevar a la locura. La peor escena de la película es cuando la fanática (Kathy Bates) se asegura que su ídolo (James Caan) no intente escaparse otra vez. (https://www.youtube.com/watch?v=1Zzg3UP-x8k)
  • Toda la película El Hostal. Sin comentarios.
  • El resplandor. Otra de Stephen King. Esta peli tiene varias escenas que inquietan hasta el más impasible, incluso hoy en día. Entre las más más, me suenan la del hacha, y la de las gemelas. (https://www.youtube.com/watch?v=75Nl8kdHRYo https://www.youtube.com/watch?v=fxy2ArBdULQ)
  • Gravity. Otra que estuvo nominada al Óscar hace poco. A mí personalmente la peli no me gustó, y tampoco me gusta Sandra Bullock, pero la escena de cuando ella se suelta del transbordador si merece estar en esta lista. (https://www.youtube.com/watch?v=C4pcg7bXgmU)
  • La naranja mecánica. Esta joyita tiene también varias escenas fuertes. Hay una muy parecida a la del experimento que describí al principio, en la que al protagonista lo obligan a ver escenas violentas, para que asocie la maldad con el dolor. (https://www.youtube.com/watch?v=Jv1Bmne20l4)
  • Avenida Cloverfield. Otra situación de escape. La muchacha de la escena ha estado en un búnker con un loco que afirma que el mundo fue tomado por los aliens. Le hubiera valido mejor no salir a comprobarlo. (https://www.youtube.com/watch?v=ogileDEq1oc)
  • Tusk o el hombre que amaba mucho las morsas. Esta es la historia de un viejo que convivió en una isla con una morsa, y la quiso tanto, que cuando pisó tierra empezó a secuestrar incautos para convertirlos en morsas por medio de cirugía. La película navega entre la inquietud, la pena ajena y la incomodidad extrema. (https://www.youtube.com/watch?v=X5JwdoY_qAE)

 

Yo sé que se quedan por fuera de la lista joyas gore y asquerosas como “A Serbian movie”, pero creo que eso ya estaría muy pasado. Ahora que si lo que se quiere es angustia e incomodidad extremas, se puede buscar un concierto de Arjona o el CD que sacó Amparo Grisales.

Muchas gracias a los que colaboren.

 

 

 

Reflexiones sobre la soledad y el Halls negro

Yo también siento que me caí del mundo, y que me queda muy duro volverme a subir. Como a Eduardo Galeano, me cuesta seguir impasible frente a algunas contradicciones de nuestros tiempos. Por ejemplo, es difícil entender cómo en un mundo en el que estamos conectados virtualmente con todo el mundo, la gente esté tan sola. García Márquez decía algo así como que crecer es labrar un pacto honesto con la soledad, y le dedicó muchas otras reflexiones al tema. Curioso que personajes tan sesudos se angustien por las mismas cuestiones. En ese selecto club de los desahuciados habemos personajes tan ilustres como Eduardo Galeano, García Márquez y yo.

 

Ciertamente la soledad tiene muchas formas. Podría citar otra vez a Gabo, y decir que una de las peores formas de soledad es tener a la persona amada al lado y saber que no será tuya nunca, pero esta vez discrepo de mi colega. La peor forma de soledad es cuando en un grupo alguien habla de un tema que todos conocen, menos uno. Cuenta como ejemplo el chiste que todos los demás entienden, y del que te ríes más por deferencia y aceptación, que por un impulso hilarante honesto. O el tema frente al cual te toca asentir mecánica e indefensamente, dados los argumentos y contra argumentos, porque no tienes ni idea de qué se trata. El problema adicional es que aparte de soledad, aparece la vergüenza natural por la ignorancia.

 

En cuanto a temas de conversación en grupo, he tenido que sufrir por uno que estoy seguro que ni Gabo, ni Galeano, ni ningún otro sabio ha enfrentado antes: El potencial que tiene el Halls negro para mejorar la calidad de un encuentro erótico. Si ya de por sí es difícil enfrentar el círculo vicioso de la soledad, la vergüenza, y la ignorancia, el tema del Halls negro viene siendo como la cereza en el pastel, porque añade la sensación se ser poco hábil en cuestiones amatorias.

 

Ser neófito en el tema cuando todos parecen expertos, lo enfrenta a uno además a cuestiones espaciales (¿Dónde?), cronológicas (¿Cuándo?) e incluso cromatográficas (¿Por qué putas el halls debe ser negro?). Una búsqueda en Google no ayuda mucho y seguro que si Gabo hubiera escuchado del tema, habría sacado uno de sus geniales pensamientos al respecto. O a lo mejor una novela, uno nunca sabe.

 

Por lo pronto yo me conformaría con entender la risita maliciosa cuando el asunto sale a tema en una conversación de grupo. También sería bueno poder emitir alguna opinión, que no necesariamente tiene que ser del tipo “a mí me pasó…”, pero si al menos algo así como “he oído que…”. Yo puedo entender a aquellos que afirman que hay cosas de las que es mejor no saber, pero por razones meramente académicas, creo que un poquito de información en este caso no hace daño. Mientras alguien me lo explica, seguiré sin poder subirme al mundo, como Eduardo Galeano.